Pedro Sánchez es una caricatura como hombre, una broma macabra como político y un fracaso como presidente. En estas horas de tragedia su discurso es una meada de tercera prensada, cuyo único objetivo es conseguir que lo que dice no parezca lo que realmente es: mentira. Por eso intenta dividir el horror en categorías políticas para cubrir de lógica su desastrosa gestión de la pandemia, sus patéticas decisiones siempre equivocadas , siempre catastróficas, exclusivamente animadas por su avaricia electoral, el único afán de sus desvelos, y por su congénita estupidez. A los gobernantes como él Tucídides los llamaba idiotai.

Pedro Sánchez y su chusma parlamentaria y ministerial han perdido la autoridad moral para gobernar, pero si seguimos aceptando sus patrones y sus esquemas rechazaremos nuestro derecho a condenarlos porque nos envolverán en sus sofismas entre las tumbas olvidadas de una nación arruinada, de una España convaleciente habitada de ausencias y de trabajadores forzados por sus necesidades y por sus cargas a adoptar posturas de suplicante humildad. Trabajadores a los que se les obligará a aceptar que la pauta del sacrosanto mercado sea su guía, cuando al mercado se acude en busca de verdudas, no de Justicia.

La adversidad es un duro tutor, pero un buen maestro. Si no salimos de la pandemia habiendo generado los anticuerpos que despierten nuestra conciencia colectiva y nuestro instinto individual, y que nos hagan entender de una vez por todas que la política está compuesta de elección, decisión y acción y que la relación esencial entre ellas es un vínculo que se llama España, de nada habrán servido ni el sacrificio, ni el sufrimiento ni el dolor.

Es la hora del César, del buen comandante que embrida lo ingobernable y lo imprevisible y que en la batalla dirige lo desconocido en medio de lo ininteligible ejecutando las decisiones correctas que ha tomado con la rapidez necesaria. Una vez lo tuvimos, y gracias a él los españoles que aún no habían nacido pudieron vivir con dignidad.