El encanallamiento de una parte sustancial de la sociedad española, y especialmente entre los más jóvenes, se resume en lo ocurrido hace unos días durante un acto celebrado por varios miembros de VOX en Murcia. Allí estaban, entre otros, su presidente Santiago Abascal y la víctima del terrorismo, y miembro de la Ejecutiva del partido, José Antonio Ortega Lara. Fuera, un grupo de radicales de extrema izquierda coreaban gritos contra VOX. Y entre todos los gritos, uno especialmente ruín, mezquino, cobarde e inhumano. "Ortega Lara, vuelve a tu zulo".

Los que gritaban esa barbaridad eran chicos de veintipocos años. La mayoría no han vivido los peores años del terrorismo etarra, y eran unos bebés cuando ese hombre, José Antonio Ortega Lara salió de aquel infierno, cegado por la luz del día, agarrado a su mujer, incapaz de saber si estaba despierto o dormido, muerto o vivo, después de 532 días en un agujero frío y húmedo, de apenas dos metros de alto por tres de largo. Todas las personas de bien tenemos grabadas aquellas imágenes, porque entonces y ahora comprendimos que ese hombre, famélico y aturdido, al borde del precipicio de la muerte, pudimos ser cualquiera de nosotros.

Para gritarle a una persona que ha sobrevivido a ese espanto una frase tan atroz como "vuelve a tu zulo", hay que estar, efectivamente, inyectado en puro odio. Como estaban inyectados en odio los correligionarios de esta jauría que hace ahora 82 años asesinaron vilmente a más de seis mil personas en Paracuellos del Jarama, de ellos más de 270 niños. Detrás de unos y de otros, igual de los frentepopulistas de los años treinta como de estos cachorros estalinistas, existe una misma ideología, una misma manera de ver a quienes no piensan como ellos.

Junto a esa parte infecta y aberrante de la antaño valerosa juventud española, aún quedan excepciones honrosas, como las de las decenas de chicos y chicas que, bengalas en mano, volvieron a portar una corona de laureles desde la calle Génova hasta el Valle de los Caídos en memoria de otro joven asesinado por las hordas rojas en 1936, José Antonio Primo de Rivera. Jóvenes a los que, al contrario que los de Murcia, mueve el amor y no el odio; el amor a unas ideas que trataban de reconstruir España de la espiral de inquina y barbarie en que siempre, siempre, sin excepción, la ha introducido la izquierda política.

Como solemos decir, nada de esto hubiera sido posible sin varias décadas de adoctrinamiento marxista. Tampoco habría ahora mismo 70 diputados comunistas sentando sus reales en el Parlamento. Esta misma semana hemos sabido que la candidata del PSOE a las elecciones autonómicas en La Rioja quiere que el vascuence sea una lengua con el mismo peso curricular que el español en la tierra por donde anduvieron San Millán y Gonzalo de Berceo. Nunca sabremos si son más brutos que tontos, o más tontos que brutos, que para el caso viene a ser lo mismo.

Ese purulento saco de pulgas llamado Arnaldo Otegui es recibido por los actuales mandatarios de Cataluña como si fuese un héroe; un tipo que ha disparado a personas inocentes durante su época de pistolero etarra. A José Antonio Ortega Lara, víctima heroica de aquella barbarie, le gritan que se meta de nuevo en su zulo. Algo nos está pasando como sociedad. Y aunque no sean episodios mayoritarios, sí son preocupantemente recurrentes. O somos capaces de detener esta nueva espiral de odio promovida por la izquierda radical, o las consecuencias pueden ser tremendas.