Algunas de las principales virtudes humanas las aprendí de mis abuelos. Siempre he dicho que no sería quien soy, lo poco o nada que pueda ser, sin todo lo que mis abuelos sembraron en mí. A fuego lento y con ese cariño distinto al de los padres, con la permisividad y también con la firmeza. Creo en fin, con el pasar de los años, que las personas, cuando llegamos a la madurez, somos en buena medida lo que nuestros abuelos quisieron que fuéramos.
 
Aprendí a rezar gracias a mi abuela Aniana, con quien pasé mucho tiempo de mi infancia. Aquella primera Fe, transmitida con la misma naturalidad que el amor familiar, es la que dura después para siempre. Es, sin duda, el mayor don, el mejor regalo de todos cuantos me hizo, que fueron incontables. La primera noción de lealtad. La primera constancia del honor, de la integridad personal. La enseñanza eterna de no mentir nunca. Tratar a los demás como nos gusta que nos traten. No hacer daño a nadie si no es para reparar un mal mayor.
 
Esa generación, la de mis abuelos, y las generaciones siguientes también, merecían un destino distinto al que han tenido por culpa de esta terrible pandemia. No sabemos los planes que Dios tiene para todos los que han fallecido estas semanas, seguro que son planes mejores que los que podamos imaginar. Pero desde el punto de vista humano, esos españoles de una pieza, esos españoles que sobrevivieron a la guerra y a la posguerra, y que fueron capaces de crear sus familias, de hacer prosperar sus pequeños negocios, de sacar a los suyos adelante con tanto esfuerzo, esos españoles no merecían lo que España ha hecho con ellos.
 
Estas últimas semanas, hemos visto y leído testimonios muy duros. Mensajes que, se lo confieso, me han tocado el alma. Personas mayores que se han visto de pronto no solamente enfermas, que seguro que eso no les asustó. Lo peor es que se vieron completamente solas. Sin la posibilidad de ver, de estar con sus seres queridos. Teniendo como única compañía, y bien que se la agradecemos, la de los médicos y enfermeros que se están jugando también la vida en los hospitales. Viendo marchar el último tren de esta vida sin tan siquiera recibir un abrazo o un beso de despedida.
 
Nosotros, créanme, nunca podremos agradecer a esos españoles lo que hicieron por nosotros. Esa deuda se la cobrarán, espero que generosamente, en el momento de alcanzar la Vida Eterna. Nosotros no habríamos podido ser lo que somos hoy, ni tener nuestros trabajos, ni disfrutar de los servicios públicos que todavía quedan, ni formar nuestras propias familias sin el esfuerzo generoso, sin el amor por arrobas, sin el ejemplo constante de superación, de dignidad, de serena inteligencia que nos han dado nuestros abuelos y nuestros padres. Generaciones de españoles admirables de los que, todo hay que decirlo, hemos aprendido muy poco.
 
Porque los pueblos no son, como equivocadamente creen muchos, lo que deciden los políticos y gobernantes. La España de hoy, convénzanse, no es la imagen de Pedro Sánchez, ni de Pablo Casado, ni de ningún otro dirigente. Las naciones son, en cada momento de la historia, lo que quieren que sean sus ciudadanos. Y de ellos depende, de su valor, de su coraje, de su heroísmo, pero también de su cobardía, de su necedad, de su egoísmo, de ellos depende el presente y el futuro de cada nación. Nosotros, los españoles de hoy, hemos dejado que una pandemia se lleve por delante a nuestros mayores, mientras el Estado nos confinaba en casa para evitar más contagios.
 
Y mientras, nos dicen que "saldremos de ésta", que todo irá bien y que en verano podremos irnos a la playa, aunque sea con guantes y mascarilla. Y nos asomaremos a un otoño lleno de incertidumbre y de temores, con nubarrones en la economía y el miedo en el cuerpo por un posible rebrote del virus. Y todo por no hacer aprendido algunas lecciones ejemplares de esa generación irrepetible que se nos ha marchado en silencio, casi pidiendo perdón, sin haberles dado ni un abrazo ni un beso en la despedida.