Juro ante la diosa Atenea, patrona laica de la inteligencia, y ante su mitológica lechuza, que la narración a la que procedo no es producto ni de un delirio, ni de mi pobre imaginación. Es tan hija de la realidad como el Gobierno que padecemos gracias a la democraciaquenoshemosdado. Por eso no comenzaré con el “Érase que se era” que prendía la atención de los niños en las noches de epidemia y confinamiento, cuando no había ni tele ni radio, cuando el abuelo era el centro del hogar y no un cajero automático desterrado en una residencia, y cuando los padres de los nenes sabían algo más que votar, jugar a la play y llevar a sus cachorros a pasar el rato a los fastos nefastos de la Semana del Orgullo Gay como quien los lleva al Parque de Atracciones. Claro, que aquello sucedía en la España en la que los padres de los nenes, que aún no habíamos engendrado, aprendíamos en el cole la lista de los Reyes Godos, como relicario histórico y como ejercicio nemotécnico, no nos daban aprobado general ni aunque a fin de curso la clase entera cayera presa del sarampión, y hacíamos dos reválidas en las que el Estado comprobaba que los nenes no eran gansos con vocación de zánganos dispuestos a ser contertulios de Sálvame o diputados de cualesquiera de los chiringuitos políticos que tan libres nos hacen.

En un lugar del Paseo de la Castellana de Madrid me dio el alto el otro día uno de estos policías que tanto le gustan a Marlaska. Era el mozo todo gimnasio y músculo, clembuterol y maneras versallescas revestidas de desdén y prepotencia. Me saludó como si yo fuera el Kaiser y me trató como si fuera un guiri tolili, perdido entre castañuelas calladas y pandemias confinadas. Me pidió la documentación y la razón por la que del retrovisor de mi coche cuelga una Bandera de España. Ante mi pasmo por tan filosófica, sesuda y profunda pregunta, se le empezó a poner cara de Harry el Sucio democrático, y a mí de Antonio Recio Matamoros, el genial mayorista nolimpiopescado, del divertidísimo sainete “La que se avecina”.

Sólo pude contestarle que llevo la Bandera de España en el coche por dos razones: porque me sale de los huevos, de los dos, del derecho y del izquierdo. Aquella montaña de músculos se tragó mi respuesta con la misma cara de asco de quien se traga un beso en los morros de Pablo Echenique, me miró como un chekista a su presa, y trató de explicarme, como si yo fuera un chimpancé de la NASA, que él cumplía órdenes. Me pidió la documentación y anotó algunos datos en su cuaderno de preescolar, no sé si con faltas de ortografía pero con absoluta falta de respeto a la Bandera que también él llevaba en su uniforme, sin preguntarse por qué y para qué la lleva. De lo contrario no sería el poli tonto de Marlaska que hace listas de fachas en la calle para que su jefe haga fichas de desafectos para cuando queden plazas libres en las silenciosas y ocultas morgues del Coronavirus.