Con la ejemplificación que voy a exponer, solamente quiero hacer una referencia etnográfica genérica sobre la capacidad intelectiva y nivel de competencia cognitiva de nuestros políticos, en este penoso periodo de decadencia en todos los órdenes en el que nos encontramos. Para ser representante institucional debería haber un filtro previo que permitiera acudir a las lizas electorales, donde se demuestre un mínimo de conocimiento antropológico y cultural respecto a la historia y antecedentes del país en el que viven y del lugar al que representan.

                Vitoria-Gasteiz año 2022, día 27 de Junio. Voy paseando por el paseo de Fran Francisco de Vitoria, llamado también “paseo de la Senda”, llegamos a este monumento y mi nieto de ocho años, que me acompaña, me pregunta que quién es ese señor vestido de clérigo que aparece en la estatua. Yo le respondo que es alguien muy importante. Nada menos que Francisco de Vitoria, creador del primer Derecho Internacional Público, germen de lo que hoy entendemos Derechos Humanos.  Y que, al reunirse, por orden de Carlos I de España y V de Alemania, los sabios de entonces, comandados por Francisco de Vitoria, junto con Domingo de Soto, Francisco Suárez y otros en Salamanca (Escuela de Salamanca) y recogiendo lo estipulado en el Testamento de Isabel la Católica se establecieron las pautas normativas para un trato no vejatorio a los indios de América, admitiendo su naturaleza de humanos sujetos a dignidad, siguiendo la doctrina cristiana de que todos somos hijos de Dios. Mi nieto me pregunta cuándo fue eso y le dije que hace más de quinientos años. Y me responde que eso hace mucho tiempo. Que le habían dicho en la escuela que por ese tiempo había esclavitud y la gente iba por el mundo matando a otros.  Le llevé a la trasera de ese monumento y le hice leer una placa trasera que ustedes mismos pueden leer en el cuerpo de este artículo.

                Nada menos que el presidente del Instituto de Derecho Internacional, anglosajón y protestante, reconoce que Francisco de Vitoria inauguró, en la Historia del Derecho, el primer código de Derecho Internacional, y los Derechos Humanos recogidos en la Compilación de las leyes de Indias de Solórzano, con las normas de trato digno a los aborígenes de las Indias occidentales (América, Filipinas y resto de tierras civilizadas por los españoles.

                Mi nieto me pregunta entonces, cómo es posible que esa estatua esté de forma tan deteriorada y sucia y yo le respondo que eso hay que preguntarles a los representantes de las instituciones vascas, en concreto a las alavesas y más específicamente al Alcalde y demás concejales del Ayuntamiento de Vitoria, y que lo que voy a hacer, cosa que estoy haciendo en esta escritura, es preguntarle por esta vía al señor alcalde de esta noble y digna ciudad de Vitoria en cuya plaza del Machete se exhibe un objeto que da nombre a la plaza donde el procurador de la ciudad, precedente de lo que hoy llamamos alcalde, juraba cumplir las costumbres y defender los privilegios de la ciudad, y si no lo hacía que le cortaran la cabeza con tal machete.

                 Y en tal sentido, yo me pregunto qué es lo que atrae más la atención del munícipe, ¿el euskera batúa prácticamente inexistente en nuestro pasado de los dos últimos siglos? ¿llamar a muchos más emigrantes a que acudan a nuestra ciudad para que cambien la sociología urbana tradicional? ¿obstaculizar la vida y costumbres rutinarias de los ciudadanos en un clima de aumento exponencial de la delincuencia, según los informes del ministerio del Interior? ¿eliminar de la cultura antropológica cualquier resto de nuestro pasado?.... 

 

                Tenemos a otro grande, reconocido intelectual asesinado por los compañeros de batalla de los nacionalistas, los milicianos revolucionarios soviéticos de los años treinta que asesinaron,  sin juicio, a Ramiro de Maeztu, con nocturnidad y alevosía.

                Ramiro de Maeztu, un grande al mismo nivel de Unamuno, Valle Inclán, Pérez de Ayala, Gregorio Marañón, Pío Baroja, Ortega y Gasset y otros, fue asesinado por tener el coraje de decir lo que pensaba, ser libre y amar profundamente  un hecho sin precedentes en la Historia de la Humanidad, que fue la Hispanidad. Natural de mi ciudad, Vitoria, y eterno ignorado en la misma. Solamente tiene una calle y por casualidad. No se le hacen conmemoraciones, ni recuerdos, ni jornadas de exaltación de su pensamiento ni nada  de nada. Le quitaron el nombre a un Instituto que ahora llaman Ekialde, que evoca un lugar genérico topológico. Otro olvidado y abandonado.

                Y así sucesivamente. Por ejemplo, la calle donde vivo, en la misma ciudad. Se llamaba Calle Calvo Sotelo. Hoy calle Francia. Aún no sé por qué retiraron a Calvo Sotelo de la calle, prohombre cabeza y representante de la oposición cuando se dinamitó la convivencia en la Cortes Generales en la II República y una diputada, Dolores ibárruri (La Pasionaria), amenazó  diciendo al jefe de la oposición que tenía los días contados. Y así ocurrió. Le asesinaron vilmente. Todavía hay imbéciles que asocian a Calvo Sotelo con Franco, cuando ni tan siquiera le dieron la oportunidad de comprobar el levantamiento armado contra los revolucionarios que dinamitaron la República.

                Y así suma y sigue. ¿Para qué queremos políticos si éstos se dedican en cuerpo y alma a liquidar nuestros testigos del pasado?