Quizá lo peor y más dramático que puede ocurrirle a una sociedad es la pérdida de la referencia moral sobre el Bien y el Mal. A lo largo de la historia de la humanidad, los más grandes imperios se disolvieron y perdieron toda su fuerza a medida que el virus de la confusión moral se adueñaba de sus líderes políticos y militares. Cuando la disciplina, el rigor, el orden, la obediencia, el castigo y la resistencia dejan paso a la pereza, la laxitud, la envidia, la desobediencia, el vicio o la insubordinación como forma habitual de relación con los demás.
 
No es casualidad que todos los pensadores y filósofos, desde los primeros griegos hasta Ortega, García Morente o Julián Marías, hayan subrayado la importancia de las virtudes morales e intelectuales en la clase dirigente. Así fue siempre, y por eso la Historia nos dio decenas de ejemplos de hombres superiores, elegidos por el destino, o por Dios para conducir a sus pueblos a la gloria y al progreso. Hoy, ahogados en los estertores de la más profunda decadencia, vemos cómo los vagos, los maleantes, los delincuentes se instalan en las instituciones, dejándonos episodios tan vergonzantes como el reciente del diputado rastas de Podemos.
 
Nada es casual, y Dios le da a los pueblos lo que éstos eligen, en función de cómo se relacionan con el Bien y el Mal. Otegui hablaba esta semana sobre el fin de los atentados de ETA, sabiendo que su auditorio lo forman unos medios de comunicación a los que nada les importa la verdad, y una sociedad anestesiada, olvidadiza, sin criterios éticos y sin capacidad de reacción. En otro tiempo, Otegui hubiese sido encerrado en una mazmorra hasta sus últimos días; hoy es un referente de la democracia al que se pliegan todos, los malos, los buenos y los regulares. Porque el cálculo partidista vale mucho más que la justicia y la dignidad.
 
Muy lejos de pedir perdón, porque el perdón es una categoría imposible para las ratas, Otegui lamentó el dolor de las víctimas de ETA, poniendo una calculada sordina a su lengua. La sordina del cálculo partidista. A Otegui no le importa nada el sufrimiento de nadie, porque Otegui, antes de ser quien hoy aparenta ser, iba por las calles armado con un revólver, disparando y secuestrando, es decir, causando dolor y sufrimiento de forma indiscriminada. Siempre con la cobardía como aliada, porque cara a cara, hombre a hombre, Otegui es una nenaza como el monte Igueldo. Y sin su pistola en la mano, hubiese aventado diarrea ante cualquier guardia civil con el cinturón en su sitio.
 
Intenten pensar ustedes en nombres de periodistas y de políticos que les hayan dicho siempre la verdad sobre ETA y el terrorismo, que les hayan hablado pensando en las víctimas de aquella lacra y no en su interés particular. Verán cómo no les salen más de cuatro o cinco nombres. Lo mismo les pasará si se hacen esa pregunta con el tema del franquismo, del 23F, de los atentados del 11M o de cualquier episodio de una cierta gravedad ocurrido el siglo pasado. La mentira en el relato, la burda manipulación, el uso de las víctimas como si fuesen objetos, la exaltación de los criminales, el relativismo, la componenda, la indignidad. Son todas señas de identidad de un tiempo en el que se ha derrumbado por completo el edificio de nuestra civilización.
 
Después de cuarenta años sufriendo la lacra del terror etarra, con más de mil víctimas inocentes con sus respectivas familias rotas, ahora nos viene este matarife de tres al cuarto a decirnos que todo fue un lamentable error y que se tuvo que haber evitado. Con ese frío cinismo que tienen los matones. Con el desprecio a quienes todavía sufren la desgracia de la mala suerte, de haber estado en el camino de aquella jauría infecta. Pero no ha habido ningún periodista, ni por supuesto político, que con viril gallardía haya puesto a este miserable donde le corresponde. Todos le temen porque Otegui tiene la llave maestra del sistema. Él ha sabido esperar a que en La Moncloa estuviesen aquellos podían darle al matonismo separatista vasco el verdadero poder.
 
Allá el periodismo servil con su conciencia, si la tiene. Nosotros sí nos acordamos de Francisco José Alcaraz, de su hermano y sus sobrinas; o de Irene Villa y su madre (30 años se acaban de cumplir del atentado), del almirante Carrero Blanco, sobre cuyo vil asesinato aún se hacen chistes y memes. De tantas y tantas personas cuyos teléfonos han dejado de sonar para recibir pésames, porque el olvido es el fin irremediable cuando los rufianes trepan a lo más alto de las instituciones.
 
La España de hoy se resume bien con tres nombres: Alberto Rodríguez, un agresor de policías, peleando con el TS por su escaño rastafari; Arnaldo Otegui, próximo lehendakari de Vascongadas para mayor gloria de la cuna de Blas de Lezo; y Pedro Sánchez, elegido por el destino para mandar en España en justo premio por no saber que son los mejores, los más virtuosos, los que deben ejercer siempre el poder.