Regreso a Madrid después del confín decretado por la imbecilidad acreditada por la prostitutez "urnera" de separatistas, terroristas y gentes de mal vivir -dos largos meses en tierras toledanas- desde donde he podido capotear por chicuelinas al jodido virus coronado, y la primera noticia que pillo es el fallecimiento de don Julio "Califa Rojo" Anguita. Y me encuentro, como es su costumbre, a la "derechona española" unida al rojerío nacional en el correspondiente lloriqueo.

Muy bien; ahora le toca llorar sin que hubiera habido jamás reciprocidad a la derecha española, la muerte de un comunista: don Julio Anguita, como si en vida el difunto hubiera sido una réplica exacta del Santo Felipe Neri, mereciendo santidad en el Cielo al lado del Padre, por sus benefactores quehaceres como Coordinador General de la ONG comunista, Izquierda Unida.

Pues me parece muy bien que llore la derecha de este país -mis lagrimas las reservo para ocasiones que mejor las justifiquen- que muy merecida fama de plañidera tiene repasando su historial. Ella siempre se ve mejor lloriqueando mientras retrocede ante las dificultades, que enfrentarse cara a cara a la contrariedad con valor y deseo de vencer.

Hace uno momento he leído en el Correo de Madrid: A veces confundimos el mandato bíblico de odiar el pecado y compadecer al pecador, y acabamos amando tanto al pecador que disculpamos el pecado.

Yo nunca he admitido que la muerte sirva de vehículo para que venga nadie embutido en el manto de plañidero con la intención de mejorar la imagen que ha dejado el muerto de turno en sus andanzas en vida, aplicándose en la tarea de lavado, corte, poner mechas para tapar canas y peinar dando volumen y gracia al cabello del finado, poniendo todo su esmero a pesar de ser, en el caso que nos ocupa, antipódicos antagonistas políticos.

El señor don Julio Anguita, que tanta simpatía y reconocimiento ha hecho aflorar con su defunción entre los mandos del PP y Cs, y de algún que otro "aséptico ciudadano" de esos que se mueren por mostrar sus capacidades e inteligencia para apreciar los "méritos del contrincante", se afilió al Partido Comunista en 1972, quizás atraído por el espectáculo ofrecido por las televisiones, de las andanzas de los soviéticos durante la Primavera de Praga en 1968, que finalizó a las puertas de 1969, con el sacrificio de 108 patriotas checoslovacos, unos bajo las orugas de los tanques, otros atropellados canallescamente por vehículos militares y otros a tiros por las tropas enviadas por el Kremlim. Suceso que debió sumarse a su devoción por la filosofía política que más asesinatos cometió en el pasado, los está cometiendo en el presente y seguirá cometiendo en el infinito futuro.

Si alguien se interesara por lo que ha significado para mí el fallecimiento de don Julio Anguita le diría sin odio -soy cristiano-, que no habría reparado, si no hubiera sido por los laudos vertidos en su memoria por los muy bien "engrasados" medios de información, no habría experimentado ningún tipo de sentimiento. Nunca he deseado su muerte -no es el caso de Carrillo, exponiéndome al castigo Divino-, como tampoco me he sentido afortunado por ser contemporáneos. Pero si lo que se me pidiera fuera una opinión política; dejaría mi reconocimiento de que él, comparado con el "ganao" del pasado y el actual de su "hierro político", sería como un atípico, inesperado e incomprensiblemente inteligente prototipo de "semental de la hoz y el martillo" -perdón por el símil, hecho sin intención de ofender a quien no está en condiciones de responder- que se fue sin haber sido capaz, tal vez por la lógica comunista -el predominio de la ilógica acción de los necios-, de haber dejado descendencia política que le perpetuase; y tampoco, eso es membrete comunista, fue capaz de abrir un buen sendero por el que nos apeteciera caminar a las personas sencillas y decentes. Por lo que estamos viendo de lo que son capaces estos "erales" del comunismo, ni siquiera lo supo trazar para los suyos.