Si todos los méritos que de él se pueden glosar caben en las gacetillas democráticas, las trompetas de la Historia no le darán fuerza de épica a su reinado. Hace seis años que llegó al Trono tras la súbita abdicación de su padre, disminuido por las lesiones de los excesos, por las heridas de las francachelas en las que se regodeaba con pasión de bon vivant  y envilecido por los rumores de albañal que hoy cobran (en todos los sentidos) cuerpo de certeza, a pesar de que un sistema inmunológico penal, comparativamente agraviante, le sigue blindando contra  el acero de la Justicia por ser vos quien sois.

Se dejó coronar en una ceremonia administrativa sin rito y sin grandeza, con menos oropeles que la toma de posesión de un director provincial de Correos, y comenzó su andadura regia de la mano de una plebeya de voz engolada y ademanes de arribista revolucionaria, que mandaba callar en público al Príncipe de Asturias con un autoritarismo edulcorado por los tules y el almibar de un amor de copla asimétrica, y que sacaba a empujones de las fotos familiares a la madre del Rey. Todo muy democrático, muy del gusto de su alegre cuchipandi, liderada por Joaquín Sabina y demás rojillos tan de pasarela como ella, refunfuñones consentidos pero bien domados y mejor untados por el Sistema.

Felipe VI se coronó de verdad, con la voz y el clamor del pueblo, el 3 de octubre de 2017, cuando a rebufo de la cobardía de Rajoy los hispanicidas del separatismo catalán habían proclamado la independencia sin que un pelotón de alabarderos acudiera en defensa de España, que moría por amputación de Cataluña en un limbo de silencio acunado por la jerga de los leguleyos del PP. Su palabras de entonces fueron como lo que Quevedo decía de la corneta militar: “le das fuerza de ley al aire vano”. Su discurso de antaño, hoy desvanecido, fue la esperanza coronada por la unción del Rey y el Pueblo, de cuya alianza milenaria nacen una Patria, España, y un primus inter pares, un Rey.

Tres años después, ya no queda ni el eco de aquellas palabras, sepultadas en las sentinas de los Medios de Comunicación, enmudecidas en las fonotecas y borradas de la memoria colectiva de los españoles, para que no se vuelva a repetir la alianza milenaria entre España, su Rey y su Pueblo, tan peligrosa para la democracia, de la que Felipe VI seguirá siendo su rey y su mascarón de proa mientras renuncie a ser el Rey de España.