De las pocas cosas que me interesan ya del oficio periodístico (en cuyo ejercicio llevo más de la mitad de mi vida), quizá la más importante de todas sea su regeneración moral y la inaplazable necesidad de que vuelva a poner sus ojos en la búsqueda de la verdad. El periodismo (como la política, como la propia sociedad en la que se enmarca) sufre las consecuencias de la mayor lacra que ha padecido Occidente en el último siglo y medio: el sucio relativismo moral, hijo putativo y bastardo del liberalismo. 
 
En el poco tiempo que probablemente me quede en esta profesión, me he fijado como objetivo desenmascarar a los golfos y vividores que han hecho de este oficio una cloaca por lo menos igual de inmunda que la partitocracia. Esos popes de la prensa que, para poder darse el pico con los líderes políticos (a quienes deben la supervivencia de sus medios), tienen que mentir, manipular y engañar a sus públicos sin el menor escrúpulo moral. Pero..., ¿cómo iban a tener escrúpulos morales unos individuos que (salvo honrosas excepciones) no creen en otra cosa que el dinero, el poder y los vicios de bragueta?
 
Ayer, en el "periódico" El Mundo (semillero en el que ha nutrido el PP su nadería ideológica), su jefe de opinión, Jorge Bustos, tituló "Periodista" su columna de la contraportada. En ella, se pueden encontrar fielmente reflejados algunos de los principales agujeros negros de este oficio, que por supuesto no son los que cita Bustos, sino justamente aquellos que esconde. Porque (seguramente lo hayan adivinado ya a estas alturas), si el jefe de opinión de El Mundo dijese la verdad en esto, sería inmediatamente descabalgado de su puesto. Bien lo sabrá él.
 
Empieza Bustos diciendo que "hacer periodismo es más difícil que teorizarlo, y por eso quienes más lecciones dan son a menudo quienes menos lectores tienen". Establecer el derecho a "dar lecciones" en función del público que te sigue es un dislate como una catedral. No hay más que ver el éxito de audiencia de Telecinco, directamente proporcional a la cantidad de basura que emite. Pero además, el columnista añade que "el problema es que los periodistas ya no solo dan lecciones sobre periodismo bueno y malo sino que ahora se explayan sobre el bien o el mal a secas". Nótese cómo Bustos escribe las palabras "bien" y "mal" así, con minúsculas. Que es la manera que tiene de decir que ni lo uno ni lo otro son definitivos, sino discutibles. 
 
Aquí es donde vamos llegando a la médula de la cuestión. Mucho más cuando, en el colmo del disparate, el jefe de opinión de El Mundo se atreve a citar a Jesús (es decir, Dios hecho hombre) falseando su ejemplo y su enseñanza. Bustos habla de una "platónica correlación entre bondad y veracidad a la que no se atrevió ni el mismo Jesucristo. Que no dijo que la verdad nos haría buenos, sino que nos haría libres. Y luego ya con la libertad cada cual hace lo que sabe, lo que puede o lo que Dios o el diablo le dan a entender". El disparate merece la oportunidad de ser olímpico y de luchar aún por competir en Tokio 2020.
 
Se nota que Bustos ha frecuentado poco las iglesias, probablemente tan poco como las aulas de la Facultad de Periodismo. Porque es evidente su profunda ignorancia acerca de la palabra de Cristo (te repito, Jorge, Dios hecho hombre) así como de las reglas del juego limpio de nuestra profesión. Y si básico es saber qué dijo realmente Jesús durante sus tres años de vida pública (al tercero, lo mataron por defender la Verdad), fundamental también es para un periodista conocer la deontología profesional. Alguno que no se ocupó ni de lo uno ni de lo otro, se vio de pronto dirigiendo un "periódico" mientras le orinaba encima una señora de color, por sus fantasías liberales. Es conveniente la coherencia entre la vida personal y aquello que uno proclama a los cuatro vientos. 
 
Mira, Jorge...Antes de que Nuestro Señor dijese "la verdad os hará libres" había dicho algo mucho más importante, que tú ocultas seguramente porque lo ignoras. Nos dijo: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (sí, las tres con mayúsculas). Jesús, o sea Dios, es la Verdad, de la que emanan todas las demás verdades eternas e inmutables, todas. También aquellas que negáis los liberales. Que la Tierra es redonda, que 4 es el doble de 2, que la vida humana comienza en el momento de la concepción (y por eso el aborto es un crimen cobarde y repugnante), o que el matrimonio es la unión de un hombre y de una mujer abiertos a la procreación. Verdades pequeñas ante la inmensidad de la Verdad, que es Cristo.
 
Por tanto, Jorge, un periodista no debe hacer con la libertad "lo que Dios o el diablo le dan a entender". No. Al diablo, si quieres, lo escuchas tú. Yo, al diablo (que es el Mal, con mayúscula) lo combato, no le escucho. Es a Dios a quien debemos escuchar para usar la libertad que Él nos ha dado para lograr el Bien Común, que es el destinatario final de nuestro trabajo. La libertad no es un bien definitivo, sino una simple herramienta que, si no se utiliza para el Bien, puede terminar siendo tan dañina como un destornillador si lo usamos para herir a otra persona. 
 
Bustos enarbola una teoría liberal sobre el periodismo para criticar a aquellos que, según él, "teorizan" porque carecen del éxito de audiencia que sí tiene su periódico. Sin darse cuenta de que es precisamente esa visión amoral, relativista, contraria a la misión que debe cumplir el periodismo, la que está no sólo acabando con este oficio (que sería lo de menos), sino contribuyendo a derribar los muros y los cimientos de nuestra Civilización. Pero probablemente todo eso le importe muy poco a esta luminaria del columnismo patrio.
 
Si Dios quiere, dentro de unos meses verá la luz el cuarto libro con mi firma, gracias a la confianza de mi querido amigo, editor de este diario digital y de SND Editores, Álvaro Romero. Un libro sobre el periodismo y su culpabilidad en el desmoronamiento de Occidente. Te prometo, Jorge, que te enviaré gustosamente un ejemplar, junto con el Magnificat de los Evangelios y una edición moderna del Catecismo. Para que así, la próxima vez que quieras aleccionar a los demás, al menos sepas de lo que hablar.