Esta semana, por razones de salud, decidí dejar de ver informativos. Mi tensión arterial no me hacía aconsejable tener que contemplar la indeseable imagen de enemigos de España, jactándose de haber triunfado, de haberse salido con la suya, gracias a la complicidad de traidores que justifican su traición en base a supuestas razones de concordia y perdón. Olvidan la frase dirigida por Winston Churchill hacia la política cobarde y pusilánime de Chamberlain, que también quiso ser condescendiente con otro nacionalismo europeo: “Quien permite el desorden para impedir la guerra, al final tiene el desorden y la guerra”.

Porque lo cierto es que los delincuentes indultados, que, no se olvide, no son traidores sino declarados enemigos del país al que pretenden destruir, ya han dejado claro que van a seguir siendo leales a sus principios, objetivos y hoja de ruta, que no es otra que conseguir por las buenas o las malas la desintegración de la unidad española, en contra incluso de la voluntad de muchos catalanes que se sienten orgullosos de ser también españoles. Su arrepentimiento es nulo, y ya en libertad en vez de agradecer la gracia concedida, van a reincidir, ya han empezado,  en los mismos actos que les llevaron a prisión. Pero, ojo, que lo que hay que hacer es no poner piedras en el camino, perdonándoles incluso las multas e indemnizaciones impuestas por otro Tribunal, el de Cuentas, por malversación de caudales públicos. Y es que el Tribunal Supremo y el Tribunal de Cuentas son tribunales fascistas, anclados en el rencor y en el rancio principio de legalidad, y que no entienden de las nuevas políticas de reconciliación.

  Pero al final, lo triste, es que lo han conseguido, dando otro palo en esa piel del tambor que conformamos muchos españoles, que asistimos atónitos a esta escalada de traiciones, a las que nadie es capaz de poner freno, empezando por una Monarquía, que ha adoptado una posición de neutralidad y tancredismo, cuando se podría haber esperado una reacción por su parte  más comprometida con la legalidad y el Estado de Derecho del que se están riendo sus principales detractores. Tampoco la cúpula eclesial que se solidariza con el indulto a los golpistas, confundiéndolo con perdón, cuando una cosa es perdonar y otra justificar la consecución de fines a cualquier precio, aunque sea por medios violentos y al margen de la legalidad. Porque una cosa es que los cristianos deban perdonar a sus enemigos, y otra que les respalden y les eximan de sus actos, pues en tal caso, ningún delincuente debería ser condenado. Una Iglesia que debería cargar con fuerza, eso sí, contra las políticas que consideran el aborto como un derecho humano y contra la legislación que introduce la eutanasia, relegando la medicina paliativa y pasando por encima de la propia dignidad humana. Y digo esto, con todo el dolor de mi corazón

Por eso, decidí no escuchar informativos, para no tener que verle la cara a ese tamborilero con su esculpida cara en mármol, que no se distorsiona ni cuando dice lo contrario de lo que dijo hace sólo unos meses. Y no es ingenuidad, es una premeditada actitud e intención maquiavélica de perpetuación en el poder, aunque sea a costa de vender España a sus enemigos. Personalmente ya no aguanto tanta mentira ni hipocresía, estoy cansado de formar parte de esa España batida y golpeada como la piel de un tambor viejo, que aguanta el castigo con resignación, sin que ese Rey o la propia Iglesia, por los que esa España tanto ha dado la cara, salgan en su auxilio.