Hoy no voy a hacer crítica política. No voy a hablar de nada trascendente. No esperen mis lectores habituales un artículo mordaz contra el Gobierno o contra el pensamiento de la izquierda en ninguna de sus vertientes. Ya han leído tres negaciones rotundas, lo que me convierte en sospechoso de ser una persona muy negativa; pero, igual que después de la tempestad viene la calma y después de un virus viene otro, en justa correspondencia debo decir que, en vista de que nos encontramos ante una situación de emergencia nacional provocada por una pandemia  que está afectando a los españoles de todos los credos y de todas las ideologías, es mi deber contrarrestar tal grado de negatividad con otras tres proposiciones de signo contrario y de carácter conciliador. Y  aquí van:

1ª) Hoy me dirijo a todos los convalecientes de todas las ideologías con el mejor de los propósitos, que es entretenerles siquiera sea durante unos minutos.

2ª) También me dirijo a todos los que se encuentran confinados en sus casas y aburridos, con la misma intención.

3ª) Y por último, lo hago a aquellos que dedican todo su tiempo a atender a los pacientes infectados por el maligno virus: los médicos, los enfermeros y todo el personal sanitario en general. Estos no tendrán ni tiempo ni ganas de leer estas líneas, pero si por casualidad cayeran en sus manos en un momento de descanso, imaginar su sonrisa será tan gratificante para mí como si el Gobierno me eximiera de pagarle el Iva al final de este trimestre.

            Considerando lo anterior, es hora de ponerme a pensar en algún poema absolutamente aséptico, no solo en el sentido político de este adjetivo sino también en el fisiológico, ya que no deseo contagiarles nada que no sea mi sentido del humor. Y espero no perder por ello  mi credibilidad como comentarista serio de la actualidad política, social y cultural  que creo haberme ganado en anteriores artículos. Porque algunos son muy dados a desprestigiar a una persona llamándole  necio o payaso por el hecho de que sus parámetros de comportamiento, en un determinado momento de relajación, no se ajusten al canon que suponen debe serle exigido a tiempo completo. Pero ya lo dijo Horacio en una de sus sátiras: “Populus me sibilat, at mihi plaudo ipse domi”. Y por ello me anticipo a todas las críticas defendiéndome en rima ondulante:

Dicen que soy un payaso

mas yo discrepo de eso

pues a mí Dios no me quiso

hacer risueño y gracioso

cuando en el mundo me puso.

Si de algo yo me acuso

es de ser bastante soso

como le sucede a un guiso

sin la sustancia de un hueso

y de sal nulo o escaso.

Por eso yo no hago caso

de aquel individuo avieso

que sin tener mi permiso

me llama tonto o patoso,

u otro adjetivo al uso

como ingenuo o como iluso,

que es asimismo injurioso.

Pero yo no soy sumiso

como si fuera el sabueso

que te sigue a cada paso

desde el alba hasta el ocaso

para que le des un beso

porque se aburre en el piso

y que se pone mimoso.

Al contrario, yo rehúso,

como en chirona un recluso,

ser cordial y afectuoso

con quien me ofenda y le aviso

que le pienso dejar tieso

por su error tan grave y craso.

En mi experiencia me baso,

pues yo soy bastante obeso

y aplasto a todo el que piso

y a aquél sobre el que me poso;

y excuso decir, excuso,

que como un filete ruso

quedará el indecoroso

o, si no queda tan liso,

como un pegote de yeso

que alguien amasó en un vaso.

En eso nunca fracaso

pues es tal mi sobrepeso

que para alzarme es preciso

un proceso laborioso

que no explico por profuso

y porque  además no abuso

de su paciencia y no oso

faltar a mi compromiso

de ser parco en lo que expreso

como miembro del parnaso.

 

Sin embargo, he de decir en honor a la verdad que si bien soy miembro del parnaso, no es verdad que sea obeso, y por eso les aviso que me siento pesaroso y también algo confuso por no haber hecho buen uso, al ser muy poco ingenioso, del lenguaje que es preciso, cuando se utiliza el seso, para hablar lo que va al caso. Y todo por culpa de la dificultad que impone al poeta la rima ondulante: uno se dispone a escribir con esta técnica teniendo una idea clara  de lo que quiere expresar pero con la incertidumbre de encontrar en el diccionario las palabras adecuadas para llevar a buen fin su propósito. Y a veces el resultado es sorprendente, porque rebuscando entre las existencias de ese gran almacén que es la lengua española no se encuentran las piezas  que se desean sino precisamente otras que no se quisiera encontrar pero que es preciso  aceptar para salir del apuro, como aquel que en una situación de extrema necesidad sustrae dos zapatos izquierdos del expositor de una zapatería con tal de no caminar descalzo. No obstante, este pecado tiene remedio porque la diosa de ondulados cabellos que desde el Monte  Parnaso inspira versos a quienes recurren a ella con humildad y devoción es piadosa; perdona tus deslices y te permite enmendarlos si, en adelante,  te comprometes a ser ondulantemente claro. Juzguen ustedes si lo he cumplido:

En realidad yo soy flaco

como un modelo de El Greco.

Al comer no le dedico

mucho tiempo sino poco,

y éste es el sencillo truco

o “truco del almendruco”

-en esto no me equivoco-

de ser cual me califico.

Y es que siempre me hago el sueco

cuando me tienta el dios Baco.