Paseaba el Duque de Wellington con un amigo entreteniéndose ambos en averiguar que es lo que había detrás del cambiante horizonte de su camino. Este mostró su sorpresa porque el Duque siempre acertaba en sus predicciones a lo que Wellington respondió : “No le extrañe amigo; he pasado gran parte de mi vida intentando averiguar que es lo que había al otro lado de la colina”.

Escribo desde una terraza veraniega sometido a las rigurosas normas impuestas como consecuencia de los rebrotes que anuncian del corona virus. Delante de mi circulan numerosas personas de toda índole y condición; de repente cae redondo un joven viandante por causas extrañas formándose un numeroso grupo de personas a su alrededor intentando ayudar. Las muestras de solidaridad humana se hacen presente y hasta que el joven es evacuado por una ambulancia nadie deja de estar al quite ofreciendo su ayuda.

Es entonces cuando viene a mi memoria la respuesta que Wellington le dio a su amigo y que he narrado al principio de estas líneas.

Me explico : vivo en un entorno sociopolítico muy concreto; circunstancia alimentada permanentemente por toda clase de mensajes vía medios y redes sociales que me sitúan irremediablemente en un sector de la sociedad muy definido. Un sector nada difícil de definir : católico, conservador , amante de mi patria y de su unidad, decididamente partidario de las políticas sociales por encima de todo y desde luego bien lejano a la búsqueda de enfrentamiento con nadie mientras no se me impongan normas amorales y contrarias a mis sentimientos.

Es al observar el suceso antes citado cuando me he preguntado donde estarán las inclinaciones políticas de la gente antes citada. Honradamente, no creo que la mayoría de ellos estén en la misma onda de afectos en la que me sitúo yo y sin embargo es obvio que como he podido comprobar son buena gente y buenos españoles. O sea, me pregunto: ¿qué es lo que hay al otro lado de la colina ?

No tengo reparo en contestar a esto que en el fondo la mayoría de los españoles lo único que quieren es poder trabajar en paz, tener una vivienda digna y una vida asegurada para ellos y sus hijos. Es seguro que el como conseguir esto difiera de mi idea de como alcanzarlo pero no es menos cierto que doy por bueno que hablando en profundidad incluso llegaríamos  a puntos de encuentro. ¿Qué sucede entonces para que el ambiente político actual presente unos síntomas de deterioro social preocupante? ¿qué sucede para que algunas partes de España pretendan la ruptura de una patria común de siglos? ¿ qué sucede para que unos miserables aupados al poder pretendan convertir nuestra hasta no hace mucho floreciente nación en una entelequia bananera ?

Llaman populismo a cuando se dan soluciones simples a problemas complejos pero muchas veces la respuesta a “ qué es lo que hay al otro lado de la colina” es más sencilla de lo que parece. El pueblo en general, y el español en particular, salvo aquellos que ahora y siempre fueron deshechos sociales, está constituido por gente que quiere a su patria y que sólo quiere trabajar en paz y en libertad. El mal se encuentra en la actual partitocracia de la que viven los que se constituyen en partidos políticos, organizaciones que solo responden a sus intereses particulares y en donde los vividores del cuento maman y maman a costa del españolito medio. Son organizaciones nefastas que para su pervivencia no dudan en manipular a la población y acaban consiguiéndolo mediante el control de la información. Son organizaciones en las que unos se mantienen provocando divisiones inexistentes entre españoles y otros maniobrando para sustentarse como profesionales al servicio de intereses oscuros provocando y creando diferencias entre regiones que antes no existían. En definitiva, un conglomerado de vividores del cuento ajeno. Es un sistema perverso que se apoya además en España en un atentado al sentido común creando un reino de taifas donde el cabecilla mediocre de turno recrea un patio particular para su uso privado.

Al otro lado de la colina hay buena gente, un pueblo honesto, si bien manejado y manipulado por una caterva de vividores al amparo de un sistema político partitocrático y taifal que está llevando a nuestra patria al más puro desastre.

Es más que obvio que nuestra nación está enferma: la monarquía se tambalea, la unidad nacional se encuentra en equilibrio inestable y la pobreza e injusticias sociales se acrecientan dando lugar a conflictos que  seguramente veremos este próximo otoño. Los españoles somos muy dados a la exposición y lamento de todo lo malo que nos acaece pero no son muchas las soluciones que apuntamos. Nos recreamos en la desgracia. Es un defecto nacional. Nos acordamos de Trafalgar pero menos de Lepanto.

Es hora de la aportación de soluciones y para mí la primera es la de la búsqueda de una representación popular alejada de los partidos políticos que solo se representan a sí mismos a la par que la modificación urgente del sistema autonómico. Ambas opciones son perfectamente alcanzables dentro de la legalidad vigente. El problema radica en que son precisamente los que tendrían que hacerlo el origen del mismo. Ningún vividor se hace el “harakiri” voluntariamente. ¿ Entonces ? Buena pregunta.  La respuesta esta quizás en la historia como , por ejemplo , en 1808, cuando vendidos y entregados al francés el Rey, las clases ilustradas, la nobleza y el ejercito tuvo que ser el pueblo llano el que dijo basta y se alzó contra Napoleón. Pero ese pueblo, especialmente el que se halla al otro lado de la colina, necesita un liderazgo que le empuje desde la verdad. Me niego a demonizarlo pues es mi pueblo, me guste o no, y hay que acudir a él. Hay que contarle y recordarle que hubo un tiempo, no muy lejano, cuando fue posible la armonización entre el capital y el trabajo y se demostró que la libertad económica y empresarial no eran incompatibles con la justicia social. Fue bajo el mandato de Franco que un ministro llamado Girón de Velasco hizo posible alcanzar esa verdadera libertad. Acercarse a los que están al otro lado de la colina con la verdad en la mano exige apearse de la partitocracia imperante, dejar de pensar en conveniencias políticas del momento y lanzarse a la arena. La mentira que a través de instrumentos como la inmediata aparición de una Ley de Memoria Democrática nos quieren imponer exige una confrontación mediática y parlamentaria inmediata.

Veremos si así lo hacen los que están obligados a hacerlo y no se esconden otra vez  negándose a la defensa de nuestra reciente historia. Ya lo hicieron poniéndose de perfil ante la profanación de la tumba del Generalísimo Franco, primera fase de todo cuanto estamos viendo suceder ahora. Esperemos que ahora sean capaces de ser valientes y capaces de dirigirse no solo a los de la plaza de Colón sino a los del otro lado de la colina.