Félix Bolaños, testigo y ejecutor final de la profanación de los restos mortales de Francisco Franco el 24 de octubre de 2019, es hoy la mano derecha de Pedro Sánchez. Su compañera en aquel aquelarre masónico, Dolores Delgado, es la Fiscal General del Estado más contaminada de la historia, porque tiene todavía encima el polvo del Ministerio de Injusticia del que procedía. Sánchez, como todos los caciques que en el mundo han sido, es muy generoso con los más fieles, hasta que un buen día les manda cortar la cabeza con la misma ausencia de razones objetivas que usó para distinguirlos.
 
Bolaños llegó para suplir al defenestrado Iván Redondo cuando éste devino en juguete roto del cacique Sánchez. La breve biografía del actual ministro de la Presidencia nos indica que es "licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, donde fue el número uno de su promoción, ha sido letrado del Banco de España y jefe de la división de Asesoría Jurídica Laboral y Documentación Jurídica (2008-2018), profesor en el Instituto de Empresa (IE Law School) y abogado del despacho Uría Menéndez". Resumiendo, un brillante abogado con experiencia suficiente.
 
Precisamente por eso, porque no estamos hablando de una Adriana Lastra ni de un kaleborroka podemita, resulta más escalofriante su tendencia natural a atropellar el Estado de Derecho y a violar el espíritu de las leyes. Es una especie de esquizofrenia marxista la que, sin duda, conduce a estos siervos del sanchismo ("abrazafarolas" los llamaba José María García) a arremeter e intentar destrozar aquello que ha constituido el grueso de sus propias biografías. Bolaños es un letrado que odia el Estado de Derecho.
 
La profanación de los restos mortales de una persona es uno de los actos más viles, innobles y repugnantes que puede protagonizar una persona. Es robar el eterno descanso de alguien que ya no se puede defender, ni protestar. Es, por ello, un acto de una cobardía infinita. Si, además, la profanación se hace contra los restos mortales de un Jefe de Estado (al margen de las simpatías o antipatías que le pudiese tener), la indignidad alcanza la bellaquería. Da igual que uno vaya vestido como un leguleyo sistémico o como Curro Jiménez. Eres alguien que carece de la más mínima vergüenza.
 
Esta misma persona, Bolaños, es la que esta semana ha dicho en una entrevista (en la Cadena Ser, naturalmente) que "los jueces no pueden elegir a los jueces" en un Estado de Derecho. Una falsedad monumental, un engaño miserable, una manipulación más de estos abogaditos democratitas que se deben pensar que el resto de los mortales nos chupamos el dedo. Los jueces no solamente pueden, sino que deben elegir a los miembros del CGPJ si queremos realmente aspirar a un Estado de Derecho real, y no el patio de tiranos que padecemos desde hace cuatro décadas.
 
Quienes defienden que el Congreso de los Diputados, a través de los partidos representados en él, tienen legitimidad para elegir a los jueces (como ordena la ley actual..., que procede de la nefasta ley socialista de 1985), lo que creen es que se debe elegir a los jueces por razones ideológicas, es decir, perpetuando la filiación política de los magistrados, lo cual es una pura aberración. El único criterio legítimo de elección de los jueces debe ser la valía profesional, la experiencia demostrable, el curriculum vitae. Pero no, claro. A Bolaños, al PSOE y probablemente también al PP lo que les interesa es seguir eligiendo a jueces "de derechas y de izquierdas" para seguir alargando esta jauría de perros rabiosos en que ha devenido la "democracia". Una demogresca bipartidista con actores secundarios peleándose entre sí.
 
Los escrúpulos morales de Félix Bolaños, ya lo ven, son como los del Che Guevara, Pol Pot o las nuevas autoridades afganas. Gente que no solamente no tiene Fe, ni valores ni principios morales, sino que no conoce la vergüenza. Gente que dispara contra los pilares de su propia formación. Gente a la que no le importa la paz social, ni el progreso de las gentes, ni el desarrollo de la nación donde habitan. Gente capaz de servir al jefe de turno, y al partido que toca, por encima de cualquier cosa. No sé si dan más miedo que vergüenza.