Llamó a todos los españoles. A todos, sin distinción de clase social, de casta y de cuna, de gremio y de oficio. Los llamó a todos, pero, fundamentalmente, a los que por carecer de Pan y de Justicia no podían reconciliarse con la Patria. A ésos, los primeros. Y en verdad fueron ellos los primeros, los campesinos, los hombres de los olivos y las encinas, con las manos como sarmientos, que sudaban su pan duro, amargo y canijo sobre los surcos de Castilla los primeros que, con su vieja sabiduría sin latines, avizoraron la fecunda cosecha de sus palabras como sólo ellos saben olfatear el agua en un horizonte sin esperanza de lluvia. Les siguieron los estudiantes colmados de abstracciones filosóficas y de metafísica revolucionaria, que huían de una derecha artrítica y patriotera y buscaban el pálpito de lo que no encontraban en una izquierda que maldecía a España para construir el paraíso proletario.

Los campesinos y los estudiantes fueron los primeros, después llegaron los obreros urbanos, los trabajadores fabriles, los profesionales de todas las disciplinas, los profesores de todas las asignaturas y los soldados de todas las armas. No se conocían pero sí se identificaban en esa idea que vagaba en sus almas sin poder aferrarse a una sinapsis que iluminara su sentido y le diese un propósito... hasta que oyeron su voz.

Aquella voz que le dio fuerza de ley telúrica, sin más código que la genética de nuestra Historia, a los españoles que se ovillaban en el pesimismo, y que languidecían sin misión en los muros de la patria de Quevedo, desvencijados, sin almenas y sin centinelas. Su voz fue la corneta de la epifanía de la trinidad negada y perseguida por la izquierda y por la derecha: la Patria, la Justicia y el Pan. Se llamaba José Antonio. Se llama José Antonio. ¡Arriba España!