La izquierda nunca fue creíble y en la actualidad solo engañan al que se deja engañar. No podemos hablar de una izquierda moderada ni de una izquierda radical, tampoco de una izquierda buena o de otra izquierda mala, ni siquiera de una izquierda sensata en contraposición a otra que no lo es. La izquierda es detestable, violenta y perversa. Siempre lo fue, cosa distinta es que maquillara sus formas totalitarias y agresivas, su mensaje discriminador  y su odio al que no pensara como ellos, como método eficaz para hacerse un hueco en las sociedades modernas, después de la caída del telón de acero. 

El proceso de “desnudez” de la izquierda de este país, va más rápido de lo esperado. Pedro Sánchez y sus secuaces consideran que no es necesario ya esconderse, que la fruta está madura y que ha llegado el momento de pisar el acelerador. Hace tan solo unos años, hubiera sido impensable que un presidente de gobierno, desde la tribuna de oradores del congreso, minimizara y se mofara de las víctimas de agresiones a rivales políticos, e incluso que de manera indirecta, justificara esas agresiones, considerando una provocación que tal o cual ciudadano se desplazara a un determinado municipio, barrio o provincia. El presidente del gobierno de España, considera que la libre circulación de personas por el territorio nacional, puede ser una provocación a otros ciudadanos y motivo por el cual te pueden agredir. Con esa línea argumental se puede justificar la diáspora vasca, por la cual miles de ciudadanos vascos se vieron obligados a abandonar su tierra, porque gran parte de sus vecinos no veían con buenos ojos a un vasco que se sintiera español. Lo mismo podría ahora aplicar a Cataluña, Galicia, Valencia o Navarra.

Pablo Iglesias, que hace tan solo unas pocas semanas era vicepresidente del gobierno de este país, directamente defendía a los que apedreaban a policías y a los asistentes a un acto político. Se ponía del lado de los delincuentes, a los que consideraba lo mejor de la sociedad. Su sustituta en el cargo Yolanda Díaz, aseguraba que con el comunismo no se podía frivolizar y que el comunismo era libertad, por su parte era el mismo Pedro Sánchez, el que reivindicada el periodo más oscuro de la reciente historia de este país, hablándonos de la “conexión luminosa” con la II República. La única luminosidad que podemos encontrar en la II República, era la que ofrecían las llamas de los incendios cuando quemaban las iglesias.  Todo en la izquierda es perverso, y la gravedad de estas declaraciones nos viene dada por los cargos que ocupan las personas que las dicen, que lejos de condenar la violencia o gobernar para todos los españoles, lo hacen solo para su parroquia de simpatizantes y energúmenos, despreciando y amenazando al resto.

La izquierda se siente orgullosa de lo peor de su propia historia. Nunca reivindican a nadie decente, solo lo hacen de criminales, asesinos y ladrones. Es cierto que no tienen mucho donde escoger, pero incluso allí donde podrían hacerlo, siempre se quedan con lo peor de cada casa. Prefieren a Largo Caballero antes que a Besteiro, prefieren homenajear al genocida de Luis Companys antes que a Melchor Rodríguez García, el que fue conocido como el ángel rojo, prefieren al Carrillo de las sacas y las matanzas de Paracuellos, que al de principios de los años 80. La izquierda se “echa al monte” que es su hábitat natural, donde mejor se encuentra y se desenvuelve. Ya no necesitan aparentar lo que no son. Se sienten cómodos con los amigos de los asesinos de ETA, blanquean a organizaciones terroristas como GRAPO o FRAP y se consideran legítimos herederos de lo peor de nuestra historia, de aquellos acontecimientos que desembocaron en una contienda civil. Solo nos queda el consuelo de saber que el mayor enemigo de un comunista es otro comunista. Basta dejarles solos, para que se acaben devorando. La historia es tozuda y tiende a repetirse, sobre todo lo peor de ella.