1. VOX o la conveniente clarificación de la identidad conservadora

No obstante, el camino hacia una reconstrucción social se abre con el proyecto conservador de VOX, de cara a un avance en la dirección de una recuperación de los conceptos antropológicos básicos: Dios, patria, familia, sobre los que asentar una sociedad capaz de asumir la fe y moral católica. A rechazar Curiosamente, solamente aquellas corrientes políticas donde está más presente y actuante la religión católica, como queda de manifiesto en el caso de VOX, entroncando así con formas de anarquismo, son conscientes como señalara Proundhon, de la esencial vinculación entre política y religión o su forma secularizada moderna llamada ideología.

 

La propuesta de liberalismo conservador, también designado simplemente como conservadurismo, que presentan el genial filósofo Roger Scruton en Cómo ser conservador y Conservadurismo y en la misma línea el catedrático y senador de VOX, Francisco José Contreras, en sus obras Liberalismo, catolicismo y ley natural y Una defensa del liberalismo conservador o Gregorio Luri con La imaginación conservadora, constituyen la única y exclusiva opción política, con posibilidad de gobernar, para frenar el golpe de Estado, o revolución de la izquierda, que pueda apoyar un católico. Se trata del diagnóstico compartido por dos eruditos catedráticos. Por una parte, el experto estudioso de la derecha española, Pedro González Cuevas, en el que constituye el mejor ensayo acerca del nuevo partido liderado por Santiago Abascal, VOX: entre el liberalismo conservador y la derecha identitaria. Por otra, el historiador Rafael Sánchez Saus con Por qué VOX. El despertar de la derecha social en España.

 

El profesor Francisco Canals escribió un certero artículo, recogido en sus Obras completas, titulado ¿Por qué descristianiza el liberalismo?, donde disecciona sabiamente los elementos ideológicos nucleares secularizadores que esta ideología comporta. Pero los principales rasgos que analiza (estatismo e individualismo) no pueden proyectarse en el liberalismo conservador actual propugnado por VOX, sino que se refieren, más exactamente, al rancio liberalismo decimonónico trufado de anticatolicismo. Así lo han historiado los investigadores eclesiásticos del CSIC, Q. Aldea-T. Martín-J. Vives, en una obra de obligada referencia, Diccionario de Historia eclesiástica de España, como también Francisco Martí Gilabert en Política religiosa de la restauración (1875-1931). Aunque no debe omitirse la insistencia en que el conservadurismo no sería más que un medio, no un fin, para la recuperación paulatina de una verdadera política en consonancia con la continuidad de la tradición española tal y como la expresa Marcial Solana en el clásico El Tradicionalismo político español y la ciencia hispana.

 

Un maximalismo doctrinal, tácticamente, no puede sostenerse hoy dada la descomposición antropológica efectuada en la familia y los individuos. Además, sin renunciar a ninguno de los postulados que Guillermo Devillers expone en Política cristiana, con una visión amplia de la filosofía política, el término liberalismo resulta cada vez más equívoco. El liberalismo de la Revolución francesa, no se corresponde con el conservadurismo que propugna Scruton, pues presenta al liberalismo conservador como una defensa ante las doctrinas democráticas estatistas en auge. Como decía el gran padre Castellani, un auténtico genio antiliberal, en Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI: «Solo hay dos partidos, el de la Tradición y el de la Revolución».

 

Claramente, la vida y escritos de Scruton verificaron que militaba en el primero, porque las generalizaciones siempre terminan cayendo en reduccionismos maniqueos y no podemos elegir a los compañeros de trinchera ante un enemigo que cada vez es más poderoso y amenaza con destruir todo aquello que heredamos de nuestros padres. La definitiva guerra cultural total ha comenzado. Occidente está librando, día a día, una batalla incruenta, pero drástica y fundamental, contra un nuevo totalitarismo que se extiende por el mundo liderado y financiado por un eficaz movimiento neocomunista global que cuenta con variados y poderosos aliados: del islam político al globalismo tecnológico-empresarial, pasando por la socialdemocracia europea, el narcotráfico bolivariano o las élites económicas mundiales.

 

Como escribe Christopher Dawson en Los dioses de la Revolución: «Es sólo el ideal de un orden espiritual que trasciende el valor relativo del mundo económico y político, el que es capaz de superar las fuerzas de desintegración y destrucción que existen en la civilización moderna».

 

No queremos dejar pasar la oportunidad de recomendar particularmente la lectura de las obras de Roger Scruton, uno de los grandes pensadores de las últimas décadas. No ha de estarse de acuerdo en todo con él, como con el resto de los autores conservadores citados antes, no es necesario que así sea, pero sí podremos aprovechar muchas de sus ideas conservadoras. Pero fue capaz de expresarlas de un modo brillante, lo cual le valió la excomunión laica, con la consecuente expulsión, de los ámbitos académicos progresistas del Reino Unido, así como de toda la Academia. Fue un factor importante en el sostenimiento del pensamiento cristiano y occidental en países como Checoslovaquia y Polonia mientras estaban sometidos al régimen comunista, jugándose en muchos casos la libertad y la vida al viajar por ellos dando clases y conferencias clandestinas.

 

El conservadurismo arranca con la sana apreciación que cualquier hombre comparte sin dificultad: la sensación de que las cosas buenas pueden ser destruidas con facilidad, pero si se trata de crearlas, no es nada fácil. Esto es especialmente verdadero si lo referimos a las cosas buenas que nos llegan como riquezas colectivas: la paz social, la libertad para elegir el bien, la civilización, una sociedad moralmente sana, un derecho de propiedad asegurado y una vida familiar, riquezas todas que sólo se alcanzan con la cooperación de otros y que en ningún caso pueden obtenerse individualmente. Respecto de esas cosas, el trabajo de destrucción se efectúa rápidamente, con toda facilidad, además de resultar muy divertido para la izquierda, el trabajo de su creación es lento, trabajoso y aburrido. Aquí se encuentra una de las lecciones fundamentales del siglo XX y que constituye también una de las razones por las que los conservadores se ven tan en desventaja ante la opinión pública moldeada por el progresismo. Tienen razón en gran parte, pero sus convicciones son aburridas porque no dan rienda suelta a las más pasiones humanas, en cambio, las de sus adversarios son divertidas, pero falsas. 

 

En la obra ya citada, Donoso Cortés demuestra cómo «todo error político es, en el fondo, un error teológico». El problema radical de la historia del PP consiste en la renuncia sistemática a la ideología, lo que le lleva a subestimar el influjo que la religión o su forma secularizada, la ideología, tiene en la vida de las personas y de la sociedad. El hombre necesita en último término vincularse con una instancia trascedente en la religión o con una instancia inmanente en la ideología que le garantice la salvación frente al mal. Las modernas preocupaciones de la izquierda por la desigualdad de género, el fomento de la inmigración o el ecologismo no dejan de ser formas secularizadas de la preocupación clásica de la teodicea por la cuestión del mal ontológico, es decir el insondable problema de por qué el mundo, siendo obra de un Dios bueno y providente, es imperfecto y está lleno de maldad. El ser humano no puede dejar de ser ideológico, no tanto cómo defienden Jacques Lacan en El psicoanálisis y su aporte a la cultura contemporánea o Slavoj Zizek en El sublime objeto de la ideología, por la necesidad existencial de llenar un vacío ontológico de carácter personal, como de encontrar un sentido último al problema del mal en el mundo, postura que sí destacan los seguidores de la llamada teología política.

 

Partiendo de la constatación de ese suelo teológico-secularizado y siguiendo la estela de Aznar y Rajoy, como dice Graciano Palomo en La larga marcha, se formula ahora la pretensión o más bien rendición oficial absoluta del PP consistente en:

 

  1. Pasar a convertirse en furibundo enemigo de VOX, aliado con socialistas, comunistas, separatistas y terroristas, renunciando a la escasa ideología que le restaba.
  2. En aras de la moderación y el centrismo impuestos por la supuesta superioridad moral de la izquierda y el «consenso progre» que es, en realidad, quien decidiría legítimamente las normas democráticas.
  3. Lo cual se traduciría en una mayor aceptación social, al dejar de ser atacados por los medios de comunicación a sueldo de la izquierda, y, por ende, en un mayor número de votos.

 

Esto no deja de ser una visión tan pueril y superficial de la política que sería cómica si no llevara aparejada una terrible realidad para la patria. España se encuentra al borde del colapso sanitario, económico y lo que es peor, al borde del colapso cultural y moral, con una sociedad cada vez más presa de falsos relatos y cantos de sirena que le han prometido la salvación a través de políticas improvisadas, demagógicas y profundamente alejadas del verdadero sentido de la política: la búsqueda del bien común. Bien común entendido, no como el bienestar del partido gobernante y sus lacayos, de sus élites, mamporreros mediáticos y sectarios seguidores (partitocracia). Si no, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «El conjunto de aquellas condiciones de vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección». En este punto, resulta una herramienta indispensable la obra de Miguel Ayuso El bien común, al estudiar en profundidad las cuestiones actuales y sus las implicaciones político-jurídicas.

 

Al igual que sucedió con la UCD-CDS de Suárez, el final de Ciudadanos ya se vislumbra desde la pasada moción de censura. En consecuencia, con su virulenta diatriba contra VOX, y contra la persona de Santiago Abascal, Casado terminó de cavar la tumba de Ciudadanos, a quienes han dejado sin espacio político, que quedará enterrado a no mucho tardar, al mismo tiempo que ha empezado a cavar la de su partido y la suya como político. Pero ha tenido una enorme virtud en orden a la decantación del panorama político en España de cara al voto de las personas que todavía se consideran católicas, tanto por sus valores culturales como por la práctica de la fe.

 

Hay una izquierda totalitaria y liberticida: socialista y comunista, que pretende ocultarse detrás del manto llamado progresismo. Existe dos partidos centristas: Ciudadanos y el PP y, por último, uno conservador: VOX, que fundamenta su acción política en las ideas tradicionales de sus votantes, no en las de la izquierda, a diferencia del PP. Además de los separatistas catalanes y los terroristas vascos, destinados a desaparecer si España no quiere dejar de existir. VOX queda de este modo erigido en el único y exclusivo partido conservador, representante de la gran mayoría de votantes que se declaran conservadores de los valores tradicionales en sus creencias, actitudes y pensamientos. Porque quieren conservar en lo que se ha demostrado bueno para el bien común, y avanzar en lo que construye ese bien común. Después de que Casado haya firmado la clausula que deja a VOX fuera del sistema mafioso de los actuales partidos políticos, ha recibido la eufórica bienvenida de los medios de comunicación al liderazgo del centro-derecha-centrado-centradamente-centrista, que ocupó durante algún tiempo Albert Rivera hasta que su apabullante éxito le llevó a retirarse de la política con Malú.

 

Así deja todo el espacio conservador libre para los que todavía conservan referentes por los que batallar y no negociar: una familia estructurada, una vida jerarquizada con referentes morales claros, que se muestran orgullosos de su fe y aprecian el orden y la disciplina, valoran del sacrificio en todos los ámbitos de la vida y aman profundamente a su patria. Para la sociedad adoctrinada y atomizada por la izquierda durante cuatro décadas y que presume de ser democrática, constituye un imperativo el cuestionamiento permanentemente de los principios tradicionales, de una forma especial, la ley natural como marco y criterio para la legislación ordinaria. No obstante, VOX tiene claro que aquellas costumbres que han dado tan buen resultado a lo largo de la historia deben priorizarse y resistir a los principios normativos de las voces conspiranoicas e indocumentadas que quieran eliminarlas.