Quizá alguien podría esperar que, en tiempo de Navidad, algunos corazones se ablandasen, y algunas espadas volviesen a sus vainas, y los sembradores de odios y los recogedores de tempestades atemperasen un poco su mala leche de nacimiento. Pero está claro que la Navidad, que es para todos al margen de las creencias que cada uno tenga, no cala igual en todos los hombres porque algunos corazones están cerrados desde el día siguiente a su bautizo. Y aunque Cristo hace lo posible por entrar en ellos, somos nosotros quienes finalmente tenemos la llave.
 
Hay, en todo lo relativo al rey emérito don Juan Carlos, un tufo vengativo que, si siempre ha sido sórdido y muy patético, ahora ya, teniendo en cuenta la edad y las circunstancias del borbón, me resulta casi bochornoso. Aquello de "hacer leña del árbol caído", y naturalmente salvando las innumerables diferencias entre ambos, lo que se hizo también con Franco durante sus últimos meses, semanas, días y horas de vida. Primero la traición, después la agresión y a última hora incluso el encarnizamiento. Con Juan Carlos algunos se están colgando medallas que no les corresponden, pero que además nunca hubiesen podido lucir si en vez de haber caído en desgracia, siguiese aún en el Palacio de la Zarzuela. Pero, según se ve, la cobardía en grado superlativo también se merece medallas, aunque sean éstas de hojalata y con mucha mugre.
 
Es necesario recordar, aún a riesgo de resultar un poco cansinos, que Juan Carlos Borbón no tiene ninguna causa pendiente con la justicia, y que ha regularizado hasta ahora todos los pagos de tipo fiscal que se le han ido reclamando por distintas donaciones o comisiones. Cosa distinta es el juicio moral que cada uno haga de ellas, y de otros episodios de su intensa vida como rey, llena desde luego de múltiples episodios controvertidos casi desde su más tierna infancia. Pero es importante diferenciar lo legal de lo moral, como es importante distinguir entre el monarca que fue (hasta el 18 de junio de 2014 en que decidió abdicar en la persona de su hijo, Felipe VI), y el ciudadano Juan Carlos que es hoy, con 83 años de edad, el chasis y las bujías algo dañados, y el corazón probablemente en muy malas condiciones.
 
Y aquí voy a permitirme algo que no suelo hacer en los artículos que escribo, que casi siempre son de crítica periodística, y por tanto racional, de los hechos que componen la actualidad. Hoy, 19 de diciembre, a solo 5 días del nacimiento de Nuestro Señor, voy a decir lo que casi nadie dice en los medios de comunicación, en buena medida porque la mayoría de periodistas, analistas y tertulianos escriben y hablan para después pasar la correspondiente factura a quien le toque pagar. Nosotros, con nuestros aciertos y errores, solamente escribimos y hablamos para agradar a Dios y a nuestra conciencia libérrima.
 
Un hombre de 83 años tiene derecho a estar con sus hijos y nietos por Navidad. Si algún hombre pierde ese derecho es porque está en la cárcel por haber sido declarado culpable de un delito; a veces, por cierto, ese delito ni siquiera se comete, como es el caso, por ejemplo, de los patriotas de Blanquerna, algunos de los cuales tampoco van a poder estar con su familia esta Navidad, de manera completamente injusta y cruel. Pero volviendo al rey emérito: es mezquino, es miserable, es ruin, es indecente, es inmoral privar a una persona mayor del derecho natural que tiene a estar con sus seres queridos, y más en fechas tan especiales como éstas. Sin motivo ni razón, ni explicación oficial ni oficiosa. Sólo porque los verdaderos dueños actuales de España son sus peores enemigos: comunistas y separatistas.
 
Son ellos, sin duda alguna, quienes están detrás de esa prohibición tácita que pesa sobre Juan Carlos de no poder pisar el Palacio de la Zarzuela, donde debería vivir, y no en el exilio de Abu Dhabi, voluntario pero forzoso, porque ni es su deseo estar allí ni nadie le ha dicho por escrito que se marche. Lo han echado los enemigos de España, los republicanos de la II República rediviva, con este Gobierno felón a la cabeza, y lo ha consentido el actual monarca, más amigo, como se ve, del consenso político a cualquier precio que de defender la dignidad de su propio padre, al que le debe la corona. Más amigo de que Pablo Iglesias y Pedro Aragonés estén contentos, que de tener hacia su padre un gesto propio de cualquier hijo agradecido: el de ser leal a tu propia sangre y a tu propio linaje.
 
Bien saben todos ustedes que no soy monárquico, ni tampoco republicano si la república está en manos de Ione Belarra y Alberto Garzón. Creo que la forma de Estado está relacionada con la personalidad histórica de la nación, y España está unida desde sus orígenes a la monarquía (no parlamentaria, por supuesto, sino católica y absolutista). Pero este artículo de hoy no tiene que ver con nada de eso; hoy he querido hablar de personas, de seres humanos, de nobleza de corazón, de familia. Hoy he querido hablar del derecho que todos tenemos a amar y ser amados, a la caridad, a compartir y a respetar, a sonreír y a disfrutar. Y a celebrar que el Niño Dios nace en el corazón de todos los hombres, algunos incluso sin saberlo, para ver si nos hace un poquito mejores.