Se va. Hasta en la huida le almenan privilegios, cualquier otro español envuelto en sus mismas circunstancias, rebozado en idénticas sospechas financieras, no podría abandonar el país. Pero él sí, por ser vos quien sois. Se va con una carta de despedida, patética y grandilocuente, en la que nos pasa factura por los servicios prestados, como si tales servicios hubieran debido ser el bálsamo del olvido y la limosna del perdón colectivo de sus presuntos delitos. Se va sin gloria, despojado de una memoria decente por mucho que sus panegiristas le compongan odas y cantos homéricos, que caerán como una broma tabernaria en las rimas de las coplas populares que ya le cantan en los colmaos sin el vino de la alegría, en los que el pueblo español evoca a sus muertos de la pandemia, añora el trabajo perdido, agota sus magros ahorros y multiplica la pensión por el número de hijos, nietos y hermanos a los que hay que llenarles la despensa. Se va, y el pueblo español reza, no por él, reza para que el padre y el abuelo no caigan en la pandemia porque con los jubilados de la familia muertos no hay pensión, y sin pensión no hay pan ni hay magro.

Se va llenando de argumentos las alforjas de los republicanos que extrapolan sus presuntos delitos a la Corona y a sus herederos. Ese, y no el que le componen sus juglares y los bufones de palacio, es su legado. Lo demás es propaganda y atrezo de un pasado que se desmorona en el presente por su conducta privada, ejercida al cobijo de la más altas magistraturas de la Patria: el Trono, la Jefatura del Estado y el Mando Supremo de los Ejércitos. Se va dejando a su hijo bailando entre navajas republicanas, ninguneado por un Gobierno socialcomunista y sólo apoyado por un pueblo fatigado y desesperado, más pendiente de su propia supervivencia que de la continuidad de la Corona, aunque en ella resida la permanencia de España.

Se va sin gloria y con mucho dinero, despojado de una memoria decente y dejando atrás un pueblo dividido, sin conciencia nacional, que se lame las heridas de la pandemia y que sólo busca pan y trabajo. He ahí tu legado, Juan Carlos.