Los lectores de cómics conocemos de carrerilla unas palabras que el tío Ben le dijo a Peter Parker: “un gran poder demanda una gran responsabilidad”. Me ha venido la frase a la memoria ante la autoadjudicación de un gran poder por parte del presidente del gobierno que, según vemos, pretende encadenar las decisiones futuras antes de que deje de disfrutar con tan excepcional situación.

La proclamación y las sucesivas prórrogas en el tiempo de la peculiar coyuntura en que vivimos, que nos  van a llevar a finales de mayo, le han dado al presidente del gobierno ese gran poder. Lo ejerce rodeado de su camarilla de confianza, con el incordio domesticado de Pablo Iglesias (preocupado por ocupar cámara), sostenido por un blanqueamiento mediático (15 millones para los medios) y el dominio del discurso común sobre la situación (oposición a remolque, más lenta aún que Pedro Sánchez). Un discurso que, ante la gravedad de la situación sanitaria, es tan efectivo que maniata a la oposición de tal modo que esta no ejerce su obligación de controlar al ejecutivo, esperando al día después para evitar la acusación de entorpecer las ruedas. Gran poder, pero ¿gran responsabilidad?

Poder y responsabilidad, los dos platillos de la balanza, como conceptos, me invitan a la reflexión cuando repaso las más que preocupantes fotos fijas del inmediato futuro, una vez que el COVID-19 ceda en el terreno sanitario aunque no desaparezca de nuestras vidas y continúe condicionándonos durante un tiempo largo. Dejo a un lado las un tanto buenistas lecturas de que “seremos mejores”, que la “sociedad se replanteará su vida”… tan al uso dentro de lo que es el “discurso  homogéneo de la esperanza” que día a día se difunde y que puede conducir a la falsa realidad de un “fallo colectivo”. Un discurso que, con mayor o menor intensidad, trata de poner orejeras y tapones a la realidad.

Hay quien sostiene que de la crisis sanitaria, social, política y económica creada por el COVID-19, la bomba perfecta, van a salir unos estados reforzados frente a la aceleración en las últimas décadas del proceso de globalización y de la pérdida de soberanía económica por parte de los estados. A mí me parece que al final el resultado será el contrario, dado el proceso de endeudamiento de muchos estados, y que acabaremos por encadenamiento más globalizados. Debate que, por otro lado, era precedente a esta situación.

Está sobre la mesa, con mayor fuerza ahora, pero ya veremos después, la idea de la necesidad de alcanzar la mayor soberanía económica estratégico-industrial posible en los sectores básicos para la nación, incluyendo el sanitario y sin obviar el agroalimentario, poner freno a la deslocalización (es increíble nuestra incapacidad/tardanza para reconvertir industrias de forma rápida para fabricar mascarillas) y al low cost subvencionado (comprar a bajo precio, no tener producción propia y tener que pagar impuestos más altos para cubrir paros y subsidios de toda índole es su consecuencia); algo que también se planteaba antes del COVID-19. Idea/debate que supongo se irá diluyendo conforme pasen los meses y volvamos al dominio de los defensores del uniformismo  globalista y la consagración a la fe en el mercado libre (libre pero controlado por las grandes corporaciones financieras que conforman un poder superior a los estados).

Debates a un lado sobre el futuro, la realidad actual es que lo que ya podemos llamar crisis del COVID-19, con el torpedo que ha lanzado a las economías de base financiero-especulativa, está creando una perturbación cuyo alcance es difícil de precisar.

Políticamente, en algunos estados, va a suponer la condena de gran parte de su clase política cuando se entre en el terreno de las responsabilidades y en la crisis económica que ya asumimos como asfixiante compañera. En buena lógica, la clase política española que ocupa el poder a diferentes niveles ya puede darse por amortizada, salvo que el dominio de los aparatos mediáticos y el control de la información o su condicionamiento palie estos efectos a través del  discurso que están articulando. Ese que, en su última versión, se organiza en torno a la idea de que nos “ha pillado por sorpresa y con una virulencia imprevista” y que las raíces del problema proceden de las políticas anteriores. Así pues, todo lo que ocurra no será pues consecuencia de una mala gestión. Pero, ¿es compatible la ausencia de mala gestión cuando un gobierno disfruta durante meses de poderes cuasi dictatoriales, cuando todas sus decisiones tienen un marcado carácter unilateral y algunas se conocen solo mediante anuncios y ruedas de prensa para luego celebrar comunicaciones o reuniones fachada?

Recordemos que en el caso español nos encontramos con la creación de un gobierno que de facto ha asumido poderes cuasi dictatoriales comisorios para hacer frente al problema sanitario, incrementado este por ese mismo poder, con toda la tragedia que está suponiendo, por la lentitud y la ineptitud en la prevención, junto con la pérdida de días vitales consagrados al anuncio de medidas que se desinflaban a la misma velocidad que se proclamaban.

Larga sería la lista de responsabilidades que ahora se tratan de tapar con alabanzas vía twitter, cuando ni tan siquiera son seguras las cifras sobre infectados y víctimas (desgraciadamente un número que día a días sigue subiendo).

Poder y responsabilidad son dos vectores que Pedro Sánchez desconoce. Este es el problema. El COVID-19 va a colocar a España frente a las cuerdas. No solo por la caída del PIB que no destrucción (la situación no es comparable como se hace con la coyuntura tras la guerra civil), que es lo más subsanable con el tiempo, sino porque va a sacar al país de una ensoñación. Las consecuencias del COVID-19, infinitamente más dañinas y disruptivas que lo puedan ser en Francia, Alemania, Holanda o Inglaterra, van a colocarnos ante la realidad de los problemas estructurales que desde hace décadas todos han ido dejando para mañana: endeudamiento altísimo y recurrente (casi del 100% del PIB), desequilibrio en los sectores productivos con basculación hacia los servicios, dependencia del turismo, predominio financiero-especulativo, atrofia administrativa por falta de optimización de los recursos derivada del modelo autonómico y el problema territorial creado…

Ante la realidad los economistas andan especulando sobre si la recuperación va a ser en V o en U o antes de la U tendremos una L larga; pero hablan en términos macroeconómicos porque los paganos y las víctimas de las consecuencias socioeconómicas del COVID-19 van a ser las clases medias y las clases populares que van a continuar empobreciéndose (proceso que se observa desde hace años). Tenemos una economía muy dependiente de un turismo que va a tardar mucho en recuperarse y sin elementos sustitutorios; tenemos una crisis de confianza general y un retraimiento que va a notarse en los servicios de ocio, turismo y restauración. Y no hay posibilidad de trasvase laboral, como sucedió a finales de los setenta principio de los 80 con el traslado masivo a la función pública.

Pedro Sánchez sabe, pero también parte de la oposición, que la economía española y su recuperación va a estar dependiente de las decisiones de la UE, porque ahí está nuestra soberanía económica; pero estamos en un momento donde la confianza es fundamental y la confianza en el gobierno de coalición español es mínima, como se está demostrando. Pedro Sánchez ha decidido jugar con el poder cuasi dictatorial prorrogable, con las Cortes suspendidas de facto, con el Real Decreto como arma, con el anuncio de medidas por capítulos coleccionables que no cuentan con respaldo/consensos y con propuestas de estadista, convenientemente cocinadas, que pasan por un “mágico Plan Marshall”, olvidando lo que en realidad fue el “Plan Marshall” y cómo fue posible (poco tiene que ver con la situación actual). Anda anunciando subvenciones, nacionalizaciones temporales para salvar empresas (algo que por cierto ya hizo hace décadas el INI en su última fase), aplazamientos, préstamos y hasta empleos… pero los anuncios son una cosa y la efectividad de la realidad otra. Las recetas neokeynesianas mal leídas pueden dar resultados negativos y a la receta le falta lo fundamental: dónde y qué se va a impulsar con capacidades productivas, dónde y cómo se va regenerar el consumo interno vinculado a la producción. Sánchez confía en que la aproximación al precipicio conduzca a la lluvia de millones para la subvención. Al tiempo.

El último cartucho de Sánchez es buscar compañeros de viaje que le aplaudan. Recordemos que lo primero que dijo cuando anunció su primer “estado de guerra” fue que ahora le tocaba a la oposición dar muestras de su altura de miras y aprobarle los presupuestos. Ese fue su primer interés. Ahora pide Pactos de la Moncloa presentándolos como un caramelo envenenado: yo lo hago y tú aplaudes.

Poder y responsabilidad. Ya que tanto le gusta buscar referentes al presidente del gobierno cabría recordarle que la propaganda puede cubrir la realidad durante un tiempo pero no todo el tiempo; que de poco le van a valer sus recursos a los elementos ideológicos de su gusto (género, educación, memoria…). Solo dos ejemplos que, a buen seguro, los asesores del presidente deben tener sobre la mesa.

En 1921 las, en números redondos, 10.000 bajas en Annual abrieron una pendiente que no solo haría caer al gobierno sino al propio sistema. Más recientemente, y es algo que desde entonces se estudia en todas las facultades de ciencias políticas para evitarlo o diluirlo, las bolsas de  plástico, los ataúdes en los que volvían los muertos en Vietnam causaron una quiebra política y social en los EEUU (personalmente creo que Pablo Iglesias juega con esta traslación  para sus propios fines).

La diferencia es que en la guerra sanitaria contra el COVID-19, el sacrificio de la primera línea de combate (sanitarios, fuerzas del ejército y de orden público) y de la retaguardia (los españoles), los que sí saben combinar poder y responsabilidad, van a ganar la batalla. Lo que no quiere decir que el día después no se vayan a pedir responsabilidades.