De fantaseadas ergástulas saturado, heme pues aquí, soñando que en estados más lisonjeros uno se vio. De naufragios henchido, sin tabla presente, sin hallar cosa en que posar los ojos que no sea recuerdo de la muerte. De quiebras magullado, arrastrando un soy cansado. Cierto, irrefutable dato, a ratos, pero siempre alegre, alacridad de moza, más en estos tiempos donde menudean chocantes credos, tal el congojavírico (luminoso, otra vez, Cesar Bakken). Los últimos ensueños y las primeras canas mortifican de sombra todas las cosas bellas, cada vez más feas. Cada día vivir se pone más difícil, digo vivir a pulso, digo vivir suelto, digo vivir bravío. Los enhiestos surtidores de sombra y sueño, desatinados cipreses humanos, mis enmascarados prójimos tan lejanos, ajados y ajenos.

La vida, ese aullido interminable. Cierto, hemos recibido leñazo helado, golpe (falsamente vírico) invisible, tajo feo, empellón brutal. Locura de apuñalamiento certero. Ciegas luces  desplomadas. Ya para cosas trágicas malos tiempos son éstos. Quisieron cortar alas,  impedirnos ser pájaros, Laboa clarividente. Hegoak ebaki banizkio, penales de ruiseñores moribundos. Niebla de interrogantes,  tristes sombras, sombras aciagas, sombras creadas por nuestra maldad, sé que las ratas me roerán algún día el corazón. Horas disolviéndose entre hontanares de sangre. Sucumbe el universo de una calma agonía, la tierra toda es negra belleza que el cielo apolilla. Y, por supuesto, Celaya, don Gabriel, en mi socorro, yo seguiré siguiendo, yo seguiré muriendo, seré, no sé bien cómo, parte del gran concierto. Gran y bello, en definitiva, concierto, agrego.

Contra lo oscuro cimbran esquilones

La La Land, obra maestra, 2017. Con el sutil espíritu de Jacques Demy sobrevolando todo el metraje y con evidentísimos ecos de Rebelde sin causa, Melodía de Broadway (1929), Shall We Dance? (Mark Sandrich, 1936), Ha nacido una estrella  ( 1937), Un americano en París, West Side Story, Sweet Charity (Bob Fosse, 1969), Grease y, sobre todo, Casablanca, la película da comienzo con el inolvidable Another Day of Sun. Vitalidad y frenesí en abundancia,  impecable y (muy) colorista coreografía, innegociable carpe diem que, de forma premonitoria, proporciona contestación al (­¿afligido?) final de la película: cuando alguien te decepcione, o algo se derrumbe en derredor, siempre volverá a salir el sol. Siempre.

Imperecedera historia de amor, potentísimo musical, el uso Another day of sun no se queda solo ahí, en el inicio, impregna todo el film, ya que el compositor de la banda sonora, el prodigioso Justin Hurwitz, le da perfecta continuidad y equilibrado sentido. Si bien el brillante número musical de apertura sirve para meter en situación (y en gloriosa cintura) al espectador, brotan sin parar alegría y optimismo ante los infortunios existenciales, reiterándose ese leitmotiv de forma continua. De alguna manera podría vincularse este tema a Mia Dolan (Emma Stone) y su obsesiva búsqueda del éxito profesional. A su lado, Sebastian Wilder, lunático amante del jazz, magnífica encarnación del habitualmente hierático Ryan Gosling. Y entre medias, la duda, ¿triunfo amoroso o laboral?

...Y, por supuesto, siempre sale el sol. No lo duden. En fin.