Para que vean los descreídos y ateos (tanto marxistas como liberalotes) cómo no hay mal que cien años dure, y cómo el Señor, en su infinita bondad, ha escuchado las súplicas de su pueblo, y ha quitado del Consejo de Ministros a este señor de los moños y las coletas. Y cómo no ha tenido que llegar otra guerra civil (¡exagerados, catastrofistas!), ni ninguna plaga bíblica, ni nada. Solamente se han convocado unas elecciones que va a ganar la derecha. Eso ha sido suficiente para que el Marqués de Villameona II abandone el cálido nido (me refiero al de la Moncloa, no al familiar) e intente un nuevo "No pasarán"; si bien es muy posible que tenga tanto éxito como el primero.
 
Pablo Iglesias es el perfecto resumen del político español de nuestro tiempo. Un tipo que en la cuarta década de su existencia, no ha trabajado en nada (dio algunas clases en la universidad, si a la propaganda estalinista se le puede llamar "dar clase") y llegó a la política aupado por un pico de oro y un argumentario izquierdista con perogrulladas de todo a cien y dos millones de mentiras de consenso. Un tertuliano con una verborrea inagotable, capaz de seducir a los amantes de las trolas y de aburrir a las ovejas del Santo Job. Un señor preparado siempre para la revolución de boquilla, que son las revoluciones que más gustan a los vagos de siete suelas.
 
Porque veamos: el fin último de la política es el poder. Y Pablo Iglesias ha logrado ser vicepresidente del Gobierno, algo que ni en sus mejores sueños vallecanos pudo imaginar. Si de verdad hubiese querido, como pregonaba, sacar de la pobreza a las menesterosas clases trabajadoras, ayudar a las familias (aunque fuese a las "no familias" de diseño LGTBI) y adecentar las menguadas pensiones de nuestros mayores, qué mejor oportunidad de poderlo hacer que desde el privilegiado puesto de la vicepresidencia del Gobierno, con un "Narciso ante el espejo" como jefe directo. Pero no. Le ha faltado tiempo para salir corriendo, dejándose en el despacho hasta las horquillas del moño, en su afán desesperado por evitar la victoria de Díaz Ayuso.
 
Esto es lo que tiene la izquierda y así son la mayoría de los políticos de hoy: actores de medio pelo, gobernantes de boquilla. Gente que se pasa la vida prometiendo y azuzando a las masas para que salgan a la calle y conquisten sus derechos, mientras ellos se pegan la gran vida. Y cuando están en un puesto en el que realmente podrían hacer realidad todo aquello que han estado años prometiendo, de repente toman las de Villadiego para poder tener de nuevo el foco mediático encima de ellos. Como verdaderos mendigos de la popularidad, que es lo que realmente son. Gente que se mueve en la gracieta y en el eslogan, pero que es incapaz de dar un palo al agua por su pueblo.
 
Iglesias va a conseguir movilizar a la izquierda, eso parece evidente. Ni el muermo de Gabilondo El Bueno, ni el niño Errejón iban a conseguir otra cosa que alargar el estado comatoso en que se encuentra la izquierda madrileña desde hace décadas. El Marqués del Moñicle puede ser el pegamento de toda ese magma social al que le sale sarpullidos con la palabra libertad, y que sólo aspira a vivir toda su vida de la subvención pública o del subsidio de desempleo. Lo que no va a poder evitar Iglesias es que toda la gente de derechas (o de centro derecha) vote a Díaz Ayuso y a Rocío Monasterio. Incluidos los cientos de miles de autónomos que han podido trabajar un poco gracias a las medidas de puro sentido común que ha adoptado el gobierno madrileño.
 
Iglesias se juega en las autonómicas del 4 de mayo el "todo por el todo". Es su particular paso del Rubicón. Si le sale bien y gana (los milagros a veces ocurren), es evidente que tendrá una nueva vida política, haciendo de Madrid la Caracas de Europa y obligando a cientos de miles de familias a pensar en otro lugar mejor para vivir. Pero si pierde..., ay Pablo, si pierdes...Tu futuro serán los geranios del jardín y los setos que rodean la piscina. Tendrás la vida de pequeño burgués que en el fondo siempre quisiste tener. Porque lo tuyo, Pablo, siempre fue el amagar y no dar. El mucho hablar y poco trabajar.