Repasando a grandes rasgos el pensamiento filosófico de estos últimos tiempos, vamos a sacar las obligadas consecuencias filosófico-teológicas ante las que no podemos permanecer indiferentes.

El siglo XVIII tuvo la pretensión de ser un siglo filosófico por excelencia, pero el XIX se diversificó en varias corrientes intelectuales como reacción a todo idealismo serio y racional, aparcando la metafísica y creyendo que ésta, base de toda ciencia especulativa fundamental, ya nada tenía que ver con el progreso material.

Es el primer desdén que los hombres de la ciencia positiva manifestaron, cuyas consecuencias son catastróficas para la moral pública y privada y por ende para el mismo progreso integral humano.

La corriente dominante en el siglo XIX es la del positivismo. Época de la ciencia positiva (la filosofía y la teología también son ciencias, pero especulativas). Fue la confianza ciega en el progreso ilimitado y el paraíso terrenal, en el que el raciocinio de fondo sólo era un estorbo.

Ahí está la raíz de los males que padecemos en esa huida de la lógica y del amor a la verdad, fuente de toda madurez humanística y direccional de la existencia humana en su sentido trascendente de seres teleológicamente (1) creados para un destino eterno, por quien es principio y fin de todas las cosas.

Hasta tal punto ha llegado esa soberbia irracional del desprecio a las verdades metafísicas, que no han faltado voces correando que: “por encima de las ideas, están los hombres”, cuando es incontestablemente todo lo contrario.

El positivismo aludido fue creado por Augusto Comte (1798-1857).

Es una postura antiespiritualista; es un “saber para poder”.

Desprecia las abstracciones y solo busca lo concreto, lo positivo, lo que vemos y tocamos. Así, lo positivo es lo científico, y lo científico lo positivo.

Se presentó como la panacea de la humanidad.

La experiencia sensible es la única fuente científica, repudiando toda realidad metafísica y religiosa, por ende.

Comte dijo que la humanidad ha pasado por tres estados:

  • El teológico (infancia de la humanidad, que quiere explicar los fenómenos naturales por la intervención de los dioses).
  • El estado metafísico (pubertad humana que reemplaza esa explicación a las fuerzas de la naturaleza y relega a otro plano a la religión).
  • Finalmente el estado positivo, (en el que se aparca todo poder espiritual o racional para ponerlo todo en manos de los industriales y comerciales).

Ni qué decir tiene que esta ley de los tres estados carece de consistencia, tanto desde un punto de vista histórico como epistemológico.

En Inglaterra, este positivismo tuvo como representantes principales a Stuart Mill y Heriberto Spencer.

En América, se sostiene en materia de ética el utilitarismo, que pasaría a llamarse pragmatismo.

Según esto, un acto es bueno y un juicio verdadero, si sirven para la vida práctica (con lo que queda abierta la puerta al poder irresponsable de “el fin justicia cualquier medio”).

Spencer defiende el evolucionismo ampliando la fantasiosa teoría de Darwin a toda realidad material, moral, social y espiritual.

Todo el universo –dice- se halla bajo el signo de la evolución.

En España, el siglo XIX ofrece pocas expectativas. Es superficial y sin originalidad pues se copian las influencias del pensamiento extranjero. Pero tuvimos la gran figura de Jaime Balmes, talento filosófico valiente que traspasó las fronteras nacionales y cuya temprana muerte fue una pérdida lamentable para la patria y la ciencia.

Nació en Vich (contemporáneo de Federico Chopin) en 1810, Balmes fue un escritor político de primera línea. Fundó y colaboró en varios periódicos y revistas, desde las que fustigó al actual liberalismo. Formidable apologeta contra el protestantismo y el escepticismo actual.

Obra muy conocida en su Criterio con la que busca divulgar el arte de bien discurrir al alcance de toda inteligencia normal.

Es también llamado el filósofo del sentido común. Algo tan elemental y evidente que tanto falta a nuestros actuales dirigentes por huir de la objetividad y la capacidad de nuestro conocimiento y por la ignorancia culpable de estas mediocres impersonalidades, que viven de sus hueros protagonismos y el afán de medro.

(1). No confundir con teológicamente.