Todo lo que estamos experimentando en un proceso que nos recuerda el cocimiento de la rana que poco a poco va perdiendo el hilo vital sin darse cuenta de que se está convirtiendo en parte de una sopa, tiene que ver, por una parte, con la pérdida programada de los valores y de nuestro acervo cultural, y por otra, nuestra pérdida de identidad individual para ser sumidos en la “masa”.

Hay muchos datos empíricos que lo prueban. Por ejemplo, en estas aciagas fechas de pérdidas de vidas por la pandemia, el tema del hacinamiento de ancianos en las residencias con instrucciones concretas de no ser atendidos en los hospitales con el efecto de muerte ha pasado desapercibido, pese a su gravedad. Esto sucede en un Estado que se tilda de constitucional, social y de Derecho. Hay muchos más ejemplos que podríamos exponer. A mí no me puede quitar nadie de la cabeza que esto no haya sido programado.

La conversión del individuo en masa es una característica definidora de los sistemas totalitarios o en trance de serlo. Es una cuestión esencial, puesto que cuando la gente pierde su capacidad de ejercer su propia individualidad y de tener un sentido crítico de la existencia y de las cosas, definiendo su propia trascendencia, se desprende de su condición de persona. Por añadidura, cuando las personas son sometidas a comportamientos establecidos, a ideas prefiguradas, sin tener la capacidad de formarse una cosmovisión autónoma que le haga ser protagonista de su propia vida mediante el libre albedrío, se convierte en masa. Las masas tienen personalidad propia, y los individuos pierden su propia identidad para ser abducidos por la personalidad de la masa. En esta cuestión trascendental para definir si una sociedad es liberal y democrática, tiene mucho que ver el tema del adoctrinamiento, capítulo fundamental sin el cual ningún totalitarismo puede sobrevivir. Es el oxígeno que necesitan los totalitarismos. Y recordemos que todos los totalitarismos tienen una fuente de la que beber que es el concepto materialista de la vida y la falta de respeto a las personas y a sus derecho inherentes.

Por su gran valor como elemento descriptivo y como muestra etnográfica de esto que acabo de enunciar a modo de preámbulo, voy a reproducir exactamente un relato publicado en septiembre de 1994 en el diario El País, que no tiene desperdicio. Es un poco extenso pero resulta enormemente descriptivo. Se ve en este relato como se hacía la euskaldunización vasca, su esencia gramsciana de hegemonía cultural excluyente, y su naturaleza de factor de nacionalización de masas. Se ve claramente el valor de las lenguas en manos de los moduladores de las masas como valor instrumental para configurar una sociedad, en este caso por los proetarras, y la excusa para una formación de un espíritu característicamente bolchevique. En estos momentos tiene especial significación captar estos significados para entender las cosas. Y no hay que olvidar que Unidas-Podemos y, posiblemente, el partido de Sánchez tienen vínculos muy estrechos con esa forma de ver las cosas y una similitud muy preocupante con ese modus operandi.

EL TOTALITARISMO DE LA AMEBA

Relato de un estudiante que quiso mejorar su euskera y se topó con un campo de concentración ideológico.

Tras permanecer casi dos años navegando con unos pescadores vascos al objeto de elaborar una etnografía cultural, decidí pasar el mes de agosto en un barnetegi de AEK (Coordinadora de Alfabetización de Euskera) en Cestona, pueblo de Guipúzcoa. Un barnetegi es un internado de aprendizaje intensivo de euskera que funciona habitualmente durante el verano ofreciendo a veces cursos intensivos en otras temporadas. Ignoraba el funcionamiento de otros centros, y obtuve escasa información a través de los ayuntamientos, euskaltegis y conocidos.

Desde hace unos años se reúnen durante la temporada estival grupos de unas 25 personas por barnetegi en distintas localidades de Euskadi. A estos grupos se les adoctrina mediante una pedagogía militante que no se pública ni se indica en los trípticos de las campañas de mercadotecnia, en los programas académicos para los estudiantes, ni al solicitar subvenciones públicas.

El tríptico informativo prometía seriedad en la organización, aprendizaje intensivo (siete horas diarias), metodología moderna, videos, cintas y un modelo de interacción entre estudiantes y profesores que convertía al euskera en práctica cotidiana, en una convivencia de 30 días.

Las personas habían sido seleccionadas por su nivel, aspiraciones y deseos el aprendizaje del euskera. Todas estas promesas se incumplieron.

La charla de dos ancianas y el sonido de maletas arrastradas de despertaron antes de llegar. Desorientado descendí del autobús y me encontré con un grupo de entre dieciocho y treinta años que parecían estar en la misma situación que yo. Acudí a ellos interrogándoles sobre el paradero de una estación de tren abandonada donde se suponía debíamos concentrarnos los estudiantes. Allí encontré a un grupo de unas 25 personas depositando su equipaje en la entrada. Varios individuos llevaban la voz cantante y nos reunieron alrededor de la fuente, formando un holgado círculo.

Me di cuenta de que la acción se estaba representando en un lugar donde se dirigía a un monumento de mármol, en reconocimiento a la labor de un miembro fallecido de ETA, con una descripción que evocaba el homenaje del pueblo al nombre y a los hechos heroicos del gudari. Tras una primera presentación, una de las profesoras intervino ante el grupo diciendo: “Ahora vamos a jugar con juego , Katu xajua (pobre gato). Se trata de maullar ante una persona escogida al azar e intentar hacerle reír. Si se consigue, ocupa el puesto propio y continua el juego con estas personas hasta que consiga librarse de hacer el gato”

Durante una segunda escena se creó un ambiente artificial de humor, con ese juego concebido para romper el hielo entre personas, se acaban de conocer apenas cinco minutos antes.

Tras el juego de Katu xajua dos profesores invitaron al grupo para que volviera a formar un círculo. Una de ellas inició su discurso diciendo: “Nosotros somos una ameba. La ameba es una célula como nosotros y nuestro grupo debe estar unido y funcionar como tal en cualquier momento, en cualquier actividad, todos juntos, todos somos uno”. Nadie dice nada. Ha transcurrido una hora desde que llegué y seguí fuera del juego pensando que aquello no podía ser un barnetegi.

La Profesora continuó “La ameba requiere que tengamos nuestros cuerpos lo más cerca posible para no separarnos, ¿a dónde va ameba?” pregunta a los estudiantes. La respuesta: “al barnetegi”.

Nos juntamos unos a otros todo lo posible hasta que uno solo no pudiera dar siquiera un paso. “Esto es una ameba” dicen los profesores. Comenzamos a andar como podemos. La gente se coge del brazo o por la cintura y la ameba parte dirección al barnetegi. Apenas estamos unos pasos, una profesora sale del grupo y dice: “¡La ameba ha muerto!”. “¡Ahhhhhh!” Vuelve al grupo cogiendo a otros estudiantes del brazo y dice en voz alta: “Ahora la ameba está viva”. Este repertorio de expresiones se repite otras dos veces, y los estudiantes lo hacen suyo a través del humor, integrándose en el juego.

Toda personalidad o el individualismo deben quedar fuera del barnetegi, sus fines competen a todos los presentes, y el juego de la ameba es un botón de muestra de cómo el individualismo en cualquiera de sus manifestaciones dinamitaría el barnetegi, metaforizado por el susodicho microbio. Esta representación invita al abandono de los deseos o pensamientos propios, siempre individualistas, en favor de los del grupo.

El grupo se reúne en una guardería infantil, las pizarras que se elevn un metro del suelo, las sillas son para niños de dos a cinco años, y los servicios parecen sacados del país de los pitufos. La publicidad no decía nada sobre guarderías.

Primero se presentan dos profesoras, y luego solicitan a los estudiantes que hagan igual. Explicamos uno a uno nuestro nivel de estudios, actividades profesionales y situación laboral entre otros temas. La mayoría del grupo revela que su actividad preferencial es ser parranderua (juerguista), y que han ido al barnetegi porque “quieren vivir y aprender el euskera porque somos vascos y euskaldunes”.

Una vez tuvimos que elaborar, en grupos de a dos, un crucigrama de manera que luego el resto de los grupos intentarán adivinarlo. En uno de ellos se preguntaba, “¿Qué valen los españoles?” respuesta “cero”, “¿qué seremos un día?”, respuesta “independientes”, “¿de qué van los partidos políticos?” respuesta “de demócratas”, “¿qué conseguiremos?” Respuesta al unísono, “la revolución”.

Cuando los estudiantes respondieron, “la revolución”, la profesora matizó. “No conseguiremos la revolución, sino que la haremos”, diferenciando el verbo lortu (conseguir) del verbo egin (hacer), haciendo hincapié en que “conseguir la revolución” (iraultza) “!tiene menos peso y fuerza que hacerla”¡ Cuando la pofesora diferencia ambos verbos y dice “haremos la revolución” utiliza toda una serie de énfasis kinésicos como cerrar los puños, apretarlos con un vaivén de los brazos y termina con una sonora palmada que cierra la “explicación”.

Es importante destacar que éste y otros ejercicios didácticos incluían expresiones de vinculación con Herri Batasuna y sus extensiones, Jarrai o la organización armada ETA.

En otro crucigrama una chica preguntó: “¿Quién es Fidel Castro?” Y la gente respondió: “¡Revolucionario, presidente, comandante!” Como nadie acertaba la respuesta, la chica dijo “dictador”. La gente respondió “Revolucionario”. La gente se miró entre sí, y un estudiante entre el murmullo general, le preguntó “¿Cómo puede decirse que Fidel sea un dictador?” Coaccionada por palabras y miradas del grupo se retractó diciendo: “Bueno…no sé. Es lo que creía”.

Si no defendía su primera postura no era tanto por miedo como por ignorancia. No había asumido todas las consecuencias o implicaciones de su propia ideología. No era consciente, o no había reflexionado acerca de la contradicción que, según sus principios ideológicos, había al hablar de dictadura en la persona de Fidel y en su régimen socio-politico, ni en el paralelismo y en el paralelismo entre ese régimen y sus ideas políticas –Ya había manifestado anteriormente su predilección por Herri Batasuna-.

Dentro del barnetegi los estudiantes vestían camisetas con la insignia de Herri Batasuna, Jarrai o con lemas políticos. “Independentzia”, “iraultza” (revolución), “anmistia” o “intsumisioa”. Pero su insumisión está en las antípodas del movimiento pacifista que se ha generado en Europa y en Euskadi. Consiste básicamente en oponerse a todo lo que represente al Estado español o a España, pero sin negar su apoyo al uso de la violencia armada de ETA, o de cualquier organización o ejército de corte izquierdista, obedeciendo a la consigna “El servicio militar en ETA militar”.

También era normal que todas las alhajas que portaban los estudiantes de ambos sexos fueran símbolos de su ideología, la estrella roja de Jarrai, los pendientes con la insignia de Herri Batasuna o el hacha y la serpiente –rápido y sigiloso como la serpiente y certero como el hacha- de ETA.

Abundaban las pegatinas con el concentrado de símbolos ideológicos o con las pretensiones políticas, por ejemplo: “ETA, bietan Jarrai” (ETA continúa, sigue en dos frentes de lucha, la política y la armada), “Iraultza ala hil” (revolución o muerte), “Independentzia”

De lo que se trataba era de transmitir por medio de juegos de rol, una doctrina revolucionaria. En estos juegos los estudiantes se dividían en grupos que defendían y adaptaban el mejor método para afianzar una decisión política. Para ello nos enfrentábamos entre nosotros en cada ejercicio, abandonando la ficción del juego para un nosotros vasco nacionalista radical que insistía en la ideología personal, cuya apoyatura era en mi barnetegi la interpretación marxista-leninista.

Ejemplos: “Tu eres el empresario y quieres que tus empleados metan horas extras. ¿Cómo les obligarías?” “Tu eres el obrero y el empresario quiere obligarte a meter horas extras. ¿Cómo te defenderías o lo impederías?” “Vosotros sois de la comisión de fiestas y los otros son del Ayuntamiento, quieren quitaros las tzoznas en las fiestas. ¿Cómo defenderíais vuestros derechos?” “Vosotros sois los obreros y el sindicato no os hace caso, ¿qué hacéis?” “ Estáis en la oposición política en un Ayuntamiento, ¿Cómo defenderíais el derecho del euskera ante quienes quieren que se celebren las fiestas en euskera y en castellano?”

Manifestaban su ideología personal en el grupo rehusando a hacer el papel del malo de la película, por ejemplo, cuando una chica dijo: “No quiero defender la postura del Ayuntamiento porque son unos hijos de puta y estoy en contra de todos ellos”. Lo mismo se repetía en cada ejercicio y los estudiantes se adiestraban diariamente en ser amebas, viendo secundario el aprendizaje del euskera.

A partir de la primera semana de estancia en el barnetegi el grupo de estudiantes dejó de relacionarse conmigo por un incidente ocurrido en el transcurso de una cena mientras se servía un plato de puré y una profesora me acusó, señalando el plato, de “no tener conciencia colectiva”. Al parecer me había echado tal cantidad que le provocó la alucinación dialéctica en virtud de la cual la cantidad deviene en cualidad. Traté de explicarle que el puré era solo puré y que no tenía nada que ver con la conciencia colectiva. Acto seguido añadí que era un concepto ajeno a los alimentos, pero que si me hubiera preguntado por la cantidad servida, a su parecer demasiado generosa, le hubiera respondido que no iba a comer segundo plato, y que, habiéndose servido el resto del grupo –Yo había llegado cinco minutos tarde- no me parecía cantidad exagerada.

Afectado por el ambiente reinante en el barnetegi, incluí en el discurso una disertación sobre los usos y costumbres del concepto conciencia colectiva. La tranquilicé diciendo que regímenes como el de Stalin, Castro, Franco, Hitler o Mussolini habían hecho un uso similar del término. La cosa se puso seria cuando comenté a los contertulios que tuvieran cuidado con la dieta cárnica del segundo plato, que acababa de descubrir que tenía propiedades como la conciencia colectiva, rica en proteínas ideológicas totalitarias y en complejos vitamínicos de culpa.

Tras estos comentarios el ambiente se enfrió algo más que el puré. Hubo actos relevantes a los que no fui invitado. No me regalaron la lectura de informes de acción social que Jarrai distribuyó entre sus simpatizantes del barnetegi, ni me propusieron asistir a las manifestaciones de Herri Batasuna el día de la Salve en San Sebastián y otra que se celebró en Bilbao. Tampoco contaron conmigo durante mi estancia en el barnetegi, dejándome de hablar los profesores y alumnos. Cuando decidieron que un buen ejercicio del euskera sería mandar una carta a los presos de ETA que estaban en distintas cárceles, no me pidieron que enviara una misiva, pero vi que la chica que tuvo el descuido con Fidel, leía La crítica de la economía política de K. Marx y metía párrafos de ese texto en su carta a los presos mencionados.

Un profesor me comunicó “Para nosotros estás en la hoguera” y que lo que más le costaba era clasificarme, pues no le parecía pertenecer a partido político alguno.

Tras mi estancia reflexioné sobre algunos puntos y descubrí fenómenos dignos de mención como el cambio de ETA en sus relaciones con las sociedades totalitarias, estrechando nuevos lazos con Irán y el islamismo, desvinculándose por razones presupuestarias, que no ideológicas, de sus hasta ayer socios de la extinta ex Unión Soviética, y en las paradojas y debilidad de la democracia, pues en ella pueden surgir maneras de destruirla. Por ejemplo, dando dinero político a barnetegi como éste.

Es un buen ejemplo para tomar nota de los que vamos a vivir a partir de ahora no solamente en las Vascongadas y Navarra sino en todo España.