Nochevieja en la Tele, ¡qué asco, coño! ¡Qué catarata de gazmoñería, qué tsunami de ñoñería! El medio centenar de cansinos payasos de la nómina circense de la democracia acompañados de mazizas poligoneras, medio en pelotas medio vestidas, tal que salidas de un calendario de camionero o de la taquilla de un cosaco, pontificando naderías, rebuznando consejos y deseos de filantropía de parvulario antes de dar paso al chistoso de turno, a una cantante de lentejuela y gorgorito o a un niñato de letras más idiotas que él mismo con voz de consulta de otorrino, porque en el Do-Re-Mi-Fa-Sol-La-Si-Do elemental se le salen las vegetaciones por las orejas sin oído y por la garganta sin voz. En todas las teles lo mismo y en todos los platós los mismos de siempre, apacentando el rebaño con sus celulítis fajadas y su estupidez maquillada de bondadosa tolerancia y de fraternidad de guardería.

Menos sensiblería y más artillería. Hay que armar la voluntad, ponerle espuelas a nuestros pasos, correaje al corazón y cartucheras al alma. De lo contrario todo se disolverá en el almíbar de esa sensiblería que el Sistema despacha a granel, como garrafón cursi de botellón democrático. Esa sensiblería oligofrénica que hace que los españoles lloren por todo: por un gatito atrapado en un vídeo de yutuve, por un inmigrante ilegal con zapatillas Nike y móvil de última generación bailando salsa con las go-go girls de la Cruz Roja, por un aspirante a cocinero expulsado de Master Chef por haber hecho unas patatas bravas con leche condensada, o por una opositora a tertuliana de braga y bidé de Jorge Javier Vázquez, desterrada de una isla sin mapa por no desmochar suficientes cocos para los demás chimpancés del concurso.

Hoy los españoles lloran por todo... y no luchan por nada. Menos sensiblería y más artillería. Menos lágrimas y más coraje. Menos cocineros y más latín. Menos filantropía y más camaradería. Menos Cristinas Pedroches y más Escipiones. Menos payasos de plató y más ingenieros y albañiles que forjen a España en sus muros y en sus aceros. Menos gorgoritos de solista lacio y desmayado y más coro legionario. Menos gemido lastimero y más grito volcánico. Menos meones constitucionales y más Ebros fecundos de bravura. Menos lengua regional y más Cervantes en los pupitres y en las pizarras. Menos aldea y más Patria.