Me llega un testimonio de un lindante futuro, valga la paradoja temporal. Un padre viudo responde indignadísimo a su vástago ante la agobiante sugerencia del churumbel para que se encierre en casa. Las autoridades han vuelto a decretar otro estado de alarma y el padre, muy cabreado, responde de la siguiente manera.

El miedo, el verdadero virus

Coño, déjame tranquilo, joder. Eras todavía un renacuajo y cabías en la palma de mi mano cuando ya pasé antes por esta situación. En quince días podrás salir, te decían. Meses y meses, años y años diciendo quince días. Meses y años donde la gente murió más de miedo y hambre que del puto virus fantasma. Mucha gente esperando alguna ayuda de quien lo estaba matando. El miedo era el verdadero virus, efecto nocibo, joder. Con el miedo, nuestros cuerpos enfermaron, se volvieron mucho más frágiles, se destrozaron, sus defensas se echaron a perder. Y con eso jugaron, cariño.

Había mil maneras de morir antes que por el puto virus espectral. Morirte de asco mientras esperabas alguna ayuda para poder comer. Ahorcarte, tirarte desde un décimo piso. Cortarte las arterias. O morirte de hambre. O podías, con suerte, sobrevivir. Eso sí, con un deterioro mental de mil pares de pelotas. Morir, también, mientras esperabas que cualquier hijo de puta te diese permiso para salir. Eso sí, a las ocho de la tarde, todos a los balcones a aplaudir. ¡Aplaude, soplapollas! Eran tiempos absurdos y surrealistas. Si había un atentado, poníamos velitas y ofrecíamos las nucas. Si nos encerraban, aplaudíamos desde nuestras ventanas.

Apretándonos los cojones

Todo era una trola inmensa. Virus falsos, tests falsos, número de muertos falsos. Vivíamos un secuestro domiciliario al que llamaron confinamiento. Nos apretaban los cojones y luego soltaban. Apretar, soltar, apretar, soltar, hasta el infinito y más allá. Nos humillaron obligándonos a colocarnos unos asquerosos bozales como si fuéramos putos chuchos. Otra vez el eufemismo de los huevos, mascarillas lo llamaron en esta ocasión. Guantes, plásticos en la cara, escafandras grotescas. Y luego nos decían que los plásticos eran malos, con su bisfenoles y ftalatos. Y claro que lo son, hasta que les convino lo contrario. Incluso nos querían obligar a lavarnos las manos a todas horas. Gentuza.

Nos alejaron a unos de otros, nos quisieron hacer ver en nuestro vecino un potencial peligro y enemigo. Nos metieron toda la mierda de las vacunas y de los chips hasta en el culo. Nos vigilaron, controlaron y reprimieron aún más y mucho mejor. Militares y policías todo el día en la puta calle. Todo un asco, hijo. Todo parecía el paisaje de un apocalipsis zombi.

No era una alarma, era un puto estado de sitio

No era una alarma, era un puto de estado sitio. Pero, eso sí, decidí no dejarme morir del todo, por eso llegaste tú, a la vez que perdí a tu madre en el parto. Cielo, juegan con tu miedo y con tu vida, con tu libertad. Juegan con nuestros miedos más profundos. Nos conocen mejor que nosotros mismos, nos han estudiado a la perfección como repugnantes ratitas de laboratorio.

Se sacaron de la manga, cuando les salía del pijo, cualquier paranoia embustera. La hostia de género, los terroristas creados por ellos, la mierda climática, el puto virus, una invasión extraterrestre. Ellos son los únicos y verdaderos conspiradores y paranoicos. Crearon falsas y espectaculares amenazas para tenernos acojonados sin parar. No había forma de parar su bola de nieve. Crearon pánico e histeria social. Y con el miedo, hijo mío, uno acaba siendo un puto esclavo.

Muy mala gente

Son brujos negros, son unos cabrones con pintas, son hijos y adoradores del demonio. Son muy mala gente, joder. Cariño, no te creas nada de lo que te cuenten. Nunca, jamás, bajo ningún concepto. Vaya Matrix que se han montado, la rehostia. Además en España, en el gobierno, los dos más sádicos de la barraca.

Te dejo, corazón, me voy a fumar un piti, jarrearme un whiskazo y pelarme la banana. Al menos que no me digan cómo vivir y, mucho menos, morir.

En fin.