Los alardes de Irene Montero ocultan la cortedad de sus méritos y de su talento en la misma medida que su silencio, ante la denuncia de Fernanda Freire de haber sido sexualmente acosada por Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, proclama su dócil sumisión al macho rojo. Silencio que también sella los labios de las demás hembras del harén de Podemos. Silencio genuflexo, asalariado silencio de las que cobran por su fidelidad al macho rojo, de cuyo heteropatriarcado mana la estabilidad de sus cargos, la promoción de sus carreras y la abundancia de sus nóminas. En ese gremio, que ya era viejo cuando el mundo era joven, el silencio a discreción es el blindaje de la imagen pública del macho que ordena y manda porque enchufa, coloca y paga. Vale más que una mentira. Por eso las hembras de Podemos no mienten, callan. Cuando una mujer denuncia por acoso sexual a sus machos rojos, ellas no se precipitan en la mentira defensiva, se amontonan en el silencio arrodilladas ante el macho rojo que las mantiene.

Fernanda Freire ha denunciado que Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, con insinuaciones de burdel y palabras de cantina portuaria, le hicieron proposiciones sexuales de pajilleros de arrabal. Ha denunciado que sus manos húmedas de baba se posaban como sapos calientes sobre sus caderas y su espalda buscando, como hacía Jean Paul Sartre con sus alumnas, lo que hay debajo de su falda. Por eso Albert Camus decía que lo único que a Sartre le interesaba de sus alumnas era su ropa interior. Fernanda Freire ha denunciado que Iglesias y Monedero le ofrecieron acompañarla a los lavabos del garito en el que estaban para un refocile sórdido, un metesaca rápido y proletario entre olor a orines, goteo de cisternas y papel higiénico. Pero para Fernanda Freire no reza el universal “Hermana, yo sí te creo” porque los machos denunciados no son fascistas, son dos gorilas rojos que colman a sus hembras de plátanos y cacahuetes.

Pablo iglesias y Juan Carlos Monedero evidencian ser aventajados discípulos de la bragueta, la lengua y las manos de Jean Paul Sartre. El silencio de Irene Montero es como el de Simone de Beauvoir, la mujer-hembra, a la par que madame de todos los vicios y de todas las Lolitas del rijoso filósofo gabacho.