No te dejes arrastrar por el viento que hincha las velas de otras naves. No son las tuyas. No te alistes en sus tripulaciones, su singladura tampoco es la tuya. Amàrrate a tus mástiles. Que no te deslumbren los espejismos que bailan en la luz y en el vacío. Que no te engañen las sólidas palabras sobre lenguas de arcilla. No pierdas el paso en caminos que no son los tuyos. No hagas de zapador de los que solo te necesitan, pero no te quieren. No te mires en sus espejos. No te acomodes en el ninguneo de las trastiendas que te ofrecen. No enmudezcas en sus sordinas. Que no te perturben sus miradas ni te duela su desdén. Que sus palabras no te hieran y que sus halagos no te enaltezcan. Vive con ellos, pero sin ellos. Manténlos en el cercado de tu desconfianza para que tus perros pastores les ladren como a extraños.

No creas sus veredictos, no asumas como un dogma el pragmatismo de sus ecuaciones ni sus elementales sofismas ni sus premisas ni sus conclusiones. Que no te narcotice su dialéctica ni la fanfarria de sus victorias. No te duermas en sus coplas ni te acunes con sus nanas. No sigas a sus flautistas. No te enredes en su estrategia. Que no te acorralen sus ultimátums. No eches los naipes en sus encrucijadas. No aceptes el órdago de su éxito, no te rindas a su simpleza. Ellos no eran cuando la filosofía que hoy esconden ayer los engendró. Sus valores y sus eternos principios sólo salpicaron sus camisas, que hoy mudan buscando el apresto de lo nuevo en la vieja naftalina de otro aliño indumentario. Nuestros himnos sólo son viejas canciones para ellos, que  hoy no quieren escuchar porque no quieren recordar la impostura de lo que fueron en la cálida rentabilidad de lo que hoy son.

No. “Nosotros somos quien somos”, no “damos cuerda al recuerdo” porque nada tenemos que olvidar ni que hacernos perdonar. Cuando te pregunten ¿qué y quiénes somos?, responde con la modestia que sólo habita en el orgullo antiguo: “Somos bárbaros, sencillos/ Somos a muerte lo ibero que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero”. Reirán condescendientes y te preguntarán, como se le pregunta a un niño, como se le pregunta a un loco, ¿qué pretendéis, qué queréis, donde vais? Responde con las banderas que izas y las palabras que las custodian: “Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del sueño. España mía, combate. Con amor te deletreo.” Y después, sigue a pie por las viejas calzadas, sólo ellas conducen a los escoriales y a los alcázares del futuro.