Las evidencias de que estamos en una situación de anomia constitucional son diversas e irrebatibles por estar a la vista para el que no esté ciego desde el plano cognitivo.

En lo que fueron provincias vascongadas (antes de que el nacionalismo, con la ayuda inequívoca de los traidores a España, impusieran la denominación inventada por Sabino Arana), está en curso un proyecto legislativo que articula unas medidas excepcionales que privan a los ciudadanos de sus derechos y libertades sin respaldo jurídico-constitucional. La excusa es abordar situaciones como las que ahora evita afrontar el Gobierno de España tras un Estado de Alarma que no da cobertura constitucional a la privación de los derechos fundamentales de los ciudadanos. Esas prerrogativas que suplantan al Estado como único sujeto de Derecho para privar a los ciudadanos de sus libertades y derechos constitucionales bajo “excepción” o “sitio”, solamente pueden ponerse en acción bajo las figuras de Estado de Excepción y de Sitio, que de ninguna manera pueden ser atribuidas al régimen autonómico puesto que las Comunidades son fragmentos de Estado y no Estado en sí mismas. Y los órganos de gobierno de las Comunidades autónomas ejercen su función como representantes ordinarios del Estado y forman parte de él.

                Santiago Trancón, en su excelente libro “La España sentenciada, pero no vencida” cita las palabras de Tarradellas, dirigida al director del periódico “La Vanguardia” en 1981. (He de recordar que Josep Tarradellas fue presidente de la Generalitat en el exilio desde 1955 hasta 1977). Entre otras razones, alarmado por la deriva de Cataluña y País Vasco hacia la desvertebración, y sintiendo un profundo desprecio hacia el corrupto Pujol, dijo:

                “Todo me produce tristeza y una honda inquietud de cara al futuro. Aunque no me extraña demasiado lo que ahora está ocurriendo, era previsible porque durante estos últimos diez meses todo ha sido bien orquestado para llegar a la ruptura de la política de unidad, de paz y de hermandad aceptada por todos los ciudadanos de Cataluña. El resultado es que, desgraciadamente, hoy podemos afirmar que debido a determinadas propagandas tendenciosas y al espíritu engañador que también late en ellas, volvemos a encontrarnos en una situación que me hace recordar otras actitudes deplorables del pasado.” Y continuaba alarmado por lo que con su aguda perspicacia aventuraba para el futuro constitucional de España: “España, unos dicen que bosteza y otros que está dormida. Todo es posible, pero me parece que en el país existe todavía suficiente savia nueva para despertarla, sacudirla y darle nobles ambiciones. Se trata simplemente de no pensar en todo cuanto enturbia nuestra voluntad de cara a un destino mejor, y llevar a cabo una amplia y generosa unidad realizada sin rencores y demagogias, tocando de píes En el suelo para poder ir hacia adelante sin vacilaciones. Entonces sí que obtendremos la victoria que nos permitirá vivir con bienestar y libertad” […] “En cuanto a Cataluña, creo que es urgente que se recupere la unidad [de España] y que se olvide todo lo que ahora nos separa, porque nuestro país [España] es demasiado pequeño para que desprecie a ninguno de sus hijos y lo bastante grande para que quepamos todos.”

 

                Y otro gigante del conocimiento de la médula de nuestra Nación, Claudio Sánchez Albornoz, en su libro “Anecdotario político” a modo de imagen de lo que pudiera considerarse un testamento político, también aleccionaba a los españoles por la deriva que vislumbraba que se iba a cernir sobre el Estado Constitucional, aventurando que no seríamos capaces de impedir la repetición de nuestro pasado nefasto. (También recuerdo que Sánchez Albornoz fue el presidente del Gobierno de la II República en el exilio durante el régimen de Franco).

                Decía:

 “Ha llegado el mañana a que aludía al poner fin a mis páginas de antaño. Franco ha muerto. No quiero juzgarle. Mi juicio no podría ser desapasionado. Le juzgarán la Historia y Dios. Se ha abierto una nueva página de la historia española. España debe enfrentar el futuro que yo entreveía hace años en el perfil del horizonte. Se inician sin duda horas difíciles pero preñadas de esperanza. Es ingrato a quienes han usufrutuado el poder durante cuatro décadas acostumbrarse a la idea de que ha pasado su hora. Y, sin embargo, inteligentemente nada mejor podrían hacer que dar paso al mañana pacíficamente, colaborando más que resignada placentera e inteligentemente a forjar el porvenir.”

 Y así se hizo, con gran generosidad. Nada parecido a lo que estamos viviendo en este dramático periplo hacia la nada de la mano de un tropel de desalmados irresponsables ansiosos de malversar el erario público.  Y añadía…

”Ha llegado la hora de la reconciliación de los españoles. De su auténtica reconciliación, quiero subrayarlo. Se ha hablado de que han sido integrados en la vida nacional cuantos enemigos del franquismo han vuelto a España. Pero ese reintegro no puede calificarse de reconciliación, sino de perdón y olvido, Solo pueden reconciliarse dos enemigos abrazándose en pie de igualdad. Y esa igualdad solo puede lograrse tras la libre integración del pueblo español en una pluralista vida política” […] “Han caducado a la par el franquismo y el antifranquismo, repito y repetiré sin cansancio para mover a los españoles a la paz. Comprendo bien que quienes han vivido cuarenta años bajo el látigo de la dictadura sientan bullir en sus entrañas la rabia esperanzadora de la venganza. Pero no deben olvidar la fuerza que aún conserva el enemigo y que al cabo no están solos en España. Las impaciencias revolucionarias de un pobre hombre, del pobre hombre que era Largo Caballero —sus impaciencias revolucionarias del año 1934 y del 1936— nos han costado cuarenta años de franquismo y quiero escribir esta palabra inocua y evitar el dramatismo de los grandes calificativos […]”  “Los españoles tenemos un talante apasionado y violento, heredado del curso proceloso de nuestra dura y agria historia. He dicho muchas veces que Roma conquistó las Galias en doce años y tardó doscientos en conquistar Hispania.  Después la Reconquista duró ocho siglos. Y dos nuestra lucha por la unidad católica de Europa. Pero no quiero detenerme en el exponer de nuestro áspero y cruel pasado. Lo he registrado muchas veces. Somos más proclives a la batalla y al exterminio del adversario que a su comprensión. Hoy gritan algunos: la guerra civil no ha terminado. A juzgar por los sordos enfrentamientos de vencedores y vencidos, unos obstinados en mantener el ayer y otros por vengarse de cuatro décadas crueles, podríamos pensar que, al menos, la guerra civil no está olvidada todavía. […] Razonemos y estemos prontos a transigir, a buscar fórmulas de concordia en libertad.”

 

                Lamentablemente tengo que ratificarme en el perverso bucle que de forma cíclica nos condena a repetir el pasado por no conocer la historia o por tergiversarla de forma pertinaz y reiterativa; sin seguir los pasos recomendados por sabios que forjaron un espíritu basado en el análisis cristalizado desde el sufrimiento de las experiencias que entretejen la reflexión constructiva y el aprendizaje. Hoy, creo que no hemos aprendido nada. Y, por ello, hay quien prefiere un poder efímero adaptando las leyes y el marco constitucional a sus intereses mezquinos, a preservar el pacto que supuso la Constitución y su letra y sentido original, pervirtiéndola y modificándola sobre la marcha sin cambiar su literatura, ya inane.

 

                En este artículo he preferido hacer una reflexión sobre las entretelas de lo que fue el pacto constitucional como gesto de perdón, como decía el maestro Sánchez Albornoz, en lugar de seguir con el análisis del articulado.

                El próximo artículo lo dedicaré a los elementos más significativos de lo que falta en el desbroce del articulado constitucional para culminar la demostración de que la Constitución ha dejado de existir en la práctica. Ni quien debe velar por su cumplimiento ha cumplido su papel ni quienes han de hacer prevalecer el interés general sobre estrategias oscuras han tenido la altura de miras y la generosidad de servir a la Nación.