Del ábaco de la muerte se les han caído más de dieciséis mil cadáveres que no saben “dónde ubicar”, como si los muertos fuesen tostadoras siempre sobrantes en una lista de bodas. Guardan en el almacén de su vileza dieciséis mil cuerpos aniquilados por la pandemia que su incuria se niega a endosar en la contabilidad oficial de víctimas del Coronavirus, porque, sumados a los que su lacerante incompetencia sí admite como fusilados por el virus, la cifra total de caídos les llevaría a los tribunales de la ira popular que reza y maldice en los tanatorios, y ante el único patíbulo que temen: perder las elecciones.

Como sus abuelitos del Frente Popular, rubricarán los más de dieciséis mil muertos, engorrosamente perdidos en la indefinición forense, que es el limbo de su miseria moral, a la célebre parada cardiorespiratoria, que es lo que hacían los fernandosimones de la época con los muertos que amanecían en las cunetas y en las tapias de los cementerios todos los días por la pandemia socialcomunista de chekas, paseos y torturas. Causa de la muerte: parada cardiorespiratoria. Siniestro eufemismo forense pues, efectivamente, dos balazos en la cabeza lo primero que provocan es una parada cardiorespiratoria. No hace falta ser médico para aventurar ese diagnóstico, pero hay que ser muy canalla para firmarlo.

Hasta la gloria de la invocación “¡Contad los muertos!” nos han robado, como cuando tras la derrota de Rocroi un oficial francés, conmovido por el heroísmo de los legendarios e invencibles Tercios, le preguntó a un soldado español agonizante: “¿Cuántos érais?”. “¡Contad los muertos!”, respondió el español cubierto de gloria y de estocadas, de sangre y de honor.

¡Contad los muertos, cabrones!, que hay más de dieciséis mil españoles sin una etiqueta colgando del dedo gordo del pie en la que, con el lacónismo de la parca, les explique a sus compatriotas, a sus viudas y a sus huérfanos de qué y por qué han muerto.

Si hoy hubiera españoles como los que cayeron en las Termópilas de Rocroi, no dormirías tranquilos. La vida paga y la muerte cobra, y cuando la Justicia es una meretriz del Poder, la venganza es la novia formal de la muerte.