Lo decía Aristóteles: ejercitar libremente el propio genio: eso es la felicidad.

No nos vamos a meter con nadie. Se trata sólo de recordar, dentro del mundo del pensamiento, a los cínicos, cuyo fundador fue Antístenes, nacido en torno al año 450 antes de Cristo. Hijo de una esclava tracia y de padre griego. Aunque el que dio el sello definitivo a los cínicos fue su discípulo, Diógenes de Sinope.

Se entiende por escuela cínica (del griego “kyon”: ‘perro’, denominación atribuida a su frugal modo de vivir. Entre otras cosas, consideraban que la felicidad se tiene siguiendo una vida simple y acorde con la Naturaleza. El hombre lleva en sí mismo los elementos para ser feliz y conquistar su autonomía. De ahí el desprecio de éstos a las riquezas y a cualquier forma de preocupación material: El hombre con menos necesidades es más libre y feliz. Los cínicos se movieron entre los sofístas y los socráticos.

Su ética tuvo mucho éxito: sólo la virtud tiene valor para los hombres, todo lo demás carece de interés. La virtud basta por si sola para llegar a la felicidad; ésta se puede aprender, es algo armónico y que no se pierde. Porque constituye algo distinto al puro conocimiento, es más bien un estado de ánimo que descansa en la recta inteligencia y en una dirección de la voluntad, mantenida por la acción. Consiste en el “erga” (obras y hechos) y no necesita ni discursos, ni muchos conocimientos. Por tanto, el “ponos”, es decir, la superación, representa el único camino para la virtud y con ello llegar a la felicidad.

Los cínicos resaltan el celo contra la “trypé”, contra el lujo y la opulencia, pues la felicidad no depende de ellos. Tampoco depende del goce de los placeres materiales, que consideran el peor de los males, porque esclaviza a los hombres y les priva de libertad. Es sólo una concepción ascética, ya que no se oponen al placer sexual, por ejemplo, por ser natural, sólo que no se debe dejar que el impulso domine al hombre. También consideran que la virtud en el hombre y en la mujer es una y la misma, y que hay un único Dios que en nada puede compararse a lo visible.

Se puede destacar igualmente entre los cínicos una teoría ético-social: la distinción entre los hombres sabios y los insensatos; la masa de los hombres pertenece a los no sabios, decían, cuya salvación dependerá de su fuerza de voluntad. La personificación del hombre superior es Ciro, el fundador del imperio persa.

El desarrollo de las teorías cínicas lo llevó a cabo Diógenes. El Can, así llamado por su modo de vivir y de comportarse. De su apodo, “Kyon”, tomaron nombre sus seguidores. Él puso en práctica el cinismo en su modo de vestir y en su manera externa de vivir. Pretendió siempre realizar la virtud por medio de la acción. Vivir con arreglo a la Naturaleza. Pero Díógenes quería poner en ridículo, de ahí la expresión de cínico, el sentimiento de decencia y pudor del hombre civilizado, destacando como modelo la vida de los animales y de los pueblos primitivos.

Esta virtud cínica tiene una doble función: respecto al propio yo y sus impulsos establece la “apatía”, o lo que es lo mismo, la libertad de afectos y pasiones, en especial ante el Eros. Y frente al mundo exterior establece la “autarquía”, o ausencia de necesidades externas, como la alimentación, el vestido, la vivienda, cuya finalidad última es la libertad.

Todo esto significa que, sólo del hombre depende que escoja una vida de virtud o de placer, una vida de sujeción moral o de goce que determine su propia felicidad. Éstos, los cínicos, propusieron, por primera vez, una filosofía popular. Incluso llegaron a dar la idea de predicadores ambulantes o apóstoles de la moralidad, de la libertad, de la doble moral.