Digno de mejor causa y de gasto más productivo es la sistemática falsificación de la historia iniciada por Zapatero y culminada por Sánchez, dos turiferarios de la política, incapaces de ningún ideal superior y ególatras iluminados, sin respeto a nada. Después del “Abuelito de Heidi” que tan magistralmente retratara Eduardo García Serrano, en contestación a la nieta de Largo Caballero; ahora le toca el turno parlamentario a Manuel Azaña (El verrugas), mote de viñeta con el que se quedó. ¡Y lo definen como “hombre de consenso” de la II República! ¡Manda carallo!, queda mejor en lengua vernácula.

Consenso es, para los impostores de la verdad y divulgadores de falsedades, las más de 200 iglesias y conventos quemados entre los días 10 y 13 de mayo de 1931, sin que el entonces ministro de la Guerra (Defensa y Orden Publico), seis meses después presidente de la República, Manuel Azaña, moviera un dedo para impedirlo o detuviera a uno solo de los incendiarios. Es más, hizo una pública declaración ante las denuncias de complicidad o inhibición del gobierno, por no impedirlo: “la vida de un solo republicano, vale más que todas las iglesias”. 

Llamar moderado a quien, siendo presidente de la república, no dudó en reprimir al anarquismo violento de Casas Viejas (Cádiz), entre el 10 y el 12 de enero de 1933, con: “ni heridos, ni prisioneros. Los tiros a la barriga, según testimonio del Capitán Bartolomé Barba Hernández, matando a veintiún personas, incluyendo una niña y toda la familia Seisdedos promotores de la revuelta.

Deben entender por consenso, la ilegalización y expulsión de las ordenes religiosas de España, los Jesuitas. Debe ser sinónimo de moderación y consenso el promulgar una Ley de Defensa de la República por un Comité de autonombrados constituyentes, cuya legalidad era nula y que afectaba a todas las libertades básicas de expresión, reunión, manifestación, prensa e imprenta y mediante la cual se tuvo amordazada a la oposición todo el triste periodo republicano.

La moderación o el consenso tampoco lo demostró Azaña con el Ejercito. Azaña creó el 5 de mayo de 1931, un “gabinete negro” de militares afines para depurar al ejercito de desafectos. La depuración, llamada reforma, comenzó mediante Decreto de 25 de abril de 1931, “Ley Azaña”, incentivando la retirada voluntaria. De lo contrario se exigía juramento de fidelidad a la república. Todos los ascensos por elección y méritos de guerra quedaban suprimidos. Aunque se excluyó a los ya generales, dado que sólo se admitía “la antigüedad” como meritoria, Franco pasaba del número uno, al último de los generales de Brigada y nunca podría alcanzar el grado de General de División.

Pero el mayor y único notable enfrentamiento entre ambos fue a raíz de la disolución de la Academia General de Oficiales de Zaragoza que dirigía Francisco Franco, el 30 de junio de 1931. Obligado Franco a cerrar la Academia y en cumplimiento de su deber lo efectuó el 14 de julio, fecha precisamente del aniversario de la toma de la Bastilla. Con tal motivo, Franco, dirigiéndose a sus oficiales y cadetes en el patio del Rey de la Academia comienza la alocución diciendo: “Quisiera celebrar este acto, con la solemnidad de años anteriores en que, a los acordes del himno nacional, sacáramos por última vez nuestra bandera, y como ayer, besarais sus ricos tafetanes…pero la falta de bandera oficial limita nuestra fiesta”.

La arenga comunicada reglamentariamente al ministro de la Guerra, provocó en Azaña una cólera desmedida a cuenta, según los historiadores, del pasaje referido a la disciplina, que dice así: “…Disciplina que no encierra mérito cuando la condición del mando nos es grata y llevadera”, pero que “reviste su verdadero valor cuando el pensamiento aconseja lo contrario de lo que se nos manda, cuando el corazón pugna por levantarse en íntima rebeldía o cuando la arbitrariedad o el error van unidos a la acción del mando. Esta es la disciplina que practicamos. Éste es el ejemplo que os ofrecemos”.

Al final Azaña no se atrevió a procesar a Franco, era mucho su prestigio social y dentro del ejército. De esa alocución hay unas incisivas palabras que apuntaban a los colaboradores del ministro, que sí le valieron una reconvención en forma de “orden ministerial” y que fue anotada en su hoja de servicios. Esto dijo: “vuestros generosos sentimientos han de tener como valladar el alto concepto del honor, y de este modo evitaréis que los que un día y otro delinquieron, abusando de la benevolencia, que es complicidad, de sus compañeros, mañana, encumbrados por un azar, puedan ser en el Ejército ejemplo pernicioso de inmoralidad e injusticia”.

Quién era Azaña y lo que representaba en aquella convulsa y antidemocrática república, lo atestigua el libro de “Memorias de Marañón” donde describe una reunión provocada por Pérez de Ayala, a la que asiste también Ortega; no tiene desperdicio. Los tres intelectuales que habían traído la República se preguntan, una semana antes del 13 de Julio, asesinato de uno de los jefes de la oposición, Calvo Sotelo: ¿Y qué podemos hacer ahora? – preguntó tímidamente Pérez de Ayala. ¿Ahora? – se preguntó Marañón –... ahora, rezar. Si Dios no lo remedia esto, es decir nuestra España, a no tardar mucho será un infierno... si ya se están matando unos a otros en las calles y se odian a muerte. ¡La Guerra Civil!... a eso estamos abocados, ya sólo falta la chispa que incendie el polvorín – replicó Ortega. ¿Y no hay ningún "cirujano de hierro" a la vista?   Desgraciadamente, no, porque también el Ejercito esta superdividido... Bueno... – y Marañón bajó incluso el tono de su voz – por ahí se dice que hay un grupo de generales que están estudiando la fórmula para poner orden en este caos y detener el avance Comunista.

Pero ¿y Azaña? ¿no puede hacer nada como presidente de la República? Les requiere Perez de AyalaAzaña, es peor que ellos – replicó OrtegaAzaña, ya sólo es un títere y, además, según me dicen, está hundido y desmoralizado. Eso no me sorprende – intervino Pérez de Ayala –. Cuanto se diga de los desalmados mentecatos que engendraron y luego nutrieron a los pechos nuestra gran tragedia, todo me parecerá poco... Lo que nunca pude concebir es que hubiesen sido capaces de tanto crimen, cobardía y bajeza. Hago una excepción. Me figuré un tiempo que Azaña era de diferente textura y tejido más noble... En octubre del 34 tuve la primera premonición de lo que verdaderamente era Azaña. Leyendo luego sus memorias del barco de guerra —tan ruines y afeminadas— me confirmé. Cuando le he visto, después de mi llegada de Londres, siendo ya presidente de la República, me entró un escalofrío de terror al observar su espantosa degeneración mental, en el breve espacio de dos años, y adiviné que todo estaba perdido para España. Pues, perdida está, perdidos estamos todos – dijo el Doctor Marañón.

El que mejor conocía a Azaña y más acertadamente lo definió fue D. Miguel de Unamuno, quien al iniciar el bienio al frente del gobierno, dijo de él: “lo que hace más peligroso a Azaña, es ser un escritor sin lectores”, lo que obliga a proyectar su vanidad y soberbia sobre la política, con la que pretende vender su mercancía literaria. Y así fue, lo mismo firmaba como presidente de la república, entre 1936/39, planes del gobierno que sentencias de muerte; igual un Decreto para desvalijar el oro del Banco de España que contingencias sobre la confiscación de bienes, o entretenía su existencia en escribir la postrera y exculpatoria novela “La velada en Benicarló”. Aunque la descripción del caos, en la zona roja, es insuperable y el nervio literario notable, Unamuno, tenía razón: Nadie le habría leído sin ser la máxima autoridad del permanentemente victimado bando perdedor; sin haber representado, como pocos, el cinismo, la incongruencia, la soberbia y el despropósito enloquecido de aquellos dirigentes voluntaristas. Azaña, era la síntesis de todos ellos.

Los encontronazos entre Franco y Azaña, son de sobra conocidos y a falta de alguna sorpresa del “memorialista de guardia”, parece que fueron muy concretos y espaciados. Solo se reunieron dos veces a solas y por razones protocolarias, por lo que solo el testimonio de las partes, puede servir. Así, Azaña, en sus “Memorias”, con fecha de agosto de 1931, refiriéndose a Franco encontramos un texto breve pero tremendamente premonitorio: “el más importante…el único importante”. Esa reunión a la que alude Azaña, se produjo en una visita protocolaria al Ministro de Defensa, realizada después del cierre de la Academia de Zaragoza y de quedar Franco pendiente de destino. 

Julio Merino escribió en “mi vida en versos”: “Entre 1973 y 1975 (muerte de Carrero Blanco y de Franco) se produjo la mayor estampida de ratas que conocieron los siglos en España. Unas se tiraban del barco que se hundía y otras, todas, luchando por subir al barco que llegaba. ¡Fue una gran lección de periodismo y política! Y de la consistencia moral e intelectual de los españoles, añado, yo.

Pero no se extrañen: La canonización laica de D. Manuel Azaña; la impúdica exaltación de Las Brigadas Internacionales; y la veneración a la Institución Libre de Enseñanza, no habita en lugares ignotos, ni en montañas lejanas, lo profesa nada menos que el referente de la actual derecha: José María Aznar. Es el respeto que tiene el Partido Popular (Poncio Pilatos) por la historia de España y por la Victoria frente al comunismo, sin la cual no existiría el partido popular y España habría sido, como la república de Albania, un paraíso comunista. No es de extrañar que, con aquellos polvos, tengamos estos lodos.