Quienes tenemos una ideología conservadora, no deberíamos protestar porque el Gobierno de la nación intente sacar adelante la que se ha dado en llamar Ley de Memoria Democrática. El Gobierno hace lo que tiene que hacer: legislar de acuerdo con sus principios y llevar a la práctica su programa electoral. Para eso lo han votado los ciudadanos. Es la democracia, nos guste o no.

Pero a las cosas hay que llamarlas por su nombre: la culpable de esta dolorosa situación a la que hemos llegado tiene un nombre concreto, la derecha española, y un inicio cronológico que no ofrece ninguna duda, la Transición. Porque la Transición Política, ese parto de los montes que los turiferarios de turno intentaron (e intentan todavía) vendernos como un gesto de generosidad de la derecha para traer la democracia a nuestro país, fue en realidad una monumental bajada de pantalones de esa derecha, y cuando uno se baja los pantalones, como es bien sabido, se queda con el culo al aire, que fue lo que pasó.

Lo dicho anteriormente lo voy a ilustrar con un ejemplo concreto. Yo sé de un pueblo, de cuyo nombre no quiero acordarme, en el que la Unión de Centro Democrático (aquél parto de los montes), se formó deprisa y corriendo en el propio Ayuntamiento de la localidad y, más en concreto, en las dependencias de la Policía Municipal, que ya tiene miga el asunto. Allí entraron falangistas, y salieron centristas. De entre todos los asistentes a la reunión, recuerdo que había un señor que hasta el día de antes no se quitaba la camisa azul ni para dormir, y al que, a partir de la citada reunión, ya centrista convencido, no se le caía de la boca la siguiente frase: “somos el partido de la moderación”, por lo que yo apodé a este hombre, para mis adentros, como el “moderao”. Por cierto, que el hijo del “moderao”, que era más o menos de mi tiempo, estaba entonces estudiando en Granada (lo de estudiar, es un decir), y como ya se jactaba de ser de izquierdas, cuando venía al pueblo de vacaciones, pues presumía ante los amigos de haber corrido delante de los “grises”, hazaña esta que, como es bien sabido, era el carnet que te acreditaba en aquella época como un demócrata fetén.

Y en esa familia concreta vi yo reflejada claramente la degeneración de la derecha española, a saber: un abuelo combatiente en la Guerra Civil en el bando nacional; un hijo, el “moderao”, que vive muy bien bajo el régimen del Caudillo, gracias a la ascendencia política paterna; y un nieto (el estudiante), que reniega de sus raíces y que corre que se las pela delante de los “grises”, para así intentar demostrar que es más progresista que nadie.

Lo que vino después lo sabemos todos: una derecha cobarde, acomplejada y timorata, que renunció a tener una historia propia, una derecha carente de principios en los que sostenerse y que, en el mejor de los casos, lo confió todo a los posibles buenos resultados económicos de su gestión, para demostrar así que era buena. Pero la economía pasa, y las ideas quedan, y como la derecha no tenía ideas, no era nada, y a los hechos me remito.

La izquierda ha tomado buena nota del asunto (ha tardado mucho en hacerlo), y se dispone a actuar, echando un manto de silencio sobre Francisco Franco y su obra, condenando al olvido al Caudillo y a todo lo que él representó; es lo que los romanos llamaban “Damnatio memoriae”.

Y ya no podemos hacer nada; tan sólo contemplar el poder destructor de la izquierda, sobre las cosas de nuestra historia reciente y sobre las conciencias de las personas, ante el silencio cobarde de la derecha bobalicona.

A mí me podría quedar la satisfacción íntima de ver cómo se les cae la cara de vergüenza a los herederos de la derecha, es decir, a los nietos de los combatientes, que son hijos de los “moderaos”. Pero no habrá tal gozo para mí, porque esta gente no tiene vergüenza. La perdieron cuando se les cayó, mientras corrían delante de los “grises”. Y hay cosas que, cuando se pierden, no se recuperan jamás. Como la vergüenza.