Dice la psicología experimental (ciencia positiva), que las cualidades de la memoria son tres: la facilidad de aprender, la tenacidad o duración  de la retención de lo aprendido y la facilidad en la evocación y reproducción de las imágenes y los sentimientos agradables, favorecen la memoria y los desagradables la perjudican.

Como facultad intelectiva, es imprescindible para fijar los conocimientos, sentimientos y tendencias. Es craso error creer que suprimir ese esfuerzo memorístico, no perjudica nuestra conducta libre y consciente, como dijo un señor en “Radio 5” el día 9 de noviembre de 2021 a las 3,50 de la tarde: que “no vamos a tener siempre la teoría de los principios en la mente y mejor buscar lo práctico”. Como si los principios teóricos solo tuviesen practicidad cuando los olvidamos.

Lo cómodo, es evitar ese esfuerzo memorístico y dejarlo todo a la improvisación de lo sensorial o al estado de ánimo del momento. Consecuencia de esto: se ignoran las oraciones que todo católico ha de saber. Mal se pueden rezar sin conocerlas ni recordarlas. Se ignoran los Mandamientos de la ley de Dios, los de la Santa Madre Iglesia; se ignoran las virtudes cardinales, se olvidan los Sacramentos las virtudes teologales y ya no nos metamos en el terreno de las obras de Misericordia y de los dones del Espíritu Santo.

Y… ¿cómo va lo de persignarse? La desidia y la ley del menor esfuerzo, ha llevado a gran parte de los niños y luego adultos, a una ignorancia supina en formación religiosa. Si no lo aprenden al recibir la primera comunión, no vuelven a exigirse la inquietud e interés por la vida de oración porque ya, ni conocen ni aman las oraciones; cabezas vacías de conocimiento religioso, confusionismos mentales por falta de formación e información doctrinal religiosa y en lógica consecuencia, manejismo político, ausentes de la verdadera libertad que nos da el lema “la verdad, os hará libres” (Jn. 8) y de ahí a la inmortalidad, solo hay un paso.

Ayer, un joven veinteañero, estaba de espaldas a la salida del bar del pueblo obstruyendo la salida del bar, mientras hablaba con una joven. Tuve que tocarle la espalda para salir. Le dije amablemente: “sabes cuál es el undécimo? Me responde: “…mal recuerdo los Diez, como para saber “el undécimo”. Le respondí: “¡no estorbar!”. Agradecido, me dijo: “lo apunto”. Menos mal que al menos, no se ofendió. Esa es la pobre situación incultural: sin formación religiosa, sin información histórica  y sin civismo   de sentido común, ¿qué cabe esperar?

El 2 de noviembre de 2021, en el diario digital El Diestro, un artículo titulado: “La pena de muerte existe en España”, dice: “a mí, la pena capital me repugna por considerar una aberración quitar la vida a una persona, sabiendo, como católico, que la vida es Dios quien nos la debe quitar”. Y este pobre manejado por el ambiente liberal, antropocéntrico y materialista, se erige en doctor teológico y moral sobre lo que ignora cómo católico.

La pena capital, es doctrina católica justamente ejecutada por la legítima autoridad contra el asesinato y el secuestro, como legítima defensa de la sociedad y los inocentes.

La vida humana, no tiene un derecho absoluto en sí misma, sin deberes cumplidos de respetar vidas inocentes (excepto el feto humano carente aún de derechos).

Católicos desinformados como este, se permiten el derecho de enseñar lo que ignoran y por eso dijo que “el niño desafortunado, ha sido “ejecutado” en Lardero”. Confunde la ejecución como sanción justísima legal, con el asesinato.

Lo lamentable, es haber suprimido en España la pena capital por una Constitución atea, dando ocasión a los asesinos a que “ejecuten” la suya.

Los medios informativos transistorizados, televisivos o gráficos, no nos hacen más tontos, pero sí hacen más ruidosa la estupidez humana.

Invito a los interesados a que lean mi ensayo filosófico-teológico “Los porqués de la Pena Capital” (324 págs. SND EDITORES).