Yo no entiendo ni de virus ni de bacterias, me refiero desde un punto de vista científico, como es obvio. Simplemente los he padecido (a los bichos, digo), como enfermo, me han fastidiado bastante y, en alguna ocasión, por culpa de una bacteria, he tenido que estar hospitalizado. Lo que pretendo decir con las líneas anteriores, es que yo no tengo ninguna autoridad, de ningún tipo, para opinar sobre el coronavirus, famoso ya, por desgracia, pues es algo que se escapa a mis pobres conocimientos.

Pero de lo que sí puedo hablar, y mucho, porque conozco bien el paño, es de la sociedad actual, ya que vivo inmerso en ella, tengo los ojos abiertos, y poseo además algo fundamental para defenderme en la vida, a saber: espíritu crítico. Quiero decir con esto último que sé discernir lo que está bien de lo que está mal, lo que merece la pena de aquello que es intrascendente, lo principal de lo accesorio, etc. Y también tengo algo que me es de mucha utilidad en los turbulentos tiempos que corren; es lo siguiente: identifico a un gilipollas a muchos metros de distancia, con sólo verlo, sin tratarlo personalmente.

En base a todo lo anterior, me atrevo a decir que el problema fundamental de nuestra sociedad, es que hace tiempo que se cree que tiene a Dios cogido por los huevos (perdón por la expresión), una sociedad que se cree que domina en todo momento la situación, que vive cómodamente instalada en la opulencia, y que nada ni nadie puede alterar ese estado de bienestar. Y resulta que no es así, que de vez en cuando Dios, o la naturaleza, o quien sea, nos manda un coronavirus, o lo que proceda en cada caso, y todo se va a hacer puñetas, y es entonces cuando nos damos de bruces con la cruda realidad, es entonces cuando viene el llanto y el rechinar de dientes, es entonces cuando nos damos cuenta de nuestra terrible pequeñez, aunque no se crean ustedes, hay casos recalcitrantes de algunos gilipollas que, ni entonces se caen del burro.

Yo me acuerdo que, cuando era pequeño, si en mi casa se iba la luz, no pasaba nada, pues teníamos velas, las encendíamos, y así nos apañábamos hasta que reparaban la avería. Si era invierno, no pasábamos frío, porque el brasero era de carbonilla. Ahora, cuando se va la luz, o cuando se estropea un electrodoméstico en la casa, nuestros hijos montan en cólera, pues se sienten unos inútiles, porque siempre les ha venido todo rodado, y no están acostumbrados a convivir con la adversidad. Recuerden ustedes aquel triste caso de un jovenzuelo, creo recordar que de la provincia de Granada, que estaba participando en un juego a través de internet, se interrumpió la conexión, se puso como un basilisco la criatura, y lo pagó con su pobre madre, haciéndole un corte con un cúter, una madre que en ese momento se iba al trabajo, para ganar un dinero con el que poder pagarle a su niñato la conexión a internet.

Como ya sabrán algunas de las personas que de vez en cuando me leen, me he ganado la vida en la enseñanza, durante casi cuatro décadas. Es en este mundo, en el de la educación, donde se ve reflejado perfectamente lo que acabo de decir, o sea, que todo tiene que venir rodado, sin pegas de ningún tipo. Les hago un breve resumen: según el discurso oficial, aceptado alegremente por la mayoría y alentado frívolamente por nuestros políticos, todos los niños son graciosos, listos por decreto, tienen que sacar buenas notas, ser los protagonistas de todas las actividades extraescolares, y participar, porque sí, en excursiones muy divertidas.

Bueno, pues en base a mi amplia experiencia, puedo decir que la mayoría de las veces eso no es así. Hay muchos alumnos que no son graciosos, sino unos sin gracia; no son listos, sino torpes de solemnidad; sacan malas notas porque su cociente intelectual es bajo, además de no manifestar mucho empeño por aprender; no hay protagonismo que valga en las actividades extraescolares, porque no se lo merecen; y algunos de ellos es mejor que se queden en sus casas, en vez de ir a excursiones, porque son una bomba de relojería para el pobre profesor que se atreva a salir con ellos.

Pues bien, cuando un maestro, como yo, llama a las cosas por su nombre, y se niega a reír las gracias de niños caprichosos, porque no las hay (las gracias, digo), o le dice a unos padres que su hijo es torpe, porque lo muestra la evidencia, y más cosas, cae sobre él (sobre mí ha caído muchas veces), el peso de una sociedad estúpida que, acostumbrada a que todo venga rodado, no permite que alguien deje al desnudo sus vergüenzas.

Por eso es bueno que, de vez en cuando, venga una crisis económica, o un problema de otro tipo (como el que ahora, por desgracia, nos asola), para recordarnos a todos que la sociedad no tiene a Dios cogido por los huevos (perdón por la expresión), sino que es justo al revés: es Dios quien nos tiene cogidos a todos y cada uno de nosotros por el cogote, bien agarrados, para darnos un buen meneo a tiempo, y recordarnos, de esa forma, lo insignificantes que somos, lo gilipollas que somos, lo imbéciles que somos, lo estúpidos que somos.