Que el actual vicepresidente del Gobierno de España es una persona con pocos escrúpulos lo sabíamos hace ya mucho tiempo. Lo que ignorábamos es hasta dónde era capaz de llegar y quiénes estaban dispuestos a seguirle.

Las revelaciones que los medios de comunicación han publicado esta semana sobre el “Caso Dina” muestran con claridad meridiana el jaez del sujeto, en lo personal y en lo profesional.

La tragicomedia montada por la “rasta podemita” en torno a este asunto es digna de ser tenida en cuenta para que Francis Ford Coppola pudiera ampliar la saga de El Padrino. No falta de nada. A la trama de sexo, mentiras y cintas de vídeo, de la película norteamericana de 1989, se pueden añadir aquí la traición y el tráfico de influencias.

La buena noticia es que la mala interpretación que del personaje de Vito Corleone ha llevado a cabo el actual vicepresidente ha hecho saltar por los aires el proceso y disparar todas las alarmas. El férreo control que sobre la famiglia ejerce Pablito no le ha bastado para que tanto la fiscalía como el juez sospechen que el personaje principal de este vodevil ha montado un proceso falso en el que se hace pasar por perjudicado cuando todo apunta a que es más bien el verdugo. El Auto de 25 de mayo de 2020 del juez de la Audiencia Nacional García Castellón así lo deja entrever. Estos hechos podrían ser constitutivos de varios delitos (denuncia falsa y falso testimonio, por lo que al montaje del proceso judicial hace referencia, o revelación de secretos, por lo que afecta al manejo de la tarjeta de Dina Bousselham).

Pero no queda ahí la cosa. No podía faltar en la trama un funcionario público que, presuntamente, coadyuvase en las oscuras intenciones de El Padrino, mezclando su actividad profesional con la relación personal que, al parecer, mantenía con una de las abogadas del partido que vino a regenerar nuestra democracia. La actuación de dos de los fiscales anticorrupción en este asunto constituye un escándalo de dimensiones desconocidas hoy (nos iremos enterando por la prensa hasta dónde llega la connivencia de estos fiscales con el partido que lidera el supuesto perjudicado).

La mala noticia es que Pablito, a diferencia de Vitto, no es un personaje de ficción. Es real. De carne y hueso y, aunque cueste creerlo, ha llegado, nada más y nada menos, a ostentar la vicepresidencia del Gobierno de España gracias a la “habilidad” política de otro personaje que podría perfectamente protagonizar cualquier película de terror.

El “Caso Dina” confirma, una vez más, que España está muy enfermita. En algunas partes del territorio nacional está en estado comatoso.

En él se manifiestan con toda crudeza, a nivel institucional, las cuatro señas de identidad del Gobierno actual: un temerario desprecio de la verdad, una despreocupación absoluta por el cumplimiento del principio de legalidad, un ataque continuado al principio de división de poderes y un intento de control férreo de los medios de comunicación, a través del amancebamiento de los afines y de siniestros montajes en contra de los no afines.

En él se advierte con toda claridad, a nivel personal, la mezquindad de un sujeto que está aprovechando su paso por la política para cambiar de estilo de vida rápidamente y de pareja constantemente. Esas son las únicas regeneraciones que se le conocen. Servirse y no servir es su lema. Todo ello lo ha podido hacer a costa de los españoles, que le pagan pingues sueldos públicos, a él y a sus sucesivas parejas. En unos casos la buena voluntad y en otros la ignorancia ha hecho que muchas personas confiasen en alguien que es letal para la convivencia pacífica. La situación política y jurídica de una persona que ha estado jugando con fuego a lo largo de estos años es muy delicada en el momento actual, con un juez que prepara el camino para elevar al Tribunal Supremo el “Caso Dina” para que sea investigado el vicepresidente del Gobierno. Además, tiene otros frentes abiertos (financiación ilegal del partido y conexiones con regímenes dictatoriales extranjeros) o por abrirse pronto (gestión de las residencias de ancianos, que eran competencia suya durante la declaración del Estado de Alarma por delegación del mando único sanitario). No está en el ADN de este sujeto la asunción de responsabilidades motu proprio y, por consiguiente, está totalmente descartado que vaya a dimitir. Él, que tira de gatillo fácilmente para exigir responsabilidades y dimisiones ajenas, no asume ninguna responsabilidad personal ni de aquellos que son de su cuerda (todavía sigue siendo diputada en la Asamblea de Madrid y portavoz de su partido en dicha institución una condenada por Sentencia de 22 de abril de 2020 por delitos de atentado, lesiones y daños).

Sí está en el ADN de una democracia consolidada defenderse de este tipo de personajes con todas las herramientas con que cuenta el Estado de Derecho y desterrarles de la vida pública cuando traspasan los límites de la legalidad. Todo apunta a que el actual vicepresidente ha traspasado más de una vez esos límites. Esperemos que nuestra democracia sepa dar una pronta y proporcionada respuesta a tanta desproporción.