Gracias a ti, Macarena, no por hacernos el honor a ECDE y a mí mismo de “retuitear” (como se diga y se escriba el neologismo anglosajón, que ni lo sé ni me importa) sino por ser y por estar, por existir. Me he criado entre mujeres, Dios y mis padres me bendijeron con cinco hermanas, más la que el tiempo y el corazón me adjudicaron y la que yo mismo engendré, mi hija. Las conozco bien, a las mujeres, ¡benditas sean!, por eso siempre he anhelado y admirado vuestro valor. Ojalá un día los hombres de España sean tan valientes como las hijas de la Patria, pero no con el valor del fogonazo momentáneo, de la furiosa mascletá (que de eso nos sobra). Con vuestro valor, con tu valor, Macarena Olona, permanente, sin fisuras ni desmayos, siempre izado, alerta y afilado en el talento y en el argumento, pero también en el elegante desplante castizo, en el reto y en el duelo dialéctico... o como lo quiera el enemigo.

Las mujeres griegas preguntaban (pelín envidiosas) por qué las mujeres espartanas eran las más libres y altivas de toda la Hélade, a lo que las mujeres de Esparta respondían: “Porque somos las únicas capaces de parir espartanos”. Ellas eran como Macarena Olona. Y ellos, también.