Como José I Bonaparte, no será Rey ni de las alfombras que pisa. Por un proceso inverso al del gabacho coronado por su hermano Napoleón, con el babeante nihil obstat de los legítimos herederos de la Corona de España, Felipe VI perderá el Trono envuelto, eso sí, en la máxima dignidad democrática y, más que rodeado, cercado por un Gobierno nativo tan ajeno a los intereses de la Patria como el que el Gran Corso le impuso a España en 1808, con su soldadesca ilustrada en la Revolución y sus cipayos colaboracionistas.

Socialistas, comunistas y separatistas reinan sobre los tres Poderes del Estado. En el Ejecutivo, por reparto de botín tras el golpe de mano de la moción de censura. En el Legislativo, por la aritmética parlamentaria que brota de las urnas como las setas venenosas. Y en el Judicial, por una eficacísima combinación de amenaza y recompensa marinada con la solera de añejas zalamerías progres de la mayoría de jueces, fiscales y magistrados. Sobre el Cuarto Poder, la Prensa, que desde que Napoleón comenzase a manejarla como un regimiento de Granaderos, se convirtió en la amante mimada de cualquier político independientemente de su pelaje ideológico, el Gobierno no es que mande es que es el amo en el sentido más esclavista del término. Socialistas, comunistas y separatistas son los amos de los Medios de Comunicación, como el Conde de Romanones lo era de sus predios de  La Alcarria. “Ahí viene el puto amo” decían sus paisanos cuando bajaba del tren en Guadalajara y empezaba a comprar votos a peseta, tal y como hace el Gobierno con los Medios y los periodistas que mercadea, vendimiar votos.

Esos son sus poderes, Majestad. Comunistas  y separatistas proclaman sin tapujos la imperiosa y progresista necesidad de destronarle, no como a Luis XVI sino a través de un proceso plebiscitario, tan burdo y chapucero como el que puso en fuga a Alfonso XIII, que sus esclavos, bien untados y mejor domados, del Cuarto Poder revestirían de legalidad, legitimidad e inapelable demanda social, como ya hicieron con la profanación de la tumba del Generalísimo Francisco Franco. Mientras tanto, los socialistas se hacen el sueco sordo y defienden la Monarquía con la boca chica que siempre tiene la traición grande antes de consumarse.

Esos son sus poderes, Majestad. Hoy está usted huérfano de un Cardenal Cisneros o de un Empecinado que les muestren (llegado el caso, que ya está a la vuelta de la esquina) a los cipayos socialcomunistas y separatistas cuáles son los auténticos Poderes del Pueblo cuando es traicionado por los Poderes del Estado. La última ratio de la Nación, el pelotón de soldados de Spengler que, al final, acaba siempre salvando a la Civilización. O eso, o no reinará ni sobre las alfombras que pisa.