Quítate que me tiznas, dijo la sartén al cazo. Sirva el sabio refranero para describir una situación irónica a la vez que esperpéntica. La izquierda, la izquierda pura y dura (más dura por su pureza, evidentemente), ha movilizado a la Guardia Civil, que cuenta con un servicio de investigación digital de lo más avanzado, y a la Fiscalía para frenar la cada vez más extendida campaña de críticas contra el gobierno que preside el falso doctor Pedro Sánchez, y del que forman parte sus colegas separatistas y comunistas. Entre ridículo y extravagante resulta que quienes mejor manejan los entresijos de la difamación, que ha anidado en los prontuarios de propaganda de sus partidos como libro de estilo, exijan ahora un comportamiento de transparencia ante el hartazgo y la frustración de muchos españoles.

El Diccionario de la RAE define el sustantivo masculino bulo de forma inapelable como noticia falsa propalada con algún fin. Aclara así la equivocada interpretación de muchos españoles que consideran bulo como sinónimo de rumor (voz que corre entre el público). Para combatir el bulo había dispuesto el gobierno de Sánchez que las instituciones del Estado actuaran como instituciones del gobierno y sus socios. Y esperaban que la Benemérita, como dijo el general Santiago, su jefe del Estado Mayor, colocara la mascarilla en la boca de cuantos critican y protestan por una situación que, casi seis semanas después de hacerse oficial la presencia del virus, no deja ver una luz de esperanza que permita acabar con el confinamiento.

El bulo es dañino, efectivamente, y puede ocasionar grandes desastres. Las redes sociales, sembradas de bulos en los últimos tiempos, ha perdido gran parte de su credibilidad por ello, y han servido a la estrategia de quien quema los puentes y destruye las fábricas cuando el curso de la guerra se torna en su contra. En esta guerra contra el virus, y contra el bulo, los españoles tenemos todas las de perder, por lo que se está viendo, con el gobierno a la cabeza.

Ignoro si existe un manual sobre el bulo; un folleto, un catálogo en el que aprender a fabricarlos y a manejarlos; intuyo que hay bulos que tienen efecto bumerang, que van, tocan, y regresan, y si quien los maneja no es muy hábil en ello termina siendo el perjudicado. Me refiero a aquel bulo que en la festividad de El Carmen, 16 de julio de 1834, y días siguientes, durante el gobierno de Martínez de la Rosa (“Rosita la pastelera”), liberal, masón y progresista, corrió por las calles de Madrid dando comienzo a una matanza indiscriminada contra los frailes. El suceso ha pasado a la historia española como “La matanza de los frailes”. La muerte se hizo dueña de las calles de esta siempre castigada capital del Reino, o lo que quede de él, y en apenas unas horas más de mil quinientas personas perdieron la vida dejando un desolador panorama por todas partes. Corrió la voz propagada por los especialistas del bulo, masones y miembros de las sociedades secretas, de que la culpa de tanta muerte era de los frailes que habían envenenado las fuentes públicas, cuando de lo que se trataba era de un brote de cólera morbo que, al parecer, se había iniciado en La India unos años antes. Y los violentos, los partidarios del jaleo, los milicianos de la época, los chequistas se organizaron con la habitual premura y disposición para acudir a los conventos a hacer su justicia: empezaron en el colegio de los jesuitas, en San Isidro, donde salvó milagrosamente la vida el padre Muñoz, hermano del marido de la reina madre, María Cristina de Borbón; siguieron por el convento de la Merced, el de Santo Tomás a continuación y el de San Francisco más tarde y allí dieron muerte, según las crónicas, a más de cincuenta franciscanos durante el asalto. Sin ánimo de hacer comparaciones, el gobierno de Martínez de la Rosa hizo gala de una pasividad sospechosa, y dejó que las turbas (los cronistas se refieren así a las masas enfervorizadas, algo parecido a lo que podrían ser hoy para el gobierno de Sánchez los tuiteros, feisbukteros, guachaperos y demás), actuaron durante ocho horas con total impunidad. Finalmente, el gobierno mandó ejecutar a un músico del batallón de la Princesa, que al parecer se había quedado con un cáliz, y separó de su cargo al capitán general de Madrid, San Martín, y con esas dos disposiciones pasó la página, lo que en el caso de Martínez de la Rosa, dada su condición, debió ser algo así como a otra cosa, mariposa…

Que es lo que ha venido a decir el ministro Marlasca al considerar un lapsus del general Santiago las palabras de este sobre las labores de la Benemérita para reducir las críticas, o sea, todos aquellos mensajes que pongan en cuestión la aptitud del gobierno de Pedro Sánchez y colaboradores.

El bulo tiene alma de virus infectante capaz de desencadenar, como hemos visto, reacciones que pueden provocar la muerte de las personas; es probable que ambos, covid19 y bulo, sean fruto de la manipulación también.

Bulos. La historia está plagada de acontecimientos que tuvieron su origen en un bulo. Colijo que todo aquello que se dice y no se ha demostrado fehacientemente se puede considerar como tal. El anuncio de la compra y reparto de mascarillas, los test, los respiradores y las batas, los uniformes que garanticen la profilaxis de nuestros sanitarios, los remedios que aseguren la circulación de las personas; que el vicepresidente Pablo Iglesias presuma de haber pactado con empresarios la renta mínima y sea desmentido por la CEOE. ¿Y el tan aireado asunto de las cunetas que tanto gusta a Susana Grisso y a algunos de sus colaboradores? Vaya por delante, y fijo mi posición, que estaré siempre a favor de que se abran, se investiguen y se cuente lo que allí se descubra no para gozo de las parideras de bulos, sino para tranquilidad de quien perdió a un familiar en la guerra civil y quiere recuperar sus restos con independencia del bando en el que luchó. La dignidad no se pierde en la derrota, la dignidad se pierde cuando el revanchismo y la cobardía propagan el bulo como arma destructiva, o como invitación a la esperanza de los inocentes, manipulando los sentimientos de los más desfavorecidos.