Soy católico. Practicante. No soy un santo ni pretendo ser un mártir. Mi Fe está más cerca de las espadas templarias y de las bayonetas de los Tercios de Requetés que de la mansedumbre del cordero conducido al matadero. El Alfa y Omega de mis latines teológicos son las oraciones con las que mi madre acunó mi infancia y el fuego del combate por Dios y por España con el que mi padre bautizó mi alma desde la gloria de sus cicatrices, el Parnaso de su prosa y las banderas de su ejemplo.

Esos son mis latines teológicos. Simples. Tan simples como los pescadores elegidos por Él y tan sólidos como un requeté recién comulgado. Por eso, cuando la Fumata Bianca sentó a Bergoglio en la Cátedra de Pedro, mi Fe de carbonero, mi catecismo de a Dios rogando y con el mazo dando y la diana floreada con la que siempre acabo las oraciones de mis días: “Viva Cristo Rey y Arriba España”, me susurraron, como solo lo hacen los pálpitos y las premoniciones súbitas, “Le acaban de calzar las Sandalias del Pescador a Caifás”.

No marré el diagnóstico ni equivoqué el pronóstico. El Papa Caifás, cuyo evangelio es la Leyenda Negra y su catecismo la Teología de la Liberación (consejas pseudorreligiosas dictadas por los comunistas) le dio su nihil obstat a la profanación de la tumba del hombre que salvó a la Iglesia Católica española del exterminio. Un año después de aquella puñalada de fariseo, el Papa Caifás acoge en su Sanedrín vaticano al canalla que ha convertido la mentira en ley y el odio en norma de obligado cumplimiento democrático, para que bendiga la demolición de esa oración en piedra, de esa monumental plegaria al perdón, a la misericordia y la reconciliación que es el Valle de los Caídos. Ya no necesitan fusilar a Cristo en el Cerro de los Ángeles, el Papa Caifás les da permiso para derribar su Cruz en el Valle de los Caídos ¡Católicos españoles, a las catacumbas!