Considero que fue un acto infame el acuerdo de los ediles del ayuntamiento de Aguilar de la Frontera (Córdoba) de derribar una simple cruz que se erigía a las puertas de un templo católico. Inicialmente, pretendían hacerlo amparándose en la mal llamada “Ley de Memoria Histórica” pero, supongo que para su disgusto, no contaron con el visto bueno de la Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía que concluyó no aplicable los postulados de esa norma a la Cruz del Llanito de las Descalzas.

 

¿Creen que eso los detuvo? Al contrario. Dice el refrán que cuando un tonto coge un camino, el camino acaba, pero el tonto sigue. Y en este caso ha demostrado tener razón porque en un acto execrable de odio y cinismo, ejecutaron el acuerdo justificándolo con la ocurrencia de que la cruz entorpecía la visibilidad de un monumento histórico catalogado como “Bien de Interés Cultural”. Hay que tener la cara de cemento armado para decir que la cruz no deja ver la iglesia.

 

Todos sabemos que la Ley de Memoria Histórica, como la “Damnatio Memoriae” de los romanos, pretende borrar por completo de los espacios públicos cualquier forma de recuerdo, ya sea en textos, grabados, murales, estatuas e incluso música popular, de una parte de nuestra historia. Como los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla, hay quien considera que precisamente por eso la están promoviendo maquiavélicamente los herederos políticos de quienes intentaron imponer en España durante la segunda república la dictadura del proletariado, porque no parece muy descabellado ese punto de vista toda vez que socialistas, comunistas e independentistas parecen ser los más interesados en que no se recuerden las atrocidades, injusticias, latrocinios y asesinatos que cometieron durante ese período sus predecesores políticos.

 

Es posible que los comunistas de Aguilar de la Frontera se las prometieran muy felices al derribar la cruz pensando que mataban dos pájaros de un tiro porque, no descubro nada nuevo, los comunistas siempre han tenido por enemigo de su modelo social a la Iglesia católica. No tienen ni idea de que han demostrado, junto con su maldad rencorosa, una ignorancia supina. Aunque no lo sepan, esto ya ha pasado antes.  

 

Por ejemplo, en 1949, cuando otros comunistas, los que formaban el Partido Obrero Unificado Polaco, decidieron fundar en Cracovia (Polonia), una nueva ciudad que llamaron Nowa Huta (Nueva Acería). Pretendían que fuera la ciudad en la que el nuevo hombre socialista, sin familia ni Dios, trabajaría siete días a la semana. De hecho, como segundo nombre, la bautizaron (es un decir) “La ciudad sin Dios”, porque en su diseño inicial no había ningún templo católico. Las obras comenzaron en 1951 y, en octubre de 1956, muy a su pesar, las autoridades cedieron a la presión popular y consintieron en que se construyera una iglesia. Dos años después, arrepentidos, reconsideraron la cuestión y anularon los permisos cuando las obras ya estaban en marcha, empleando también un argumento cínico: como alternativa, habían pensado que era mejor construir una escuela. También acordaron echar abajo la cruz que se había levantado y, temiendo la respuesta popular, trajeron unidades especiales y vehículos blindados de toda Polonia del sur. Como no podía ser de otra forma, consiguieron derribarla y, supongo que al igual que los comunistas de Aguilar de la Frontera, los comunistas polacos pensaron que la cosa acabaría ahí.

 

En 1963, un año después de que Karol Wojtyla fuera nombrado arzobispo de Cracovia, los obreros de Nowa Huta plantaron de nuevo una cruz, esta vez en un descampado, para celebrar la Misa de Gallo. Ante el nuevo intento de echarla abajo, más de 4.000 personas se reunieron a su alrededor para protegerla, aunque finalmente cedieron para evitar que tuviera lugar una masacre. Los obreros se volvieron a su arzobispo:

  • ¿Qué haremos ahora? – preguntaron desanimados.
  • Levantar otra – les respondió.
  • ¿Y si la vuelven a tirar? – preguntó uno.
  • Levantar otra – repitió-. Y luego otra más. Y otra.

 

Finalmente, en 1967, consiguieron el permiso necesario para levantar el templo. Cuando fue nombrado Papa y volvió a Polonia con Santo Pontífice, les dijo:

  • Al mirar vuestra historia reciente, doy gracias a Dios porque habéis sabido hacer prevalecer la memoria buena.

Hoy deberían cobrar vigencia las palabras con las que San Juan Pablo II comenzó su ministerio de Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal: ¡NO TENGAIS MIEDO!