La guerra contra la raza blanca (1). 

Empecemos por la única verdad en todo esto: la muerte del negro George Floyd en Estados Unidos a causa de un bastante claro abuso policial. Un episodio lamentable que seguramente se podía evitar, será juzgado y con toda probabilidad castigado.

Aquí acaba la verdad de las cosas y comienza la avalancha de falsedad, histeria y desinformación que estamos viviendo desde hace tres semanas: una serie de protestas masivas que han tenido algún eco en otros países y están sacudiendo la sociedad americana como un verdadero movimiento telúrico. Es una clara señal de que, por debajo, hay algo mucho más importante y visible sólo en parte.

La motivación del movimiento black lives matter es el presunto racismo sistémico, la parcialidad y violencia de la policía y el sistema penal norteamericanos contra los negros. Esto evidentemente no es más que el pretexto para lo que está pasando, pero también es el corazón de la mentira y, por tanto, n. os ocuparemos enseguida de ello. Serán suficientes unos pocos datos, al alcance de cualquiera y que voy a comentar brevemente.

Se lloriquea acerca de la “discriminación racial” porque la proporción de presos de raza negra en las cárceles es desproporcionada respecto al peso de la comunidad negra en el país, lo cual es ciertísimo. Ahora bien, los negros americanos son únicamente el 13% de la población, pero en 2018 cometieron casi la mitad de los homicidios (el 48%) y fueron negros el 40% de todas las detenciones por los crímenes violentos (homicidio, violación, asalto agravado, robo). Por lo tanto, no es que la policía sea racista con ellos, es que la policía hace su trabajo porque se trata de un grupo desproporcionadamente criminal respecto a su consistencia numérica en la población general. Y también hacen su trabajo cuando en general sospechan más de los negros, porque parte de ese trabajo es prevenir, lo que incluye identificar a sospechosos o potenciales criminales basándose en indicios insuficientes.

Se lloriquea también porque la policía mata con más facilidad a los ciudadanos negros. O eso es lo que se nos intenta hacer creer. Pero si nos molestamos en escuchar a los datos, en vez de a los babosos del “antirracismo” y a los manipuladores profesionales, vemos que, siempre en 2018, fueron muertos por la policía 667 negros contra 1.226 blancos. Casi el doble de blancos muertos, cuando son mucho menos del doble los homicidios y los crímenes violentos cometidos por blancos. Con la debida cautela porque no es un razonamiento riguroso, los datos nos sugieren que, muy al contrario de la propaganda, la policía tiene el gatillo más fácil con los blancos que con los negros.

Estos son datos y razonamientos muy sencillos, ampliamente conocidos para quien tenga interés en ello. Ya sólo esto expone a la luz el corazón de la mentira, dejando sólo la escapatoria de que los negros se comportan así porque todavía están discriminados, porque no tienen oportunidades, y demás blablablá progresista, izquierdista y políticamente correcto.

Naturalmente nadie se puede creer ya esto después de decenios de esfuerzos, de injustas políticas de discriminación positiva que perjudican a los blancos, de miles de millones invertidos en educación y oportunidades. Muchos negros han aprovechado estas oportunidades y se han vuelto miembros productivos y respetuosos de su comunidad, lo cual es excelente, pero las diferencias raciales existirán mientras haya razas en este mundo.

Sin embargo, se nos sigue machacando la cabeza porque las mentiras de la corrección política se resisten a morir. Su fundamento es la negación del mundo real, y la asunción del principio de realidad es el beso de la muerte para el progresismo igualitario.

Una conclusión se impone entonces a la vista de lo anterior y de los datos citados. Es necesario decirla de manera brutal y llamando a las cosas por su nombre: las protestas y manifestaciones del black lives matter son mierda de vaca.

Lejos de ser espontáneas, estas protestas traicionan su carácter de fenómeno dirigido, alimentado artificialmente; son parte de una estrategia trazada y llevada a cabo por manos ocultas.

¿Cuál es entonces la agenda, la intención que hay detrás, el proyecto?

En lo inmediato y concreto, la clave nos la da la política americana: se trata es una campaña contra Donald Trump de cara a las próximas elecciones, para expulsar del poder a un presidente que, con todos sus límites, ha dado voz al hombre blanco cabreado y a los hartos de la corrección política. Aunque bien les puede salir el tiro por la culata y sinceramente lo espero.

Pero hay algo más detrás, a un nivel más profundo y a más largo plazo: estamos por así decir ante una ofensiva de verano, que forma parte de una gran guerra contra la raza blanca, la herencia europea, la cultura y la civilización de los pueblos blancos.

Porque la raza importa, la raza existe. No sólo, sino que cada vez existe más y se nos impone esta existencia lo queramos o no. En América y también en nuestra casa.

Para darse cuenta basta comprender el sentido auténtico del discurso “antirracista” del progresismo: las razas humanas no existen, pero los blancos son los malos.

Jamás nos lo dirán con estas palabras porque serían demasiado claras. Pero exactamente esto es lo que nos repiten continuamente, de todas las maneras y en todas partes: desde la escuela al entretenimiento basura a los catequismos de la corrección política, impartidos por esas prostitutas intelectuales del sistema (con mi respeto por las putas genuinas) que son los intelectuales de moda.

Este es el sentido de lo que está sucediendo y que vamos a explorar en sucesivos artículos. No por interés ocioso sino con intención movilizadora y combativa, porque estamos en una guerra racial y cultural querámoslo o no.

Y parafraseando a Jean Paul Belmondo: aunque tú no te ocupes de la guerra, la guerra se ocupará de ti.