Salud, Macarena, mucha salud. Si, como dices en tu adiós a la política, esa es la razón que te ha llevado a desmontar y a quitarte las espuelas, que Dios te la devuelva. Y si no es así, también. En cualquier caso, que Él te de salud. Mucha y durante mucho tiempo. No sé qué ha pasado, aunque barrunto por qué ha pasado. No soy militante, ni votante, ni siquiera simpatizante de VOX, partido en el que habitan mis más íntimos y mejores enemigos sobrevenidos, que son todos aquellos con los que un día, todavía demasiado cercano, compartí el pan y el vino de la camaradería. Es una constante de la naturaleza humana; a Julio César le pasó con Tito Labieno. Yo no soy Julio César (¡qué más quisiera yo!), pero ellos sí son todos como Tito Labieno que, por no atreverse a cruzar el Rubicón, se ahogó en las aguas de la ingratitud y de la deslealtad por fidelidad a un sistema constitucional artrítico y fosilizado, corrupto e injusto.

Soy completamente ajeno a VOX pero no a ti, Macarena. No le descubro nada nuevo a nada ni a nadie si hago pública, una vez más, mi admiración por ti, con quien sólo he cruzado un par de palabras de apresurada cortesía al despedirme de ti en un programa de TV, en el que tuviste una fugaz intervención por las apreturas de tu agenda política. Nada más. Esa es toda mi relación profesional, decir personal sería absurdo, falso y presuntuoso por mi parte. Pero esa relación, más que evanescente, inexistente, no mengua en absoluto la admiración personal y política que siempre te he profesado.

Verás, Macarena, la vida y el periodismo, me han enseñado a desconfiar de todo y de todos. Sobre todo de los Comunicados Oficiales. Y el tuyo no es una excepción. Es más, por los motivos en él argüídos, rezo para que no sea, ni siquiera, la excepción que confirma la regla. Rezo para que sea la mentira piadosa y conveniente con la que los partidos políticos, todos, ocultan la verdad incoveniente, que es la que condena al ostracismo a los más valientes, a los más bravos y a los mejor preparados. A los que son como tú, Macarena. A los pocos que son como tú, que hoy, en España, se cuentan con los dedos de la mano... de un manco.

Salvando las insalvables distancias, a mí, después de tanta traición, de tanta deslealtad y de tanta vileza, vistas y padecidas, ya me sucede lo que afirmaba Chesterton: “Cuando era joven creía en Dios. Hoy, sólo creo en Dios”. Por eso no me creo tu comunicado oficial. En cualquier caso, salud, Macarena, mucha salud. Que Dios te bendiga, te ampare y te proteja.