Recientes estudios - neurológicos y teológicos, preferentemente- muestran que los animales tienen conciencia y son capaces de discernir, hasta cierto punto, el bien del mal. Si miles de millones de personas creen que tenemos alma y existe un más allá, ¿por qué razón esas mismas personas no creen que los animales posean divino hálito? Si tienen conciencia igual que nosotros, por tanto, ¿por qué no alma o espíritu también?¿Nos "reencontraremos" con ellos en el "Cielo"

Un buen olfato vale más que mil palabras

De ese crucial asunto trata un recién estreno cinematográfico en esta nueva subnormalidad, Las vidas de Marona. Al principio, la chuchales se llama Nueve, luego Ana, más tarde Sara, indeleble cánido mestizo. Hija de dogo argentino y pequinesa, también mezclada.

Anca Damian, a la sazón directora de la extraordinaria Las vidas de Marona, nos aproxima a un fascinante e hipnótico cosmos visual, henchido de una abigarrada e insólita hermosura, todo ello vertebrado por un brillante y fino guion, preñado de sutilezas, ahíto de desbordante sensibilidad. Además, inolvidables lecciones de vida. Verbigracia, tres. Cada vez que te caigas, da gracias por no haberte caído desde más alto. O, un buen olfato vale más que mil palabras. O, también, el amor y un hueso, infalibles recetas de la felicidad canina.

Marona, Hachi, Uggie

Las vidas de Marona narra la historia de una perrita que, víctima de un accidente, rememora los tres dueños que jalonaron su agradecida vida, a los que siempre quiso leal e incondicionalmente, llenando de dulzura y luz sus respectivos hogares.

Disparatados acróbatas, albañiles guaperas o caprichosillas criajas, tres buenos y nobles compañeros de viajes. Hibridando una miscelánea de estilos pictóricos, el color juega un papel decisivo en la cinta. Mixturando el dadaísmo con el cubismo, el surrealismo con el boceto al desgaire, Las vidas de Marona nos cruje el corazón. Tal como lo hicieron Hachiko o Uggie, el auténtico prota de la genial The Artist.

La vida, catorce días de felicidad

Las vidas de Marona, un canto a cuadrúpedos que marcan nuestras vidas a fuego. Una profunda diatriba en contra del maltrato y el abandono animal. Una oda de hondísima luminosidad, hiriente elegía a la vez. Brillante e inteligente guion, preciosa banda sonora, montaje perfecto. Las vidas de Marona, derroche de exquisita sensibilidad, recordándonos, sobre todo, que la felicidad es un instante entre piélagos de dolor.

Y ellos, que nos ofrecieron todo el amor del mundo, siempre se encuentran entre nuestros escasos momentos de felicidad, extrañas criaturas los humanos. Lo mismo que Abderraman III, con sus catorce días de pura y auténtica felicidad. El resto, en tiempos de paranoicos delirios pandémicos, mejor al tacho de la basura.