Son la exaltación de lo sucio y de la estética del feísmo, lo absurdo en el grito, lo inútil en el lamento, la barbarie en la consigna. Son la alcantarilla a cielo abierto de la ordinariez de sus ideas, de la ética de la injusticia que proclaman en la discriminatoria igualdad que vocean con la furia de la histeria, y la arrogancia estúpida de la ignorancia adolescente que muestran como una bandera revolucionaria.

Son las hetairas de los chulos de la izquierda, las analfabetas sin mérito ni esfuerzo que escenifican en la calle y en la vida cotidiana lo que el macho rojo ensaya en sus laboratorios de ingenieria social para pervertir a los pueblos desde el parvulario a la universidad, desde el taller y la fábrica a la barra de la taberna y al sofá doméstico. Las encadenan a sus jaulas ideológicas y cuando babean como la perra de Paulov, las sueltan para que ladren tensando los belfos y enseñándoles los colmillos a todo aquél, hombre o mujer, que no les haga coro y reverencia.

Son la mucama altanera que denunciaba al señorito porque en la humanidad de su trato le veía los refajos al desprecio de clase. Son las porteras que delataban al vecino del quinto para que su macho rojo lo paseara porque su elegancia, de conducta e indumentaria, era un insulto al proletariado. Son las herederas de aquellas milicianas infestadas de ladillas que Enrique Castro, jefe del Comisariado Político y comandante del V Regimiento, mandó retirar del frente “porque causaban más bajas al Ejército Rojo que las ametralladoras nacionales”. Son el vale con los sellos, las rúbricas y las firmas del sindicato y del partido, que aquél brutal miliciano llevaba en el bolsillo del mono al ser hecho prisionero: “vale por dos polvos con la Loli”. Son sus herederas, sus nietas y sus bisnietas. Son las manadas de hembras con vocación de macho rojo que cada 8M llenan las calles de flujo menstrual de atrezo en unas performances que convierten en comedia bufa las que sus tatarabuelas tricoteuse y sans-culottes montaban en la Plaza de la Revolución en París, mientras la guillotina menstruaba sangre a diario y ellas pateaban las cabezas de los ejecutados.

Son mujeres si femineidad, son las hermanas de Caín y las hijas de Pentesilea, la reina de las Amazonas, la arcadia feliz del Matriarcado, que una vez al año hacia copular a sus huestes con hombres a los que después de la coyunda degollaban, y a los nueves meses, si lo que nacía era un varón, lo mataban recien parido. Son la horda del 8M. Ellas no lo saben porque, más allá del kalimocho con el que quieren llegar solas a casa, no saben nada, pero son sus legítimas herederas.