No nos empeñemos, Isabel Díaz Ayuso no es ni Juana de Arco, ni Agustina de Aragón, ni la monja alférez, ni Isabel de Castilla, por más que Miguel Ángel Rodríguez ande empeñado en ello, y ella le de alegría a su cuerpo, como hacia la Macarena de los del Río, cada vez que dice esas cosas que dice. Que Díaz Ayuso se ha convertido, en un increscendo constante, en la lideresa natural del votante habitual del PP y en especial de los madrileños, situándose en preferencias por encima de Casado, es una realidad; que para muchos es la única que puede humillar al odiado Sánchez es otra realidad.

Ayuso, con funko y todo, es una mezcla dosificada de espontaneidad, aparente simpleza, de facilidad para que la motejen de presicienta en la 4, lo que por otra parte le favorece, y de frases fríamente calculadas para el universo digital. Tiene la agudeza, eso sí, de fajar bien y de lanzar sus puños a donde más duele al adversario para jalear a los suyos. Y cae simpática, hay que reconocer que a la gente le cae simpática más allá de la consideración política, mientras pone de los nervios a las feministas de todo tipo que pululan por la izquierda, que tienen un puesto reservado en sus odios para Díaz Ayuso. Urticaria le produce a una amiga mía como mujer. 

Me van a perdonar mis lectores este largo exordio porque en realidad de lo que quería hablar era del debate que la siempre fiotogénica lideresa causa en estas páginas, y los quebraderos de cabeza que provocan sus hooligans extremoderechistas o del fascismo teclista, también sus detractores, a quienes tenemos la obligación, como comentaristas, de hablar de ella. 

Hoy he leído a mi buen amigo García Serrano que con su férrea prosa y sus siempre oportunas comparaciones (lo de mezclar a Ayuso con Cenicienta, Blancanieves y la Zarzamora solo está al alcance un escritor de raza como Eduardo) ha puesto en solfa a la pizpireta  cenicienta por su “me too antifranquista”, aunque literalmente parece que Ayuso no ha dicho lo que dicen que ha dicho. Mucho me temo que ahora, al igual que hace unos meses, pero por todo lo contrario, le habrán llovido al periodista las gruesas críticas o los aplausos -¡vaya usted a saber, querido lector!- por todos lados, y hasta puede que alguno le haya perdonado su pecadillo original con Ayuso. Es lo que tiene la independencia y Eduardo encaja con una sonrisa antes de devolver el golpe.

Lo lamento pero no voy a meterme con Eduardo, pero lo cierto es que el debate sobre Ayuso aflora en estas páginas con cierta asiduidad. Hace unos días Ramiro Grau afirmaba que Ayuso era la “Dama de Hierro que España necesita con más ovarios que cojones tiene el caballo del Espartero” y se indignaba porque VOX le hiciera la oposición. Así, sin anestesia.

Más allá de la libertad de opinión que corre por estas páginas de lo que yo quería hablar era de la frase supuesta y la real del último lío de Ayuso; lo mismo ya es el penúltimo. No es la primera vez que la  presidenta madrileña se descuelga por los lares de Franco y tampoco es la primera vez que la izquierda se despacha contra ella situándola en las filas de, al menos, el filofascismo. Contribuyen a ello sus frases cortas. ¡Esas cosas que dice poniendo su voz más adecuada!: “cuando te llaman fascista es que estás en el lado bueno de la historia”. Y hasta Ábalos, que hablaba de los “exnovios” en la dialéctica de Ayuso (ya veremos de lo que acabamos hablando en la dialéctica del condenado al ostracismo Ábalos porque la cosa no pinta muy bien), no tenía empacho en ironizar con la libertad del Madrid de Ayuso, que era lo más parecido a una dictadura, con la de Franco. 

Me quedé un tanto asombrado de que Ayuso hubiera dicho que Sánchez era más autoritario que Franco. Argumento catatónico para un socialdemócrata o izquierdista de toda laya y condición, porque Franco era un dictador y si Sánchez es más autoritario que Franco, pues Sánchez sería el Gran Dictador y por lo tanto sería alcanzado por el rayo justiciero de la memoria democrática. Pero no, Ayuso no ha dicho eso. En realidad, frente a Franco, lo deja en la categoría de subcampeón. 

La cenicienta/presicienta/Blancanieves (ojo que a Miguel Ángel Rodríguez no se le ocurra reconvertirla en Evita y le busque un Perón), lo que en realidad dijo fue: que “el gobierno de Sánchez es el más autoritario desde la dictadura”, de Franco naturalmente. Lo dicho, frente a Franco Sánchez solo llega a subcampeón. Pero el artículo de García Serrano sigue siendo de quitarse el sombrero, porque más allá de la frase tampoco le falta razón. El PP es lo que es y Ayuso es del PP,  muy del PP, aunque me caiga simpática.

Así que Eduardo no te preocupes, porque, más tarde o más temprano, Ayuso abrirá su boca para alinearse en el “me too antifranquista”, versión moderado-centrista-reformista, aunque sea a la madrileña.