A la hora de retomar y esta serie de artículos sobre los importantes eventos que están teniendo lugar, naturalmente no pensaba hablar del incendio de la catedral de Nantes, pero es obligado hacerlo. Un incendio provocado, criminal, el más reciente ataque contra Europa y su cultura que, hoy mismo cuando escribo estas líneas, ha dañado gravemente la catedral destruido el magnífico órgano que durante mucho tiempo, quizá ya para siempre, guardará silencio. A modo de símbolo de los tiempos callarán los maestros flamencos y alemanes, Bach y César Franck, para dejar paso a la banda sonora de la sociedad en construcción, la música que quieren los señores del mundialismo, los obispos y cardenales de la religión del dinero, los iluminados de la abolición de las patrias. Una banda sonora compuesta de música primitiva para semiretrasados mentales, basura televisiva e intelectual, berridos multiculturales y políticamente correctos, infantilismo militante y vulgaridades en alta definición.

Otra catedral más destruida y esta vez no han podido ocultar que ha sido un atentado; como nos han hecho creer con Notre Dame de París, como nos han pasado bajo un velo de silencio la gran cantidad de ataques y actos de vandalismo contra iglesias y símbolos cristianos en Europa. Que cada vez van a más y son ataques con un doble significado: el estrictamente religioso contra el cristianismo, el cultural en sentido amplio contra la tradición y la cultura europea.

¿Las reacciones? Mediocres y penosas. Una jerarquía católica sin pelotas se limita a decir que confía en el gobierno y las fuerzas del orden. El presidente francés, el macarrón pasado, igualmente blando; si no miserable, ocupado como está en engañar a su pueblo y esconder el hecho de que existe una guerra contra su propia nación, Francia, que se enmarca en una guerra contra Europa y toda la cultura de origen blanco y europeo. Conflicto tanto cultural como demográfico en el cual los gobernantes traidores, auténticos colaboracionistas de la Anti-Europa, parecen tener como única misión inyectarles sedantes a sus pueblos para que se dejen pisotear y acepten el fin de su civilización como los corderos van al matadero.

El fin de nuestra cultura está más cerca de lo que pensamos y principalmente a causa de nuestra degeneración. En este preciso punto es donde la guerra de las iglesias y el incendio de las catedrales confluye con la guerra de las estatuas, de la que hemos empezado a hablar en esta serie.

Me resisto a utilizar la palabra iconoclastas (aunque sería lo propio) para quienes ahora están empeñados en derribar y retirar estatuas. Pues esa palabra tiene un origen demasiado noble para esa morralla humana que derriba las estatuas en Estados Unidos y en Europa; no se merece una etimología griega esa horda de bestiogentuza, analfabeta por elección, que insulta nuestra identidad, que vilipendia nuestra cultura y querría destruirla; recalco por elección pues han podido elegir, y han elegido la barbarie.

Muchos han escrito, en este medio y otros, sobre la incultura, la ignorancia histórica, la falta de sentido de esta fiebre iconoclasta, la estupidez militante y el absurdo de esta campaña contra el pasado. Aportando correctísimos argumentos y nociones históricas, críticas, a veces incluso desde puntos de vista aquiescentes con la mentalidad y los “valores” dominantes hoy día.

Todo esto es excelente. Pero es que falla la otra parte, el receptor del mensaje. En pocas palabras, no existe un receptor del mensaje.

A los que derriban las estatuas de Fray Junípero les importa un comino quién fue, qué hizo, si quiso bien o mal a los indios; al becerro con teléfono móvil y ropa de marca que derriba una estatua de Colón, no le interesa saber si su antepasado de hace quinientos años era el comensal en los menús caníbales de Centroamérica o era parte del menú. Si es que no era, ese antepasado, un indio de esas tribus de los bosques norteamericanos a quienes los colonos ingleses puritanos hacían la guerra bacteriológica ante litteram, regalándoles mantas infectadas de viruela entre un salmo y otro del Antiguo Testamento. En ese caso otras serían las estatuas que debiera destruir, queriendo ser coherente. Y harto mejor le habría ido a su antepasado si hubiera sido colonizado por Colón.

Pero son consideraciones totalmente inútiles, ociosas y que no centran la diana. A esta gente no les interesan las finezas de crítica histórica, ni conocer realmente la historia, ni les importa en realidad absolutamente nada del pasado, fuera de la caricatura del pasado que esta sociedad ha fabricado para legitimarse a sí misma. No les interesa absolutamente nada que salga de la cultura basura, diseñada y promocionada para ellos por las élites del mundialismo, para degradarles mejor y controlarlos mejor; un engrudo cultural que, si fuera comida, no sería bueno ni siquiera para los cerdos.

Estas gentes, los homologados de la Gran Igualdad, ni tienen un pasado ni quieren tenerlo. Pertenecen literalmente a una humanidad diferente, a una población de bárbaros para los que el pasado no existe ni tampoco el futuro, existen solamente en un presente amorfo de rebaño infinitamente manipulable, con el que las élites hacen casi literalmente lo que quieren. Tienen en común con la humanidad diferenciada, la que posee una cultura, un pasado y un porvenir, las funciones biológicas: nutrición, excreción, reproducción, incluso un lenguaje básico pero suficiente para sus necesidades.

En breve son una regresión mental, civil y existencial de la humanidad, pero en alta tecnología e hiperconectada.

Hablarle a esta gente, por tanto, es tan inútil como enseñarle los pasos del ballet a un rinoceronte. Como también es inútil hablarles a quienes manejan los hilos. Las hordas no sabrán lo que hacen cuando derriban las estatuas, pero las élites canalla y las sectas de gusanos en la sombra que las movilizan sí que lo saben, perfectamente.

Evidentemente no ha lugar dirigirse a cualquiera de ellos. Pero sí tiene sentido y es imprescindible dirigirse a quienes pueden recibir el mensaje, a quienes tienen todavía una historia y una cultura. A la parte sana y más noble de España, Europa, América, que sigue siendo numerosísima y perfectamente capaz, como Gulliver gigante en medio de los enanos, de romper sus cadenas mentales de un solo tirón para aplastar a las cucarachas y todos los demás animales inmundos.

Este es el terror de los odiadores de Europa y los odiadores de la cultura blanca. Por ello movilizan a sus lacayos: a los medios canalla para ocultar la verdad y tener engañada a la gente, a los intelectuales canalla para aislar y minar psicológicamente a quienes defienden su identidad, la salud y la verdad.

Esta es la situación y esta es la lucha, hoy. Son tiempos de movilización total y la indiferencia, la Gran Indiferencia que es hoy el pecado capital de la humanidad occidental, equivale a militar en las filas del enemigo.