Si el nivel cultural español conociese mejor las claves de sus principios católicos que la llevaron a tan gloriosos aconteceres históricos, dentro y fuera de sus imperiales fronteras, otra visión más trascendente, reverente y admirativa tendríamos de nuestra gloriosa Patria, tan calumniada, ultrajada y arrinconada por los dirigentes civiles y eclesiásticos.

Vivimos en los tiempos liberales y materializantes que nos han llevado al “misterio de la iniquidad” (Tes. 2), y a la “gran Tribulación” profetizada bíblicamente, y recordada por el tercer secreto de Fátima hace 104 años en Portugal, y que ya estamos padeciendo antes del Triunfo de los Sagrados Corazones, tras la purificación moral de este mundo, después de sufrir los castigos anunciados, y silenciados por el Vaticano.

Nuestra Reconquista, tras la abdicación del Rey visigodo Recadero de su arrianismo, comenzó el día 25 de mayo del 722, encabezada por Don Pelayo, y extendiéndose por todos los pueblos de España, hasta culminar con la toma de Granada por los Reyes Católicos, en 1492.

El 8 de mayo se ha venido celebrando el día de la Unidad Católica de España, por ser la fecha en que ese Rey visigodo, en el III Concilio de Toledo, en el 589, abjuró de su herejía arriana y proclamó el Estado Confesional Católico, que ha estado vigente durante 14 siglos, si exceptuamos los periodos constituyentes de la primera república (1869 a 1876), el de la segunda república (1931-1936), y el actual estado de aconfesionalidad de esta Constitución atea de 1978, que nos sume en un desconcierto doctrinal y moral, que nos divide y empobrece en todos los sentidos.

Así, la aconfesionalidad se convierte en pretexto para la anticonfesionalidad y de ahí la legislación a espaldas de la ley divino-positiva del Decálogo.

Esta situación sólo nos puede traer toda clase de escándalos y contradicciones, en un derrumbe de la estabilidad que España tenía en su ejemplar nacional-catolicismo, coordinando todas las fuerzas materiales, culturales, honorables y prestigiosas, a nivel mundial, en la espiritualidad de lo católico en el Reinado Social de Cristo Rey.

Por algo, cuando le preguntaron a José Antonio Primo de Rivera si él era partidario de los reyes, respondió: “…si fuesen los Católicos”. ¡Cierto! De éstos vino el imperio español en cuyos reinos no se ponía nunca el sol, y evangelizó a medio mundo.

Las encíclicas de los Papas hacen eco perfecto de la revelación divina, porque buscan ese Reinado universal de la verdad eterna y obligada como salvífico maná.

La unidad de la Iglesia y el Estado en defensa mutua de la doctrina justa y el poder temporal y militar inspirando el verdadero progreso de los pueblos en la hermandad de esta especie, creada a imagen y semejanza de su Dios, y llamada al destino eterno de la bienaventuranza.

No hay otro camino ni más inteligente, ni más justo.

Por eso España, consciente de su misión trascendente en la historia del mundo, privilegiada con los auxilios divinos en tantas ocasiones, ha expulsado a moros y judíos, liberales, masones y comunistas, combatido herejías en centro Europa, colaborado con el Concilio

de Trento contra protestantes y enemigos de Dios y de las Patrias, y conservado a través de los siglos su fidelidad a los principios eternos.

En la medida en que se aparte de ellos, los ignore, manejados por el tufo masónico y satánico de los materialismos de toda laya y pelambre, pagará muy cara su apostasía silenciosa.

Que la Virgen de Covadonga nos traiga la nueva Reconquista.

¡Nada sin Dios!