Ha pasado a la historia aquella elegante manera de despedirse del cargo cuando un motorista llegaba al domicilio y entregaba la carta con el cese. Te evitaba la siempre desagradable tarea de presentar tu propia dimisión y dejaba la iniciativa a quien te había favorecido con el nombramiento. Ahora, en ocasiones, el cese es un ejercicio voluntario que se airea en los medios para iniciar una especulación morbosa y que se complementa en las redes sociales (las redes sociales, democráticas, al alcance de todos, son como los mentideros de antes pero tienen la ventaja de dejar sitio al pataleo, que es la forma de soltar adrenalina y calmar un poco a la peña).

De siempre el cese ha provocado no pocas satisfacciones al personal y este no es para menos. Ha sido la noticia del verano. Ha puesto una pizca de sal en el atípico agosto de mascarilla y sin fiestas, devolviendo no poca dosis de entusiasmo y de esperanza a muchos españoles que creían ver, en el rebrote del virus, un panorama tan negro como el que vivimos en la primavera. Por cierto, me dicen que hay órdenes de arriba de no mentar la palabra virus ni en artículos, libros, documentos o videos de YouTube…

Sostengo que el cese ha sido voluntario porque, como en las zarzuelas, se ha creado un cuadro que encaja perfectamente en el perfil de los personajes. Pablo Iglesias e Irene Montero, en compañía de sus tres hijos todavía infantes (dato que no por conocido debemos obviar), decidieron disfrutar de una semana de sus vacaciones en una casa en la localidad de Felgueres (San Lorenzo de Felgueras), en el concejo de Lena, muy cerca de una de las joyas del prerrománico asturiano, Santa Cristina de Lena, del Siglo IX, que es lugar que, incluso para los no creyentes como es el caso, siempre merece una visita. Decidieron irse a una pequeña aldea, alejada del mundanal ruido de su casa de Galapagar, en plena sierra madrileña, y disfrutar de la extensa vegetación de hayas, robles o carbayos, castaños, avellanos, helechos y chanzoletas de la flora nativa del lugar… un entorno verde y de silencio donde evadirse de «una situación de mucha presión durante los últimos cuatro meses en su vivienda». No es coña, amigo lector, lo ha manifestado Enrique Santiago, comunista, secretario general del PCE (partido que todavía existe a pesar de Garzón), diputado a Cortes por IU (partido que subsiste gracias a Podemos, la verdad), y propietario de la casa de acogida. O sea, que el casoplón de Galapagar está a merced de los escraches y las fuerzas de la Guardia Civil que custodian el lugar no oponen resistencia, según se deduce.

El viernes día 14 de agosto, la familia Iglesias-Montero llegó a Felgueres. Se instalaron en la casa de Enrique Santiago y, según la crónica de El Comercio (16 de agosto de 2020), todo iba viento en popa: la curiosidad de algún vecino, por ejemplo la de Ramón Santamaría, que quiso conocer en persona a los populares ministros, y les enseño “les pites”, y algo más del pueblo. Les pites son les polles pero ya adultes, para el que no domine. Bien, algún que otro vecino, por ejemplo, también quiso conocer y saludar a la mediática pareja e, incluso, fotografiarse con ellos. En Felgueres no es costumbre que dos ministros visiten la localidad, por lo que alguna fotografía sería un testimonio de mucha enjundia.

De pronto se anuncia el cese y se monta el pollo, por utilizar una expresión popular. Aparece en las redes sociales -ya les dije que dejaban lugar al pataleo- una pintada en una carretera en la que puede leerse «Coletas rata», y el fantasma del fascismo se cuela en los hogares como se cuela el virus, perdón, y cunde el pánico. Y Pablo decide cesar sus vacaciones y poner a trabajar a sus heraldos del pablismo, o del podemismo, para contagiar a la sociedad española a través de esas redes sociales y de algún que otro periódico. Y el tema desplaza, incluso, los jóvenes y bellos amores del torero Enrique Ponce hasta en los magazines televisivos. El acoso sobre Iglesias y Montero, y sobre sus hijos, es insoportable, un ejercicio fascista que no encaja en el comportamiento cívico porque los fascistas, ya se sabe, solían comerse crudos a los infantes. A los mayores no, a los mayores los cocinaban un poco.

Salieron de Asturias escopetados -perdón de nuevo- y quejosos. Iglesias, que dice que no le va el victimismo, cosa que no hacía falta aclarar, llegó a manifestar: «Lo que hace a nuestra familia la extrema derecha es grave» (El País, 18 de agosto de 2020), y añade: «No hay derecho a que mis hijos tengan que sufrir las consecuencias del compromiso y las tareas políticas de sus padres, pero hay millones de niños en situaciones mucho más vulnerables». Sin comentarios. Porque dudo que sus hijos, con su edad, sean el centro de ninguna campaña, ni siquiera puedan leer algún lema dirigido contra su progenitor.

 

Dos días antes, el ya citado periódico de Gijón, El Comercio, subrayaba que no se había visto trastocada la vida cotidiana en el núcleo (se refiere a Felgueres), con la llegada de los dos ministros. Incluso se comentaba que alguien había visto a Pablo Iglesias dar un paseo por el pueblo (supongo yo que estaría viendo a les polles) y hubo quien aseguró haber visto a Irene haciendo la compra en Pola de Lena… pero eso ya no me lo creo yo.

 

Después de releer el tema del robo del móvil, que no fue tal, de Dina Busselham, cuya tarjeta le fue entregada a Iglesias por el jefe del Grupo Z y Pablo, meses después, la devolvió a su propietaria dicen que estropeada; después de ver cómo el propio Iglesias se consideraba víctima en ese caso hasta que  el juez Manuel García-Castellón le quitó esa condición, me da por pensar que el cese de las vacaciones de Iglesias y Montero, con sus infantes, parece más un montaje que otra cosa. Porque, de momento, no hay una sola imagen de que escuadras de fascistas procedieran a escrachear a la pareja los tres o cuatro días que disfrutaron de la tranquilidad en Felgueres y porque también se dice por ahí que la pintada «coletas rata», corresponde a una carretera que está en el puerto de La Cubilla, a 33,9 kilómetros de Felgueres. ¡vaya usted a saber!

 

Es probable que en su entorno, consideren que la coleta de Iglesias es la más inquieta y la que más preocupa, pero sólo en su entorno, luego la pintada no necesariamente se refiere a él. Si esta es la prueba del acoso fascista creo que, como en el caso de la tarjeta del teléfono de Dina, no va a prosperar aunque denuncie que la fiscalía y las fuerzas del orden no actúen contra el acoso a que dice que están sometidos. La credibilidad del líder de Podemos, así como su valoración política y la de su compañera, han caído en picado en los últimos tiempos y él es artífice en estos montajes donde el fascismo y los que lo ejercen son una amenaza permanente (y una necesidad recurrente, añado por mi cuenta), para ser protagonista de la nada y perpetuar ese miedo escénico que caracteriza a personajes como él.