El separatismo es un crimen. El peor. El más abominable, porque mutila a la Patria en su esencia medular y en su cartografía física. ¿Qué somos?, a esa pregunta telúrica responde Ortega con profunda sencillez: “somos lo que fuimos”, y en ese ser lo que fuimos se gesta lo que seremos. No hay más y no hay atajos, y los leguleyos vericuetos  constitucionales que le dan vitola de legalidad al separatismo, otorgándole patente de corso democrática, sólo hacen realidad la esquizofrénica disyuntiva lúcidamente formulada por Donoso Cortés: “No se puede elevar a los altares a las causas y condenar al patíbulo sus efectos”.

En esa disyuntiva esquizofrénica agoniza el ser de España (lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos) desde hace cuarenta y cuatro años, desde que en 1978 los españoles votaron masivamente una Constitución, sin lectura y sin análisis, gracias a la cual el separatismo, que antes de ella era absolutamente irrelevante, ni siquiera anecdótico por inexistente, se ha fortalecido, se ha musculado, se ha enriquecido y se ha propagado como una pestilencia medieval, contra cuya ponzoñosa pandemia apenas queda sistema inmunológico para defender a la madre, a la Patria, a España, de los hijos que la mutilan, que la desgarran y que a ella se refieren con el insultante y vejatorio apelativo la Putaespaña. Otrora, cuando fuimos lo que hoy no queremos ser, todos ellos hubieran sido colgados de una soga por traidores. Hogaño son la clave del arco parlamentario y el factor determinante de la estabilidad de los gobiernos porque su pestilencia tiene más fuerza política que la evocación histórica y cultural de la Mater Hispania. La mentira separatista es hoy más fuerte que la verdad de España, y para robustecerla aún más los traidores que a ella se han vendido, los mercenarios socialcomunistas, van a borrar del Código Penal el delito de sedición jibarizándolo ad absurdum, para que alzarse contra la Unidad de la Patria no lleve a los separatistas al patíbulo después de haberlos llevado de la mano democrática y constitucional a los altares del poder y a los púlpitos académicos.

Cuando éramos lo que hoy no queremos ser se decía que “Castilla hace hombres y los gasta”. Los gastaba en hacer España y en construir un Imperio. Hoy España hace separatistas a los que financia y mima para que la destruyan. No les espera el patíbulo, ni siquiera la cárcel.