Mal vamos, cuando en una Democracia se cuestiona si esa Democracia es o no plena. Y no digamos cuando el debate lo provoca el mismismo vicepresidente del Gobierno, que precisamente, por carambolas de pactos electorales, ha llegado donde está para cargarse esa democracia e instaurar otra de modelo y corte totalitario comunista. Mal, pero que muy mal vamos, cuando se plantean ese tipo de interrogantes y se nos quita la venda de los ojos, bueno se les quita a muchos, porque otros ya la teníamos desde hace tiempo quitada, y se expone a un pueblo que vive con un bozal en la boca y una venda en los ojos, poco menos que un burka, a abrir un poco su cerebro, también secuestrado y amordazado. Y es en ese momento, cuando algunos se dan cuenta que nos encontramos expuestos al borde del abismo, y que en realidad el peligro no es si vivimos en un posible Estado Democrático de Derecho fallido, sino realmente si hemos traspasado el umbral de vivir ya en una Dictadura plena pero disfrazada de una Democracia meliflua y descafeinada.

Por consiguiente, y por una vez, se le ha de dar la razón a este nefasto personaje, que, por infortunio del destino, ha venido a coincidir con otro, de marcado narcisismo ególatra y al que, como Fausto, le daría igual vender su alma al diablo, con tal de ver colmadas sus ansias de poder. Porque lo cierto es que vivimos en una situación de anormalidad democrática, especialmente desde enero de 2020, cuando asistimos al abrazo y el acuerdo entre ambos personajes, y a cuyos fines, especialmente a los objetivos del comunista al que le gusta vivir como los ricos a los que critica (sobre todo, a diferencia de él, a aquellos que han alcanzado sus fortunas por sacrificio, mérito y capacidad), está sirviendo una pandemia, mal gestionada y en la que el arma del miedo, es su mejor baza para imponer una agenda que nos llevaría a una nueva normalidad, a un nuevo orden. El suyo.

Por consiguiente, claro que es cierto que vivimos en una anormalidad democrática, pero no la que expone el sr. vicepresidente, porque lo paradójico es que alerta de la situación de la que él y su partido, junto a otras formaciones que participan de la misma intención de destruir España, son los máximos responsables.  Porque emulando la rima de Gustavo A. Bécquer, y ante su afirmación, habría que decirle: ¿Qué es anormalidad democrática? Dices, mientras clavas en mi pupila, tu pupila azul (esto es mera licencia en favor de la rima y del copyright del poeta) ¡qué es anormalidad democrática! ¿y tú me lo preguntas? Anormalidad democrática… eres tú.

Porque, debido a la complicidad del actual presidente y de su partido (dentro del cual, también, hay quienes se rasgan las vestiduras con tanta infamia), estamos llegando a una situación intolerable e insostenible de desorden y descomposición de este País, España, que heredamos de nuestros padres y ancestros, que tanto lucharon porque fuera una nación orgullosa en el contexto europeo y mundial, y que tenemos la obligación moral de legársela a nuestros hijos, sin que se la encuentren hecha jirones, empezando por una Democracia, que, con sus aciertos y desaciertos, es la que permitió una pacífica transición democrática e hizo posible la convivencia pacífica, salvo el cáncer del terrorismo de ETA.  

Vivimos una anormalidad democrática, porque ahora con el pretexto de la libertad de expresión, se quiere legitimar incluso el enaltecimiento de esos terroristas que asesinaron a tantos inocentes, y pasa desapercibida la muerte de unos de los principales responsables de acabar con esa organización criminal, el General D. Enrique Rodríguez Galindo (¿se acuerdan del juez que inició e instruyó la investigación que le llevó a prisión? ¿lo sospechan? ¿sí? pues ese); a los condenados por intentar dar un golpe de Estado en Cataluña se les llama presos políticos y se insta, más bien se exige, su inmediata rehabilitación e indulto. Cuántos padres de familia se podrían considerar detenidos y presos políticos por la rigurosa y literal aplicación de una normativa inspirada en las políticas de género. Y ojo, que ahora no se puede hablar de ideología de género, al igual que no se puede hablar de avances sociales propiciados en una determinada etapa histórica sobre la que se ha declarado la damnatio memoriae; ahora, según la ONU, hay que hablar de enfoque de género, y ya se preparan listas negras para los opositores, por lo que, quizás, ya están preparando Gulags para reeducar a los críticos contra esa anormalidad democrática, que, ahora se ha consagrado como única normalidad irrefutable.

Vivimos una anormalidad democrática cuando se potencia una inmigración ilegal y se favorece a los que llegan de forma absolutamente irregular a nuestro territorio, en clara discriminación de los que sí entran con los requisitos exigidos por la Ley de Extranjería (que sigue en vigor) y de muchas personas, muchos españoles, que viven en situación de vulnerabilidad y que no reciben las ayudas prestaciones de las que aquellos son merecedores prioritariamente.

 Vivimos una anormalidad democrática, cuando, ahora, con el pretexto de la libertad de expresión, se pretende el control absoluto de unos medios de comunicación, que ya se controlan, pero, por lo visto, no lo suficiente. Con el pretexto de una libertad de expresión, que, eso sí, resulta monopolio de la izquierda, en aplicación de otra ley universal que se saben al dedillo: la ley del embudo.

Vivimos una anormalidad democrática, cuando se permite la amenaza, el insulto y descalificación a las instituciones que se detestan (la Iglesia, La Monarquía…) y a quienes no piensan como ellos, y tachando a estos otros como fascistas. Cuando se prohíben manifestaciones pacíficas para protestar contra el Gobierno, justificándolo en razones de salud pública, y además asegurándose de notificar la prohibición para que no dé tiempo de acudir a los Tribunales de Justicia, y, cuando, en cambio, al mismo tiempo se toleran otras reuniones, manifestaciones y mítines políticos.

  Vivimos una anormalidad democrática, cuando con el pretexto de ese derecho apropiado de libertad de expresión, o con cualquier otro pretexto, los nuevos fascistas, radicales y totalitarios de izquierda, que ahora se autodenominan antifascistas (una perversión del lenguaje, que es otra consecuencia más de la anormalidad democrática) organizan actos de terrorismo callejero. Asistimos con asombro e indignación, pero con mansedumbre, cómo se orquestan esas algaradas extremadamente violentas y cargadas de odio (detrás de los que hay muchos niñatos adoctrinados y/o adictos a los videojuegos violentos y que ya se aburren ante su consola y quieren más adrenalina en directo), en los que precisamente tampoco se respetan las medidas de seguridad y distanciamiento social. Luego si crece de nuevo la ola de la pandemia será por culpa del desgraciado al que le han destrozado el escaparate y el mobiliario de su bar, y al que se le permite abrir sólo unas pocas horas al día, durante las cuales, los supuestos expertos han concluido que es cuando el virus resulta más contagioso.

En definitiva, vivimos una anormalidad democrática cuando otros impresentables con cargos de responsabilidad institucional ( y observen que en este artículo no menciono  más nombres que el de un Poeta y el de un hombre de honor, pues del resto, mejor ni nombrarles como al malo malísimo en las novelas de Harry Potter), justifican y apoyan esa violencia, arremetiendo, lo que es el colmo, contra las fuerzas de seguridad del Estado, que sólo se limitan a hacer su trabajo, que es intentar mantener el orden público. Una Policía, que, por lo visto, lo que debería hacer es dejar que quemen las calles, comercios, mobiliario urbano, domicilios, poniendo incluso en peligro la vida e integridad de los ciudadanos. Lo que debería hacer esa Policía es dejarse agredir e incluso dejarse matar. Porque eso sería lo normal y lo anormal que se cumpla la Ley, acordando el ingreso de un delincuente, que el propio vicepresidente reconocía que está no para ir a la cárcel, sino para ingresar en un psiquiátrico.